Dinosaurio de la calle / Entrevista a Chacovachi, payaso y artista callejero

Entrevista a Chacovachi, payaso y artista callejero.

Mañana en Parque Patricios. Del trajín que corre y baja por Caseros hacia el centro se desprende un tipo que entra al bar, cuelga la campera en la silla y empieza.


– Lo del payaso es muy distinto de cualquier otra disciplina. Estoy hay que dejarlo bien claro. Porque las disciplinas del circo tienen por delante la técnica, después tienen la artística y después la originalidad. Los payasos no tenemos la técnica por delante, sino que tenemos una mezcla de necesidad de hacer reír, de comunicación, de provocación, que habla de la idiosincrasia, de quiénes somos. Y para saber quiénes somos tenemos que entender de dónde venimos. A ver, los payasos son distintos en todas las partes del mundo, los acróbatas son parecidos en todas las partes del mundo. Porque para ser payaso tenés que ser vos, para ser vos tenés que buscar quién sos, y para eso tenés que preguntarte, mirar tu entorno, tus raíces y ese tipo de cosas.



Leí algunas entrevistas que te han hecho y vi los videos de Youtube, y eso que marcás es un punto que destacás bastante, ¿no? Entiendo que hay dos necesidades. Una primera que es la que a vos te lleva a encarar el proyecto de convertirte en payaso, o simplemente de salir a la calle. Esa sería una primera necesidad, según entiendo. Y después hay una segunda que sería comprender el punto de vista propio.

– Esa es la tercera. La segunda es vivir de esto. Después pasa a ser la primera y la anterior desaparece, porque ya viviste esa necesidad social de este tipo de trabajos. Un día eso pasa a ser parte de vos y de tu entorno, y entonces lo primero pasa a ser poder vivir de esto. Primero tenés que vivir de esto, ser un profesional. Un profesional es quien vive de su trabajo. Mi mayor orgullo, antes de morirme, va a ser abrir la heladera y ver que está llena por haber laburado en mi profesión, de hacer reír, y no de haber trabajado de cualquier cosa, de tener patrón, de tener que cumplir un horario más allá de esto que pasó. A ver, si yo llego tarde a mi trabajo y por eso me descuentan el diez por ciento…. no como pasó recién [Chacovachi llegó con unos minutos de demora], esto para mí es un compromiso y no me gusta llegar tarde. Pero si yo tengo que pensar que si llego tarde a mi trabajo me van a sacar el presentismo, que el jefe me va a mirar con cara de orto, eso haría que yo no quisiera volver más. Yo quiero una vida sin tener esa necesidad, por más que sí tengo un compromiso conmigo mismo y con las cosas que yo quiero, ¿no? Pero es conmigo… no sé por qué llegamos acá. Pido un cafecito porque estoy entredormido…


Colectivo Contramar habla con Fernando Cavarozzi, artista callejero con el que suena el cantar del rebusque y el arte en la Plaza, que son todas las plazas públicas, que es el mundo o la intemperie. ¿Qué ha pasado como para hablar de payaso callejero? ¿Qué importancia tiene la relación con otros artistas? ¿Qué proyectos son posibles fuera de los teatros y los centros culturales en la actualidad?

– Ah, y la tercera, decías, es la necesidad de comprender. Sí, ahora tengo la necesidad de comprender qué estoy haciendo de mi vida. Cumplo cincuenta años. Porque el payaso también va cambiando. El payaso es el reflejo de las personas. Exageradas, libres, pero son las personas, la humanidad. Yo trato de meter toda la mierda y todo lo hermoso y esperanzador y patético que encuentro porque en la humanidad está todo metido, y en el payaso está la humanidad, porque muestra mierda, porque provoca, porque delira… lugares por donde uno se escapa: la provocación, el delirio. Son cosas muy personales. Nadie puede imitar un delirio porque es propio, es casi una enfermedad que está dentro tuyo. No es como saltar.

Terrible trabajo el de tener la obligación de meter todo eso en una función, en un espectáculo.

– En la función… no. En la función yo no soy muy consciente de lo que hago. Es más, hay un manual que se llama Guía del payaso callejero. Lo llevé por todos lados del mundo. Es muy práctico, particularmente pragmático, necesario y totalmente alejado de las clases de clown de Le Cocq, un francés que se murió hace diez años, y vivió en otro lado y en otro mundo. En la función, no sé; estoy dando todo y quiero descubrir algo que me permita seguir ahí. Pasa eso. El arte no sale de la cabeza. La conciencia mata al arte. Primero sale, y después vos canalizás de dónde viene y por qué sacaste eso. Evidentemente también hay algo premeditado. Cuando hago un número pienso primero en la excusa que me mantiene ahí en medio, ¿por qué salgo? ¿a qué salgo? Generalmente los payasos salimos con la proeza, la proeza ridícula, ¿no? O con un juego de mentes con el público, o a perder, o a ganar y no poder. Entonces uno ya sabe por qué sale. Una vez que salgo empiezan a salir los chistes, y los chistes salen de mí y dependen de si yo estoy agudo, o tonto, o lo que sea. Pero en todo caso el noventa por ciento de los chistes que salieron en mis funciones salieron primero en la función, después los ensayé, los volví a hacer, salieron igual, mejor o peor hasta que volví a encontrar ese sentimiento que yo necesitaba para poder hacerlo, encontré el pie del público hacia mí. Cuando un payaso trabaja solo busca ese pié y prueba de nuevo. Y para mí un payaso no se desarrolla, no se realiza hasta que no trabaja solo, ese es un paso fundamental; vos podés trabajar con otro, con veinte, con los que quieras, pero tenés que sentir lo que es entrar y salir solo sabiendo que la responsabilidad es tuya, porque entonces todo es distinto.

Hay todo un aprendizaje en las risas, en lo que va saliendo entre el payaso y el público, entre el gesto improvisado y la reacción…

– Lo aprendés y lo repetís. Yo siempre digo que la mejor improvisación es la que se puede volver a repetir. Las funciones de payasos son muy abiertas. Se diferencian mucho del teatro porque el teatro generalmente tiene un guión absoluto, de punta a punta, se apegue más o menos. En los teatros tradicionales había un tipo en la primera fila dictando el guión para que saliera exactamente igual a lo que se había ensayado. En cambio el payaso en su función no tiene nada de eso, sino que tiene una dramaturgia y una sucesión de acontecimientos que más o menos conoce, pero como vos laburás con la gente y con la reacción, siempre tenés distintas “formas de”. O sea, yo te tiro un estímulo, y en el mundo entero hay dos o tres formas, no muchas más, de responder frente a un estímulo claro. Dos generalmente. Hay quizás una tercera, medio rara… pero cuando tirás un chiste, de esos participativos, por ahí pasivo, pero con el que necesitás que el otro reaccione para poder seguir, vos ya sabés que si decís esto el tipo va a decir tal cosa, va a reaccionar así o así. Alguien te rompe el molde, alguna vez, y es genial, porque vos quedás garpando y todo el mundo se da cuenta. Hay una verdad muy verdadera. O sea el clown nace de un vientre teatral. El payaso nace de un vientre primitivo, artístico; estamos más cercanos a los juglares, charlatanes de feria, de la comedia del arte, estamos al lado de eso. El clown no está al lado de eso, está al lado de Moliére, del teatro, en otro lado. Ni mejor ni peor. Distintos. Yo soy claramente un payaso, y ahora que me puse grande creo que soy más bufonezco que payasesco.

¿Reconocés algún referente histórico? Porque a medida que uno va desarrollando una expresión suele apoyarse en imágenes o trayectorias que sirven de referencia. Aunque esto no es ninguna ley.

– ¿Tiene que ser payaso o puede ser otra cosa?

– Puede ser lo que quieras.

– Al principio, cuando yo empecé, no había payasos. A principio de los ochenta, antes del Parakultural, habían aparecido los cursos de clown, pero la verdad es que no me cerraba, era otro mundo distinto. No sé, o vivían en San Isidro o no sé, pero no me funcionaba a mí. O sea que no había referencias por ese lado. La referencia más clara eran los amigos míos que no eran payasos sino taxistas, albañiles, cómicos. Siempre digo que al humor hay que buscarlo en los colegios, en las reuniones de amigos, en las reuniones familiares donde alguien se pone borracho, fijate que si algo hace reír, sin estar especulando con que vas a ganar dinero, sino que hace reír porque hace reír, entonces eso va a hacer reír siempre. Después vos tenés que encontrar la forma de insertarlo dentro de un guión, o la forma de apoyarte en el público para rematar con eso, va a funcionar siempre. ¿Si vos me preguntás quiénes me gustan? Hoy en día Capuzzoto me asesina, me encanta, su humor me representa absolutamente, a mí y a mi generación. Le pasa a muchos. Hay otra gente que no lo entiende, y eso es buenísimo. Cuando era chico era Olmedo sin duda. ¿Payasos, payasos? Recién de grande conocí payasos que me gustaron. Hace diez años. Viajando por el mundo, en festivales encontré alguno… “mirá, este tipo… qué groso”.  Y por supuesto, cada payaso que me gusta, cada artista que me gusta me influencia porque esa es la ley del artista. No ser igual. A sí sea un libro, así sea una pintura, una cosa que me emociona me modifica.

Claro… no necesariamente las referencias que uno encuentra, que a uno lo impulsan y que como toda referencia produce alguna seguridad y ante la que se puede tomar una posición, son imágenes o referentes de la profesión propia. En tu caso, no son payasos los que te acompañaron en el comienzo. Son otra cosa. Vos fuiste con otras imágenes a trabajar a la calle. Y en ese encuentro, con la calle…

– Si yo no hubiera encontrado la calle no hubiera sido artista.

… y qué hay en la calle que define tu actuación, tu intervención. Porque en la calle no estás en un teatro, ni en una institución, ni siquiera en un lugar público. En tu caso Plaza Francia se trata de un lugar público, pero ¿qué quiere decir que Plaza Francia es un lugar público? Yo entiendo que el payaso callejero se encuentra en principio con la calle, no con un “lugar público”.

– Mirá, me agarrás justo en un momento… Ahora se cumplen diez años que hice mi última función en Plaza Francia. Durante dieciséis años seguidos estuve ahí. Lo mejor que me pudo haber pasado es que me haya podrido, porque me fui a la mierda y descubrí todo un mundo. A veces te quedás porque estás cómodo y el lugar te sigue bancando. Y quedarte durante mucho tiempo es lo peor que te puede pasar. Un poco de tiempo está bien, pero todo ese tiempo en el mismo lugar no sirve. Yo sentí muchas veces eso. Entonces me fui a hacer unas temporadas en Necochea. Ocho años estuve. Me fue de puta madre. Cuando sentí que me estaba pudriendo me fui a San Bernardo, y tenía la sensación de “che, estoy dejando esto que…”, y en San Bernardo me fue mejor, distinto, otra cosa. Y después no sé dónde me fui pero el domingo que viene voy a Plaza Francia, a ver, y el otro domingo voy a volver a trabajar en Plaza Francia. Quiero volver a trabajar en Plaza Francia los domingos. Quiero volver a crear. Estoy dando clases y necesito tener otros estímulos, pero sobre todo quiero llenar las plazas de payasos. A mí siempre me gustó el teatro callejero, los malabaristas… pero ahora lo único que me gusta son los payasos. A esta altura de mi vida quiero que me hagas reír. ¿Sorprenderme? Prendo la televisión, agarro Internet y veo dos manatíes apareándose en vivo y en directo en el Amazonas, viste. ¿Qué me va a sorprender? No. Necesito que me hagas reír. Y para mí fue una casualidad absoluta trabajar en las plazas. Yo estudiaba en la escuela de Elizondo, y mis ídolos eran Omar Viola, era todos los que después hicieron el Parakultural que laburaban a las tres de la mañana para dos borrachos y se morían de hambre; por un lado está bárbaro, pero por otro yo no es que quería ser artista, yo empecé a estudiar mimo porque era “el teatro”, había minas, era de noche, había una bohemia que me gustaba, entonces sí, pero no era que tenía algo profundo con el Arte, eso me chupaba un huevo. Yo había sido bajista de una banda en los setenta, que tocó en varios teatros, era el más chico de la banda y tocamos muchas veces, o sea que yo ya había sentido lo que era ser artista, y no era eso, yo era otra cosa. Ahora, lo mío es mucho más parecido a lo de un rockero o a un jugador de fútbol. Laburar en la calle tiene algo del fútbol, hay un tipo en el medio, gente alrededor, pega una pelota en el palo y todos gritan ¡huuu!, hay una reacción. Cualquier reacción modifica a los actores dentro de la cancha y los actores modifican al público. Yo voy a laburar a una plaza y paso la gorra. Es decir que mucho tiempo después descubrí (en realidad lo descubrí ahora, en aquel entonces lo presentí) que había tres libertades que se jugaban ahí, en el medio del artista callejero, y que no estaban en ningún otro lado. Tres libertades. Yo te diría que ni los actores las tienen. Primero una libertad física. Yo empecé laburando en la plaza de la esquina de mi casa, después me fui a Plaza Francia, después descubrí que hay un montón de ciudades con plazas y que había todavía más países con ciudades y plazas, y así tenés al mundo. Qué se yo, laburé en veinte países distintos.  Eso lo presentí el primer día. Tengo que laburar, dije, nada más. Estuve en Marruecos, trabajando al lado de un encantador de serpientes por tres dólares, pero con uno de esos tres dólares pagaba el hotel, con otro comía y con el que quedaba fumaba; entendés. Después hay una libertad psíquica. No había competencia. Yo resalto eso, y por eso mismo hago las Convenciones. La competencia existe, por supuesto. Pero no se trata de una cosa salvaje. La libertad psíquica, la llamo yo, el no tener que ser el mejor porque con ser alcanza. Yo digo que el del payaso es un arte menor, y me gusta decirlo, para que no me hinchen las pelotas. Sí, somos un arte menor, y a veces sacamos algo de lo que hace el otro, y en la calle hay un tipo que hace lo mismo que hacen trescientos otros; hay como una falta de respeto que por otro lado me parece bien: hay una anarquía en todo eso que permite que esto funcione. Si no, no funcionaría de esta manera. Y después hay una libertad económica. Vas a ganar dinero de acuerdo a tu capacidad y a tu esfuerzo. ¿Vos cuándo sos clown? ¿Cuándo te recibís de clown? ¿Cuándo tomás un taller? No. Si vas a una plaza, llegás, convocás, trabajás, pasás la gorra y hacés reír y te volviste a tu casa, si querés decirlo, sos un payaso callejero y nadie puede decirte lo contrario. Bueno, malo, pelotudo, tonto; no tiene importancia. Y si ganás cincuenta pesos cuando necesitás cuatrocientos, tendrás que hacer ocho funciones hermano, pero vas a conseguir los cuatrocientos pesos porque no depende de que aparezca otro haciendo lo que vos hacés, o de que no hayas estudiado teatro. Yo he conocido artistas sin muchas luces que ganaban cincuenta pesos cuando yo ganaba cuatrocientos. Esos artistas empezaban a la mañana en Florida, a la tarde seguían en Plaza Francia y a la noche se iban al Obelisco. “No tengo muchas luces pero tengo voluntad”. Ese tipo que no tenía muchas luces ahora es un cómico que anda por el mundo en cruceros de puta madre. Los clowns trabajan de dar clases. Los payasos trabajan de payasos. Yo ahora doy clases, después de treinta años. Y no es que vivo de las clases.

– Me quedé con el tema del punto de vista, que a vos te hace hablar del payaso tercermundista, que se consigue en algún momento y forma parte de una reflexión acerca de tu cultura, de lo que traés, los posicionamientos que tomás frente a eso. Ahora bien, uno llega a Marruecos, ¿y dónde queda ese punto de vista?

– Con vos. Lo llevás con vos. Eso es tuyo. Hay cosas que se dan de manera distinta de acuerdo al contexto. Si a vos en la redacción alguien te dice, “loco, ¿quién te creés que sos?, ¿el centro del universo?” Vos te vas a ofender, el otro te quiere ofender. Los payasos somos el centro de nuestro universo. A mí que no me hinchen las pelotas, yo tengo que ser el centro de mi universo. Eso es una de las primeras cosas que tengo que entender para poder ser payaso. Tengo que poder entregar mi vida a esa condición y mezclar las dos cosas; no hay actuación por separado. Cuando conozcas los payasos te vas a dar cuenta que el que está ahí arriba es muy parecido que el que está abajo del escenario, casi igual, más exagerado, libre, se propone hacer reír, pero es lo mismo. Y en realidad lo de payaso tercermundista empezó como una joda y después tomó sentido. Un amigo mío, se había recibido en el conservatorio, laburaba en Plaza Francia haciendo títeres y trajo un día una tarjeta que decía “actor municipal”. A la semana siguiente me hice una tarjeta que decía “Payaso Chacovachi, payaso tercermundista”. Pero todo para romperle las bolas al vago nomás. Y ahí empezó a tomar sentido. Me dí cuenta que yo no era igual a todos los payasos que conocía, de hecho no era un clown lecocqniano; yo venía de Cañito y Firulete, de algunos libros que leí, de alguna foto, al circo no me llevaban…

Y de probar.

– Claro, del acierto y el error. Pero probar con orgullo, porque desde el primer día que empecé a trabajar en una plaza pensé que estaba acorde con el momento histórico. No me sentía desfasado, y a mí lo que me interesaba era ganar guita. No era sólo por la guita. La guita de alguna manera legalizaba lo que yo hacía. O sea, a mí venían y me decían ¿qué onda? En los noventa a mí me veían como un payaso muy grasa. Hacían festivales y no me invitaban. Claro porque el teatro venía del lado de Eugenio Barba; después yo lo conocí y me comí unos fideos, me tomé unos vinos con Eugenio Barba, es un tipo igual a vos. Pero a mí nunca me tocaron el corazón porque yo ganaba, en la época de Menem, dos mil dólares por fin de semana en Plaza Francia, haciendo reír. Y todo el mundo me quería. Por supuesto que soy conciente de que había cosas más artísticas. No sé si yo hacía Arte; artista era mi abuela que hacía unos ravioles bárbaros. Yo digo que para ser payaso tenés que pasar tres etapas. Primero tenés que aprender el oficio: entretener, divertir, asombrar; no mucho más. Tenés que aprender todo lo que existe para poder entretener, divertir y asombrar. Necesitás técnicas, técnicas artísticas. Después tenés que pasar a otro lugar, tenés que incorporar cosas personales que te destaquen de todo lo que existe, etcétera. Entonces tenés que aprender a criticar, a denunciar, a delirar, y ahí te vas transformando en un artista. Yo creo que hace quince años no era un artista. Quizás ahora puede ser que lo sea. No porque me preocupe, sino porque naturalmente se llega a incorporar cosas más personales. Antes quizás eran cosas personales pero yo no me daba cuenta o no sabía lo que hacía; yo sólo quería hacer reír. También hay otro punto en ese pasaje, cuando dejás de venderle el alma al diablo para hacer reír. Al principio cualquier chiste que funciona lo hacés. Ahora, por ejemplo, con este gobierno, hay chistes políticos que yo dejé de hacer. Dejé de hacer porque no siento lo mismo por la política, ahora siento otra cosa, siento orgullo, antes sentía desprecio por la política. El orgullo no hace reír a nadie. O sea, para que haya humor tiene que haber algo incorrecto, no hay humor correcto. Lo mismo me pasó con los pibes. Yo soy muy reconocido por la forma de tratar a los pibes. Es una forma maravillosa. Es la forma en que los padres los quisieran tratar y no lo hacen porque viene una terapeuta y los mata. Los pibes nunca me tuvieron miedo, yo soy inofensivo para los chicos, pero había alguno de los chistes que eran crueles. Se moría de risa la gente, pero yo ya no los hago más porque desde que nació mi hijo, hace seis años, empecé a mirar a los pibes de otra manera. No me traiciono. Entonces empezás a ser artista cuando dejás de traicionarte, cuando dejás de mirar a los demás y empezás a mirarte a vos mismo, y después bueno, serás exitoso o no, no lo sé. Pero en algún momento se hace imposible escapar a lo que tenés adentro.    

 – La Convencón, que sería una organización que convoca a un montón de artistas que están en distintas etapas de este proceso del que hablás, que están descubriendo el oficio, que no saben muy bien de qué se trata, si van a trabajar solos o no, dónde, con qué apoyo cuentan, esta Convención ¿cómo se vincula con ese trabajo?

– Mirá, la Convención tiene dieciséis años. Pasó por muchas etapas. Hoy en día, de las mil personas que vienen, quinientos son profesionales. O sea es gente que en general ya trabaja, tiene su forma de hacer las cosas, es gente que tiene distintas etapas de profesionalización pero digamos que viven de eso. Y la otra mitad no, pero hay cuatrocientos que son estudiantes que la tienen muy clara. Toda esa parte ideológica, filosófica, ética y yo qué sé, hay mucho que mirar y que aprender para un pibe en todo eso. Hay ciento cincuenta talleres en los seis días de la Convención. Hay charlas, debates. Al principio me preguntabas por qué hacía la Convención. En la primera de todas lo que nos movía era una necesidad en común de reunirnos. Éramos cuatro malabaristas; la primera era de malabares, circo y espectáculos callejeros. Hoy en día es circo, payasos y espectáculos callejeros, y no pongo payasos primeros porque se ofendería alguno –si bien nos chupa un huevo y yo qué sé– pero la verdad es que es de payasos, es lo que más me gusta y de lo que más me ocupo. Todo lo demás aparece pero la presencia más fuerte es la de los payasos. Hay cabaret, varieté, desfiles, o sea que la Convención es un mundo. Tiene tres partes: está la parte pedagógica, la parte de espectáculos y la parte social, que yo le digo social y artística porque son seis días que vivimos todos en el mismo lugar, con grandes artistas, muchos anónimos porque hay grandes artistas anónimos. Viene gente de todo el mundo, amigos míos de todas partes; han venido los más grandes artistas. Y nunca un mango. Laburamos todos gratis y con lo que sacamos de la entrada pagamos la Convención. La entrada es muy barata. La vez pasada se cobró doscientos pesos. ¡Seis días! Con agua caliente en los baños y agua para el mate. Hace un par de años que conseguimos un lugar impresionante, de los mejores del mundo. Yo he ido a muchas convenciones, sobre todo en Europa, en Gotemburgo, Escocia y yo qué sé, y ésta tiene el mejor lugar de todas, queda en el campo de deportes de la UOCRA, el sindicato de los obreros de la construcción. Ya está todo montado. Cuando apareció ese lugar, hace tres años, bajamos el noventa por ciento el trabajo de campo. Antes había que montar todo. Teníamos el lugar pero no había baños, no había nada, había que crear todo un mundo para una convención enorme. Se hacía difícil. Por eso ahora hicimos la fundación, empezamos a pedir subsidios para bancar estas cosas; hay un mundo muy grande para este tipo de artistas, payasos, espectáculos callejeros sobre todo porque es lo que más me interesa, y mi idea ahora, si bien ya hay muchos festivales, es conseguir hacer un festival de festivales. Yo viajo mucho y en Europa, por ejemplo, los espectáculos callejeros son súper reconocido. A cada fiesta popular, cada fiesta del patrono de una ciudad, o de un barrio, que duran como una semana, van artistas callejeros, contratados y no contratados. Sobre todo en España. Yo he hecho muchas temporadas de esas. Tenemos que poder hacer eso acá.

– ¿Ese es uno de tus proyectos actuales?

– Mi proyecto ahora es ganar Buenos Aires, de nuevo, después de diez años. Lamentablemente está Macri, es muy difícil, pero bueno, voy a empezar ahora, ya no puedo esperar tres años a ver si le ganamos a Macri. Mi idea es volver a llenar las plazas de espectáculos callejeros. La idea es trabajar para que la gente se empiece a animar. Me parece algo necesario, muy necesario, porque son un espacio importante las calles. ¿Por qué hay cien, ciento cincuenta espectáculos que van en  enero y febrero a la costa y a toda Argentina, espectáculos de profesionales que van a hacer temporada en verano y durante el invierno eso no pasa? Sería genial.

¿Y de qué trabajan el resto del año?

– Son todos profesionales, los que no trabajan acá la mayoría se va a Europa. Hace años que yo vivo de laburos en España y otros que aparecen por Internet, privados y ese tipo de cosas; algunos agarro y otros no. O sea que la plaza me vuelve dar a mí una libertad absoluta. Económica también, porque igual tengo que pensar en seguir. Entonces si quiero dejar esto, tengo que encontrar esto otro.

¿Qué quiere decir “ganar” Buenos Aires?

– El proyecto que yo tengo por mi lado, que imagino que después se va a desparramar naturalmente, es hacer algo así como anfiteatros populares ambulantes. Por ejemplo, si yo consigo un espacio en Plaza Francia, un espacio en el que no hay nada, y le pongo a ese espacio Alberto Olmedo. Ya está, ese espacio tiene un nombre. Y por Internet (porque el mundo cambió, antes no había Internet) por Internet empezamos a difundir que en el espacio Alberto Olmedo los sábados está Chacovachi y Maku Jarrak, y los domingo será este y aquel otro, y hacemos una programación de un mes. Y la cumplimos a raja tabla. Empezamos a difundir y entonces la gente va, no sólo la que pasa caminando por la plaza, sino también la que va a ver el espectáculo. Llegamos al espacio, lo ganamos, lo programamos y lo cumplimos. Con el tiempo mi sueño es que el gobierno diga “che, qué necesitan”. “Y mirá, un camarincito, acá; ¿le podemos poner un poquito de agua?” Y que todas las plazas de Buenos Aires tengan un pequeño anfiteatro, livianito, con dos o tres escalones de adoquines nada más que para marcar el espacio, y una tarimita, que tenga una luz, para trabajar a la noche en los veranos, un bañito, algo de electricidad para conectar el sonido; no estamos exagerando. Uno tiene que hacer eso, y después eso funciona cien años. Espectáculos todos los fines de semana, siempre. Cada lugar tiene que estar armado por artistas de la zona. Tiene que haber una concepción del lugar, que los artistas mismos programen, vinculados no a uno solo sino a un grupo que reúna por lo menos cinco grupos más pequeños que de alguna manera manejen y programen, y después que cada año se vote para ver quién es el que…. Qué sé yo, encontrar una manera de entender que hay una autogestión artística en esos lugares. Los actores queremos trabajar. Está perfecto. Esos espacios son maravillosos. A veces pasa que cuando vos empezás a estudiar o a trabajar quizás no tenés el nivel para ir a un teatro, o para que otra persona garpe; cuando vos vas a un teatro y pagaste cuarenta, cincuenta pesos, te atendió un tipo que te cortó el boleto, hay un asiento de pana, un telón: más vale que lo que veas ahí dentro esté bueno. En cambio cuando vos estás en la calle la gente no espera nada, es más importante lo que representás. O era, por lo menos. En cualquier plaza de Argentina entera, donde hay un par de artesanos, un tipo que vende pochoclo, puede haber un espectáculo todos los domingos y es bueno para todo el mundo. Y no tiene que ser el mejor, tiene que ser. Tiene que haber cariño y afecto, las chicas te tocan, los niños te tocan; somos como dinosaurios los payasos en las plazas.

En una de las entrevistas vos decías algo que tiene que ver con que el humor del payaso no es humor para niños.

– Sabes lo que pasa, los yanquis, con Walt Disney, pusieron al payaso a vender hamburguesas con Mc Donald y lo convirtieron en un personaje infantil. Antes no era así, pero lo metieron en la feria para chicos como un payaso tonto, que no tiene que ser muy agudo ni muy bueno, alcanza con una ropa y una actitud más o menos estereotipada. Ahí el payaso como personaje empezó a animar fiestas, a estar dentro de cualquier cosa que sea para chicos; ahora ya es un personaje reconocido por los chicos. Pero los payasos hasta el siglo pasado se vinculaban con el mundo de los adultos. Primero porque en el siglo pasado los niños no existían. No había ropa para chicos, ni espectáculos para chicos; salvo en alguna familia medio progre que le daba bola y un lugarcito, el niño era un adulto chiquitito que no hablaba, ni cortaba ni pinchaba. Entonces los payasos eran para adultos. Tenían su propio vestido. Pepe Podestá, Pepino el 88 era crítico, temido por todos los gobernantes por las cosas que decía; era un tipo temido.

Aparece el niño con autoridad, un pedido que hay que respetar. Hay que cuidarlos, pero al mismo tiempo…

– Claro que hay que cuidarlos. En el espectáculo yo le digo a un nene, “mi amor, ¿puedo hacerte una preguntita?” Después de preguntarle de qué color quiere el globo y de que diga azul, le digo “verde te lo voy a dar. Esto es para que aprendas que la vida no es fácil.” Y cada carcajada de la gente apoya lo que yo digo. “Verde te lo voy a dar” Carcajada. “Eso es para que aprendas que la vida no es fácil.” Carcajada más grande todavía. Y después le pregunto “Mi amor, ¿a vos te gusta vivir en este mundo?” “Sí”, me dice. Y le digo “bueno, ya se te va a pasar”. Detrás de cada chiste hay una gran tragedia. Porque para eso se inventó el chiste, para burlarse de las tragedias. Es decir, yo no sé si lo que hago está bien. Pero me pongo a pensar y las risas siempre han estado mal vistas por las tradiciones, a las dictaduras nunca le gustaron las risas; la risa es algo que tenemos y que no nos pueden quitar. No pueden manejarla. Es políticamente incorrecta. Vuelvo a repetir, no hay humor sin ruptura con ese tipo de cosas que queremos largar. A mí me gustan los pibes, no les tiro la bronca, los hago reír; además cuando hago reír a un chico, primero, no estoy diciendo nada que no sea, quiero decir que no lo estoy agrediendo al nene cuando le digo “ya se te va a pasar”, solo que estoy sacando de contexto un texto mucho más profundo, y con un chico… pero eso nos relaja a todos. Todos nos reímos: el chico, el grande; todos podemos ser felices e infelices. Todos significa todos y ese chiste nos afecta a todos. Además nadie ríe solo. Si te reís solo es porque estás en un éxtasis total. Es genial. “No sabés lo que pasó anoche, me reía solo.” Sin necesitar nada. Solo no es viendo una película. Solo es solo, es estar en tu casa y de pronto empezar a reírte. Tenés que estar muy bien, muy elevado para poder hacer eso.

Me voy a otra cosa. ¿Europa es lo mismo para un payaso que para un oficinista o un turista?

– Para nada. El payaso va con libertad a laburar a las plazas, la vida es hermosa. Está toda la parte práctica que tiene que hacer cualquier persona que va a laburar allá. Cortita. O sea: pasaje de avión, llegás y te alquilás un auto en el aeropuerto, el más barato que exista, se alquilan autos por veinte euros, te subís al auto, abrís el mapa o pones un GPS y ves dónde quéres ir. De antemano ya sabés de las fiestas populares a las que podés ir, o de las que alguien te contó, o los festivales de circo en los que podés trabajar, o vas para alguna ciudad turística. Se trabaja una semana en cada lugar. Llegás y hay otros artistas, y hay una vida social plena porque es como un mundo de piratas que se van encontrando; juntando y contando moneditas. Es maravilloso. Un oficinista ¿adónde va a trabajar en Europa? ¿A una oficina? Salvo que sea un turista. No, no.

Incluso el turista también tiene todo su recorrido “domesticado”.

– Más bien. Uno cuando va a hacer temporada a Europa no sabe dónde termina. Realmente. Final del festival. Diez, quince artistas -porque estamos todos juntos- a la mañana, ya todos laburamos, sacamos los mapas y uno dice yo me voy para acá, yo para allá, ¿y yo dónde voy? Tal vez no decidí, porque trabajé viernes, sábado y domingo y ni tiempo tuve para recapitular y orientarme a dónde tengo que seguir, y por ahí te dicen “nos vamos a Gotemburgo, a un festival”. Y sí. Vamos. Entendés. Es maravilloso porque te vuelvo a repetir, cuando vos hacés reír a la gente le entrás de una manera que al terminar una función queda un mundo abierto ahí, se acerca gente, y te habla.

Una especie de nueva carcajada.

– Totalmente. Hasta a mí me ha pasado que me prestaron el departamento para dormir una noche, gente que conocía hacía diez minutos. Desconocidos que me han tratado de una manera… esto lo dice Saint Exupery, El Principito, dice que la mayor satisfacción que tienen los artistas son las relaciones sociales, la comunicación que pueden tener. Ahora mismo, yo con vos tengo una relación artística. Nos estamos abriendo, yo te cuento cosas, entramos en confianza. Entre los oficinistas, si no se conocen, no sé si hay una relación… Lo mejor que tienen los artistas son las relaciones humanas. 

Otra de las cosas que quería preguntarte es cómo veías vos la calle en los noventa.

– Pasa esto. Evidentemente que me gusta más ahora, por la cuestión política, por el posicionamiento del gobierno, por la profundidad de las personas; después del 2001 el argentino cambió mucho y para bien. Los noventa para los artistas callejeros fueron impresionantes económicamente, porque era el uno a uno, y se ganaba una cantidad de dinero atroz. Yo he llegado a irme un lunes a fumar faso a Amsterdam y volver el jueves para hacer sábado y domingo en Plaza Francia. Una vez lo hice. Con lo que gané el fin de semana pagué el pasaje, pagué el hotel, estuve fumando faso en un cofee shop de Amsterdam y me volví porque no me convenía no venir. Un pasaje valía $499 en la época de Menem, y un artista podía ganar mil, dos mil en un fin de semana. Imaginate cómo la vivíamos. Floreció lo que hoy no hubiera florecido, por una cuestión económica. Los artistas callejeros somos mitad artistas, mitad buscavidas. Y tiene que ser así. Vos cuando estás viendo al artista callejero no estás viendo al personaje, estás viendo a la persona, es fundamental eso y es lo que le gusta a la gente. Una especie de reality. Cuando el artista se transforma en una persona conocido tuyo (y eso es raro porque te conocen a vos y vos no lo conocés a él), en Plaza Francia la gente me venía a ver una hora antes. Veían cómo llegaba, armaba las cosas, me fumaba un pucho, por ahí compraba faso, y yo sabía que me estaban viendo, que había todo un mundo ahí alrededor, una especie de reality total; terminaba, me desmaquillaba, juntaba las cosas, juntaba las cosas y me iba. Eso fue maravilloso. Fue como el esplendor de los espectáculos callejeros. Después del 2001, lamentablemente esos espacios en los que nosotros trabajábamos se llenaron de vendedores, y después se quedaron. En Plaza Francia el espacio en el que yo estaba no existe más, está lleno de vendedores de tupers, de productos Avon y todas esas cosas que, entiendo, todos tenemos que vivir, no es que porque me tocan el culo a mí, pero me parece mejor que esté un payaso antes que un puesto de Avon en una Plaza. En los noventa, en Plaza Francia, había diez o doce espectáculos a la vez trabajando. Iban veinticinco, treinta mil personas a ver espectáculos de calle. Todos los que trabajábamos en Plaza Francia después trabajamos por el mundo como grandes artistas, porque la experiencia que hicimos ahí, de alguna manera catárquica, fue fundamental. Marcelo Ferrari, los Hermanos Huevo, El Gitano, los malabaristas de Apocalipsis, o sea, todos eran espectáculos que tenían dos o tres funciones por día con trescientas o cuatroscientas personas por función. Un mundo de gente dando vueltas. Era mucho mejor la oferta que estaba afuera que la que estaba dentro de los centros culturales.

¿Hoy el Polo Circo quiere recrear eso?

– No, no quiere. Si quisiera lo haría. El Polo Circo es un emprendimiento hecho por Gabriela Ricardes, que es una gestora cultural, que tiene una escuela de circo y tiene una forma de pensar distinta a muchas, a la mía particularmente. Eso no lo discuto. Lo grave para mí es que ese espacio no está aprovechado como yo lo haría. No tiene mucha programación. Y está acá nomás.

Se dice que no han convocado muchos artistas nacionales.

– No. Cuando hacen los festivales tampoco ponen muchos artistas nacionales. Yo igual trabajé ahí. Es un placer. La carpa es hermosa. Es un lugar maravilloso. Pero no está pensado desde un lugar popular. Evidentemente es una gestión-Macri, tan claro como eso. Con el Frente para la Victoria habría colegios todos los días, y miles de artistas trabajando, eventos, y creo que nos escucharían un poquito más. Creo que hay una cuestión estética también. O sea, creo que a ellos hay cierta estética artística que no les gusta. Hay personas que si la trapecista no hace media punta no les gusta.

Hace un tiempo hablé con Jorge Videla. Él me comentaba que ellos se habían acercado y les habían tirado la bronca.

– No, mentira. Siempre los putearon al Polo Circo. Se acercaron a putearlos mil veces. Yo hable con Ricardes. O sea, yo puedo entender a todo el mundo, si hay cosas personales te las digo, pero puedo alejarme de lo que siento personalmente. Igual ella le ofrecía algo que a ellos no les gustaba, ellos no se sentían reconocidos, pero la verdad es que no son ningunos santos, la reputearon siempre que pudieron. Es más, yo hice un solo de payasos y los invité a ellos, y trabajaron en el Polo Circo. Yo quería unir, porque la verdad es que ese espacio es maravilloso. Podemos trabajar igual aunque pensemos distinto, sobre todo desde el lado estético. Por supuesto que si sos un nazi yo no quiero laburar con vos; pero después, si no te gusta lo que estoy haciendo, bueno, a mí me gusta. Qué sé yo. Los viejos están en un estado que necesitan un reconocimiento importante y si hacen un evento tan grande y no los reconocen de alguna manera, se sienten tocados y responden.

Si, se notaba eso. Bueno, tuvieron el número anterior de la revista para dejarlo claro. Chaco, muchas gracias, ha sido una charla fantástica.
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