Institución, democracia, locura. La experiencia de la comunidad terapéutica de la ciudad de Federal


Ilustración de Juan Domingo Naveiro, 
en el taller Barros Tal Vez 
que funciona en el Hospital Dr. Alejandro Korn, 
(Melchor Romero).

I

Las instituciones son como acuerdos precarios que nos permiten ver el esfuerzo de un grupo por evitar ser arrastrado. O algo así. El caso es que una razón universal y poderosa funda y juega contra una fuerza antagónica de igual medida (aunque lo contrario no sea igualmente válido), a la que llamamos indiscriminadamente locura y que es una forma del temor. Cuando este duelo se comprueba en soledad uno se siente a punto de ser “entregado” por los mecanismos en los que venía marchando. Se recurre entonces a una mano amiga, pero en medio ya de la neblina hay que negociar con lo que se encuentra. Por allí también pasa la posibilidad de un nuevo acuerdo, de una nueva vida. Hay que poder verlo. Hay que tener valor para hacerlo.
Saer, en la novela Las Nubes, y refiriéndose a ellas, dice: “Aunque todas eran semejantes, no existían, ni habían existido desde los orígenes del mundo, ni existirían tampoco hasta el fin inconcebible del tiempo dos que fuesen idénticas, y a causa de las formas diversas que adoptaban, de las figuras reconocibles que representaban y que iban deshaciéndose poco a poco, hasta no parecerse ya a nada e incluso hasta asumir una forma contradictoria con la que habían tomado un momento antes, se me antojaban de una esencia semejante a la del acontecer, que va desenvolviéndose en el tiempo igual que ellas, con la misma familiaridad extraña de las cosas que, en el instante mismo en que suceden, se esfuman en ese lugar que nunca nadie visitó, y al que llamamos el pasado.” (pág. 164)
Instituciones y sentimientos se relacionan, y a veces nos parece que son una y la misma cosa –la familia y la familiaridad–; otras, en cambio, son escenas en las que no es fácil predecir y proyectar –¿qué forma tendría la próxima nube?–. La experiencia de Raúl Camino en Colonia Federal además de recordarnos un caso de innovación institucional nos acerca, nocturno y embriagador, una poción de valor e inocencia para untar nuestros nervios.
 


II
A finales de los ’60, en medio de la dictadura de Onganía, se establecieron en el país las primeras comunidades terapéuticas, o comunidades democráticas, como alternativa al hospital psiquiátrico tradicional. Durante la década del ’50, en Europa, se había comenzado a cuestionar el carácter terapéutico de esa institución. Quizá los mayores referentes de esta corriente crítica son los trabajos de Maxwell Jones y Franco Basaglia. Ambos diseñaron programas para trabajar con grupos en los que la palabra de los pacientes era tenida en cuenta y se los respetaba como iguales.
En Argentina es pionero Enrique Pichon Riviére con el trabajo de comunidad terapéutica que llevó a cabo en el Hospital de Las Mercedes, hoy llamado Braulio Moyano. Esa experiencia fue un punto de apoyo para que, a fines de los ’60 y por encargo del Instituto Nacional de Salud Mental, se abrieran comunidades terapéuticas en Lomas de Zamora (Buenos Aires), Entre Ríos, Mendoza, Misiones. Se dio, pues, la particular situación en la que un gobierno autoritario convalidó la creación de proyectos de innovación institucional, de experimentación y de restitución de derechos, y más precisamente el funcionamiento de un programa que se constituye en torno de un principio democrático.
Podríamos alinear esta medida de “federalización” de la locura (puesto que en muchos casos, como en el de Colonia Federal, se trató de traslados de internos desde los grandes hospitales porteños a las provincias) con otras acciones encaradas por los gobiernos de facto posteriores al peronismo y que tenían como propósito reconfigurar las estructuras institucionales del Estado. Eso ocurrió con el Sistema Nacional de Salud Pública diseñado por Ramón Carrillo, que en 1957 es fragmentado según la transferencia a las provincias y a los municipios de la salud pública, lo que terminó en una desresponsabilización por parte del gobierno económicamente unitario.
Por otra parte, en el ámbito de los medios de comunicación, se dictó una nueva ley de radiodifusión que prohibía la emisión en cadena y desarticulaba el sistema de medios peronista, que luego volverían a recomponer las productoras de contenidos norteamericanas.
Formalmente, la medida de las comunidades terapéuticas podría entenderse en la línea de esas acciones de reconfiguración de los sistemas estatales con un espíritu “federal y nacional”. Es un pliegue particular del acontecer de las instituciones asilares que ha requerido tanto una política pública como de las manos de una posible enfermera de pueblo. Pero a diferencia del Sistema de Salud y de la estructura mediática, que se mantienen hasta hoy, aquellas experiencias de democratización e innovación fueron clausuradas.

Colectivo Contramar



   




COMUNIDAD TERAPEUTICA EN CIUDAD FEDERAL
RAUL CAMINO (*)
Disertación en mesa redonda (1981)
 
Actualmente yo trabajo en el Hospital Alvear, y anteriormente he trabajado en una experiencia de comunidad terapéutica, con psicóticos, con mucho tiempo internación  en la provincia de Entre Ríos, en la ciudad Federal. Lo que voy a exponer va a ser referido a la experiencia personal, posiblemente haga alguna consideración teórica. Lo que más me llamó la atención es el título de esta exposición,  “La crisis, el cambio en áreas de aplicación”.
       Cuando yo estuve en el Hospital Borda, haciendo la residencia psiquiátrica, me parecía que todo lo que, en la cuestión terapéutica de lo psicótico, se hacía no era completo o algo faltaba, y para mí en ese momento se planteó una cuestión de crisis, porque esa psiquiatría con psicóticos, puramente medicamentosa y una que otra referencia psicoanalítica dinámica, me parecía incompleta. Porque durante las veinticuatro horas del día el paciente no estaba con el médico, sino que estaba con otras personas, fundamentalmente los enfermeros o el personal de mantenimiento, o entre ellos mismos.
      Cuando volví de la Antártida, tuve la oportunidad de que me enviaran a la provincia de Entre Ríos a fundar una colonia; esto en 1968. Digo fundar una colonia, porque era un cuartel que fue donado por los militares, con los fines de hacer un hospital psiquiátrico. La idea imperante en aquel momento era hacer un hospital psiquiátrico depósito, que los pacientes estuvieran igual que en otras partes, nada más que había que derivar camas de capital a provincia. A todo esto, yo ya había leído algunos trabajos de comunidades terapéuticas, y se estaba haciendo una experiencia en comunidad terapéutica en el hospital Roballos de Paraná, posiblemente la primera experiencia de ese tipo. Tomando un poco los modelos de ellos comencé la experiencia en Federal. Quiero rendir un homenaje a la memoria de Pichon Riviere, a quien yo no conocía en ese momento más que de nombre. Yo llegué a conocerlo después. Este homenaje es por mí muy sentido, porque pienso que Pichon ha sido el pionero en estas cosas. Yo lo leí mucho después. Un pionero no reconocido, incluso expulsado, porque comprometía todo el orden que en aquel momento imperaba en la psiquiatría. La experiencia nuestra, para situarnos un poco en eI campo de la psicología o psiquiatría social, fue intramural, que es lo que nosotros llamamos comunidad terapéutica. No tuvimos la oportunidad de hacer una experiencia extramural de psiquiatría comunitaria porque no teníamos medios y no se conocía tanto. Se intentó en otros lugares de Argentina hacer experiencias extramurales, no con muy buenos resultados. En la actualidad la única experiencia que funciona bien, intramural y extramural, es la de Misiones, con el doctor Hernán; es la única que ha quedado. Porque pareciera que de una u otra manera, trabajar en estas cosas es comprometer casi el orden social existente, entonces, ese mismo orden social es como si se encargara de expulsar, a todo este cuerpo extraño que compromete el equilibrio existente. Los principios que yo seguí para trabajar con la comunidad terapéutica fueron los de Maxwell Jones, pero adaptados a la realidad que se me presentaba en aquel momento. Realidad que consistía en lo siguiente: el espacio era un cuartel que no estaba habilitado para hospital y había que reformar algunas cosas, pero no todas porque los presupuestos eran insuficientes. Eso en cuanto a la parte edilicia. Además, teníamos problemas graves de falta de personal. A mí me prometieron residentes, psicólogos, médicos, y cuando llegué allá, ni los residentes, ni los psicólogos, ni los sociólogos llegaron, porque tampoco daba el presupuesto. De manera tal que me encontré con personal que no tenía ninguna experiencia en trabajo hospitalario, personal que no conocía a los enfermos mentales, y aún con toda la problemática del pueblo, un pueblo chico, de 8000 habitantes, con el temor que les provocaba la llegada de los locos. Entiendo que, en esta situación, uno debe acudir a cierta inventiva y a cierta iniciativa personal, o irse. A mí me interesaba trabajar de esta manera comunitaria, porque lo que yo había visto en aquel tiempo en los hospitales psiquiátricos, ya en Córdoba y también en Buenos Aires, me parecía muy negativo y eso no era muy positivo para los pacientes, que por eso permanecían tanto tiempo en los hospitales, entonces sí, acudí a la inventiva, y lo primero que hice fue formar el personal. Con una gran ventaja: el personal aquel no estaba de ninguna manera equipado con teorías, doctrinas o prejuicios acerca de nada; ellos aceptaban lo que se dijera y además confiaban en que el que lo decía tenía capacidad e idoneidad. El trabajo de capacitación del personal fue constante, no fue una cosa de  “Bueno, hacemos un cursito y luego terminamos”, sino que periódicamente, y yo diría siempre, constantemente, la formación se efectuaba. La formación del personal era muy importante para trabajar de la manera que en aquel momento yo pensaba, que era usar todo el recurso humano teóricamente sano, que era el personal, para el tratamiento de los pacientes. Esto motivó una gran discusión en la provincia de Entre Ríos, con los profesionales de Paraná, quienes decían que solamente los universitarios estaban capacitados para tratar enfermos mentales. Y yo pensaba que todo el mundo estaba capacitado para tratar enfermos mentales, siempre que tuviera una idea o incluso un sentimiento de humanidad. La formación primera del personal, el inicio, duró no más de tres meses; luego se hizo con los pacientes y con el personal. Nosotros organizamos una estructura social comunitaria, en la cual se insistió mucho en la igualdad. Esto sonaba muy raro allá, porque los locos eran los locos y los normales eran los normales.
            Costaba mucho hacerle entender al personal administrativo y al personal de mantenimiento que ellos podían ayudar. En el fondo, había un miedo a la locura propia que también la tenía yo, entonces. No obstante, a través de la estructuración de un sistema, la gente fue entrando. Yo puedo decir que los enfermeros y los peones y todo lo que  era mantenimiento fueron los que tuvieron mayor participación en el proceso comunitario. No así el personal burocrático que es el personal administrativo, de alguna manera representante de lo de afuera; ellos se manejaban más bien con los papeles, las notas, los presupuestos, todo había que informarse por escrito, firmarse, etc. Eso realmente demoraba mucho resolver una situación. Los niveles de comando, porque también tiene que haber orden en estos lugares, eran tres, yo tenía tres y no más. ¿Cómo implantamos nosotros este sistema? Yo no anduve con muchas dudas; con la primera tanda de pacientes que llegó del Borda, al día siguiente de haber llegado, se hizo una asamblea comunitaria, que era la primera asamblea que iba a hacer en mi vida; eran 150 enfermos, más todo el personal en ese momento, aproximadamente 100. Esta primera asamblea es para mí muy recordada porque fue un intercambio de delirio. Unos veían platos voladores, otros sentían voces y yo pensaba “¿qué va a pasar?”. Y continuamos instrumentando las asambleas, y les voy a insistir mucho en esto, porque para mí la asamblea comunitaria, es algo así como el encuentro en tiempo y espacio de todos los miembros de la institución. Y en ese encuentro, en ese mismo tiempo y en ese mismo espacio es donde se traen todas las cosas vividas en la comunidad: todo lo que ha ocurrido, todo lo que ha sucedido, empieza a aparecer. Y no siempre aparece lo que uno quiere, sino que aparece lo que ocurre. De ahí que las asambleas, en nuestra colonia, fueron muy numerosas siempre, porque yo era el único psiquiatra;  había un clínico, un odontólogo y un bioquímico, pero ellos participaban menos, porque no creían en esto y lo decían abiertamente, y tampoco uno los puede obligar a creer lo que no ven. No obstante, el clínico, a posteriori, fue entrando en la variante.
  Las asambleas comunitarias nuestras, se realizaban tres veces por semana, en un gran salón, Moffatt ha presenciado alguna de ellas. Participaba la mayoría del personal, no digo todo porque hay personal que debe quedar para las funciones básicas, como por ejemplo los cocineros, el portero y los administrativos, a los que se les ordenó que uno, por lo menos, uno por vez, fuera. Costó mucho que ellos entendieran esto. La mecánica de una asamblea era libre, cualquier persona podía hablar, podían hablar todos al mismo tiempo, podían  murmurar, podían gritar, hasta en algún momento podían suscitarse ciertos actos de violencia, que fueron controlados; sobre todo con ciertos pacientes epilépticos que estaban medicados. Las asambleas eran abiertas, podía ir cualquier persona, podían ir visitas, podían ir personas del pueblo, familiares, y cualquier otro miembro del personal que en un momento dado tuviera funciones y quisiera asistir. Las asambleas duraban aproximadamente 2hs. o más. Los lunes, miércoles y viernes, ya se sabía que la mañana, después del desayuno, estaba destinada a la asamblea. Toda la vida hospitalaria circulaba alrededor de la asamblea de la mañana. El turno de la tarde se me quejó en alguna oportunidad y yo extendí la asamblea de los miércoles, a la tarde, que tenía otra dinámica. Y alguna vez hice una asamblea en la noche, muy interesante, pero me cansaba mucho, así que volví al sistema anterior, de hacerla durante la mañana. En las asambleas, los pacientes fueron formando, lo que Maxwell Jones llama, la cultura terapéutica. Digo en la asamblea porque ahí se manifestaba pero, en realidad, la cultura terapéutica se empezó a formar en la vida diaria de la comunidad. Aparte de la asamblea, que era una especie de actividad casi obligatoria, no obligatoria totalmente (había pacientes que no querían ir y no iban), había otro tipo de actividad. Nosotros le dimos mucho énfasis a la rehabilitación laboral. Los pacientes participaban en todos los sistemas del hospital, cocina, con los caballos, esto era una colonia de tipo rural, en la huerta, en los jardines, en la portería y hasta en algún momento en la administración. Es decir que todo eso que el paciente vivía era traído a la asamblea, lo cual puede ser peligroso (los psiquiatras clásicos que nos visitaban decían que era peligroso) a raíz de las confrontaciones entre el personal y los pacientes, confrontaciones en las cuales eran iguales tanto el personal como los pacientes. En la confrontación podía haber una acusación, una queja o un pedido de aplauso, o de que lo ascendieran a fulano porque era buen empleado, como ocurrió con el caso de un empleado que le salvó la vida a un paciente, y en una asamblea pidieron que lo ascendieran y quedó que iba a ser ascendido, cuando hubiera una oportunidad, y así fue.
  En las asambleas también se discutían todas las cuestiones administrativas, la comida, las salas. Esto a mí me cansaba un poco. En algunas asambleas comunitarias que he visto en otras partes, solamente se permitía la manifestación de este tipo de cosas y no se podían manifestar cuestiones personales. Yo he escuchado decir “eso será hablado con el terapeuta”. Personalmente, yo difiero totalmente, yo entiendo que en las asambleas hay que hablar de todo pero cuando empezamos con el pico, es muy probable que vaya a salir algún noviazgo, o vaya a salir alguna pelea, igual con la prostitución o las violaciones, porque había de todo. Era una comunidad no cerrada, porque de por sí ya hemos tenido un violador, que lo echó la comunidad; yo no lo quería echar, pero lo echaron. En las asambleas aparecían también no sólo cuestiones internas del hospital, sino cuestiones externas. Los pacientes tenían la posibilidad de salir al pueblo, efectuar compras, emborracharse, tener novia, ir a las bailantas y con todo lo que eso provoca en el pueblo y en la comunidad, el pueblo entendió pronto que eso era beneficioso, y también vio que para ellos mismos era beneficioso porque cuando íbamos de visita allí, les entraba gran cantidad de dinero  con lo que gastaban los pacientes. No obstante, nunca se nos escapó ningún paciente, nunca tuvimos problemas, por ejemplo, de pacientes que robaran a las personas del pueblo. En las asambleas surgió un tema, que surge siempre en los hospitales que son heterosexuales como el nuestro, casi con la misma cantidad de mujeres que de hombres, que es el problema de las parejas. A mí me empezó a preocupar porque yo decía “Bueno. ¿Y ahora? Y… ahora me las tengo que aguantar”. Porque en la comunidad todos ponemos el cuerpo, es la participación de todos. Hay una diferencia, por ejemplo, con el psicodrama. Se armó una pelotera una vez en un Congreso, porque decían que el psicodrama se parece un poco a las asambleas, pero el coordinador de psicodrama no se compromete, está afuera en tanto que, en las comunidades, el director, el  médico o el que conduce la comunidad se compromete, es discutido y es confrontado, y hay que aceptar que, a veces, o la mayoría de las veces, el grupo tiene razón. Con el tema de las parejas, yo pensaba encontrar una solución porque yo me fui con el modelo médico, yo mismo era médico, yo mandaba, yo era el director. Implementé un sistema, y se me empezaron a mover todas esas estructuras. Cuando yo todavía estaba pensando cómo resolverlo, ya la comunidad había empezado a resolverlo. La asamblea iba adquiriendo poder resolutivo, terapéutico y, algunas veces, antiterapéutico.
    Les voy a dar un ejemplo: las parejas tenían que presentarse a la comunidad y la comunidad opinaba si les iba a hacer bien, si les iba a hacer mal, si convenía o no; y hemos tenido casamientos, algunos con éxito, otros con divorcio, nada diferente a lo que pasa afuera. Había noviazgos y había chicos; hemos tenido ocho chicos, pero ningún aborto pues yo estaba en contra de eso, y en contra de las pastillas también, porque entendía que el ejercicio de la sexualidad es una cosa adulta, de la que cada cual se hace responsable. Al fin y al cabo la comunidad entendió que si dábamos la pastillita… Hay un riesgo en las comunidades y es el riesgo que hay que correr; riesgo que vale la pena correr por otra parte. En las asambleas se permitía la manifestación de todo lo que le ocurría al paciente, sobre todo de la patología. Los delirantes, los parafrénicos o los paranoicos, algunos esquizofrénicos, ellos podían hablar libremente sus delirios; yo, francamente, poco entendía los delirios, entiendo la parte teórica, y que eso es una manifestación de su personalidad, de un conflicto muy temprano. Cuando el delirante estaba hablando, ¿quién entendía a los delirantes? Los otros pacientes. En la comunidad terapéutica, no solamente el personal es potencialmente terapéutico, activo o pasivo,  sino que el resto de los pacientes son activos en la parte terapéutica. Y ahí era muy común que un paciente le dijera a otro “yo también estuve como vos, yo pensaba lo que vos, pero fui saliendo”. Nunca explicaban cómo salían, será una cosa teórica que tenía que indagar yo, pero era muy lindo ver cómo un paciente muy asustado, como es el delirante, se sentía apoyado. Era muy común ver levantarse a los pacientes y darle la mano al delirante. También he visto asambleas en las cuales se cerraban las puertas y no entraba  ni salía nadie, pero si los pacientes tenían que orinar, entonces iban y volvían. Y eso es muy bueno, porque también descubrimos que cuando iban afuera de a dos o tres, chusmeaban, pero de lo que se hablaba adentro, o sea que seguían la elaboración grupal afuera. No me interesaba que dieran la versión delante de mí, lo que me interesaba es que eso existiera. Algunos volvían, otros no, como pasa en todos lados; tampoco eran chicos de colegio que uno les podía decir “vuelvan”. A los esquizofrénicos, que a veces disparaban de alguna situación que habían tenido en la colonia, se les decía “¿Se compromete a volver o no?”, y si cumplían el compromiso o no, la comunidad después los confrontaba. Era abierto eso, y así que el ir y venir era una cosa que a mí no me molestaba, y tampoco el murmullo; eran más o menos 400 pacientes, pero no iban todos, más el resto del personal, y todos murmuraban. Al principio me molestó el murmullo desordenado, pedía silencio. Yo les hablaba de las murmuraciones, del ruido que había. Pero después descubrí, porque el personal lo contaba en las evaluaciones, que no hablaban de pavadas, que hablaban de lo que estaba ocurriendo en la asamblea. Pero tampoco en nuestras asambleas había que estar sentado y pedir permiso, de pronto cualquiera se levantaba y decía ” yo quiero decir tal cosa”; si la cosa era muy loca se le decía que parara un poco, y después “Vamos a esperar a fulano”. Pero por ahí era eso lo que tenían que tratar y estaba medio taponado por los picos, por los baños, alguna cosa así.
    – ¿Qué son los  picos?
   – Los picos de la canilla. Si las canillas se llueven, están rotas, los pacientes se quejan porque no pueden dormir, porque hay humedad, etc. Durante la asamblea, a través de la murmuración, yo les decía que no había ninguna limitación para levantar la mano o hablar sentado. La tendencia de los pacientes habitualmente era levantarse y exponer, abiertamente, con gestos; y cuando le tocaba al personal, que eso ya era más duro, también se levantaban y hablaban. Con el tiempo yo dejé que las asambleas las dirigieran los enfermeros, de a dos porque se asustaban un poco. Yo he ido a esas asambleas de incógnito, de atrás; en aquel tiempo no se usaba el guardapolvo y tenía grandes sorpresas, mucha emoción al ver cómo los enfermeros habían logrado el aprendizaje, mucha conducción. Las asambleas requieren nada más que estar presente, ordenar un poco quién habla y quién no, y nada más. Y ahí es donde yo también pude comprobar qué murmuraba el paciente o de qué hablaban entre ellos. Después están los pacientes que son los silenciosos, pero que van a todas las asambleas, los viejitos, algunos esquizofrénicos crónicos: son pacientes que están atendiendo, que en el momento menos pensado hablan y hablan cosas muy medulosas; eso nos ha ocurrido muchas veces. Así que nosotros no exigíamos tampoco que hablaran, ni el paciente de primera vez, no había ninguna exigencia en esos temas, todo el mundo venía a hablar cosas. Para mí la asamblea era el eje de la comunidad terapéutica; era como un termómetro o como un aparato que indicaba cómo iba la comunidad. Cuando se hablaba mucho de las cuestiones puramente de mantenimiento es que algo pasaba, que no salía el afecto, pero cuando había noviazgos o violaciones o prostitución (era mixto y no había homosexualidad), no había problema (uno sólo era gay); ahí sí, ahí había más riqueza. No obstante, no es necesario que uno tenga que estar esperando siempre que se hable de eso, por algo también hay una especie de retracción para hablar de cosas puramente afectivas. Se habla también de cosas administrativas porque en ese momento la comunidad tal vez lo requiera; así que no es tampoco discutible esto. Luego de la asamblea, nosotros hacíamos una evaluación con el personal asistente. La evaluación no duraba más de media hora pero era también bastante medulosa, porque la enfermería y los de mantenimiento que habían asistido, comentaban sus sentimientos, sus sensaciones, lo que habían visto y también había confrontación conmigo si ellos decían “Mire, doctor, me parece que Ud. no estuvo muy bien cuando dijo tal cosa”, o “cuando no hizo esto, yo hubiera hecho tal cosa”; sugerencias que eran siempre bien aceptadas. Por eso yo después dejé que los enfermeros pudieran dirigir una asamblea, dado que ya iban comprendiendo la mecánica. Más allá todavía, fueron los pacientes los que dirigieron la asamblea; pacientes que estaban ya bien y que luego fueron empleados. Un gran lío esto porque decían para qué empleábamos locos siendo que había tantos sanos sin trabajo, pero yo ya conocía a estos locos que ya se habían sanado y sabía que trabajaban bien. Los pacientes dirigieron muy bien la asamblea, pero hubo que parar la experiencia por una orden superior, y eso no se discute. Esa dirección de los pacientes de la asamblea y la participación de ellos también en la evaluación era lo que yo llamaba “juego abierto”, que se entendió mal, porque se entendió desde un punto de vista político, aunque no tenía nada que ver, porque sólo era ir dando responsabilidades a los pacientes, que ya habían mejorado y que eran como nosotros. Sólo que su estado civil era de paciente.
    Pero  el tema no era sólo con los pacientes. Hasta ahora he hablado sólo de eso porque la comunidad era para los pacientes, pero también el personal requería mucha atención. Yo dividía al personal en tres tipos: personal técnico, que era todo el que estaba en contacto directo con el paciente, personal técnico administrativo, que es un personal que tiene que ver con la administración de cosas del paciente, por ejemplo: las estadísticas,  la despensa, la farmacia, esos que uno nunca sabe donde están para participar, pero hacen administración de cosas técnicas, y el personal administrativo público. Nosotros teníamos reuniones con todos, y después con todos los jefes. Eran muchas las reuniones que se hacían, aproximadamente 15 reuniones, aparte de las asambleas, por mes, con los distintos miembros del personal. Tanto con los enfermeros, porque manejaban la sala, como también con lo que nosotros habíamos instrumentado que se llamaban grupos de trabajo. Un grupo de trabajo estaba formado por un empleado cualquiera, un peón, y un grupo de pacientes. Nosotros estimábamos que el peón entendía como persona a los pacientes; si bien en principio existieron fenómenos de competencia, entre los peones o el personal de mantenimiento y los pacientes, para ver quién trabajaba más, el personal entendió rápido que no había que competir, que era mejor que trabajaran los pacientes. Yo les dije  “Y bueno…vagueen un poco, yo con tal que estén con los pacientes y que los traten bien y vean cómo evolucionan  estoy contento…”, y allí se dio otro fenómeno: aumentó la producción. No eran los peones los que tenían que aumentar la producción, sino que eran los pacientes. Nunca quise hacer autoabastecimiento porque eso iba a darle a todo una cuestión de tipo esclavitud, que yo la había visto en otros hospitales. Sin embargo, hubo una comisión, que se formó espontáneamente y que me discutió y me tuvo mal, para establecer el autoabastecimiento y la venta de productos hacia el pueblo. Yo no admití eso porque con el potencial de trabajo, aproximadamente 500 personas trabajando en una huerta con pollos, rompíamos las verdulerías de la zona. Había también que evaluar la parte política de cómo se trabajaba; pero los pacientes entendieron. Lo interesante era ver cómo el personal “no universitario”, y esto lo digo entre comillas y subrayado, por los de Paraná, ¡cómo trabajaban con los pacientes! Lo que les puedo decir, creo que alguien lo dijo recién, que cada paciente se merece el terapeuta que tiene, porque lo busca. Nosotros habíamos visto que ciertas características de personalidad del personal favorecían o no la evolución del paciente, y dejamos que los grupos se armaran espontáneamente; sólo tenían que comunicar que cambiaban de lugar, que en vez de estar en el jardín se iban al tractor, y entonces empezamos a ver cómo las características propias de la personalidad del peón ayudaban al paciente. Pueden desarrollar toda la cosa analítica, pienso que es el aporte que se puede hacer. Las hebefrenias, síndrome esquizofrénico de mal pronóstico, a nosotros se nos han curado;  se puede discutir si eran o no hebefrénicos, pero al menos sintomatológicamente lo eran. También se curaban los parafrenias y las paranoias; es decir que ha habido remisiones de casos que teóricamente son muy graves, están historiados. El trabajo con el personal de mantenimiento era muy simple, sencillamente se escuchaba lo que ellos decían y se los orientaba diciéndoles “Mire, con fulano haga esto…”.
   Era muy grande el hospital, tenía espacios abiertos, y se los veía haciendo largas caminatas, tomados del brazo y siempre conversando. ¿Qué conversaban? Nunca supe, ni voy a saber, ni me interesa siquiera, porque sería violar la privacidad, que era otra cosa en  que yo insistía mucho. Hay ciertas cosas en las que no nos tenemos que meter, porque el solo hecho de respetar la privacidad del paciente rompe un viejo esquema de la psiquiatría donde el profesional tiene licencia para violar toda privacidad.
  El personal de mantenimiento era el que estaba más en contacto con el paciente y con el que teníamos más reuniones; es el que absorbió más y el que sufrió más cuando la comunidad se deshizo. Con el personal que no pude nunca fue el personal de los papeles. Les di clases, los reuní, hice las asambleas, pero el personal administrativo es un personal que está en una especie de torre de marfil, que sólo se digna a descender cuando va a la  asamblea, pero después… Pero después, en algunos momentos, hubo que frenar todos los aspectos de burla a los pacientes desde los administrativos. 
  Los que menos se socializaron fueron los administrativos; y los que más se socializaron no fueron los enfermeros, sino los peones, y todo el personal de mantenimiento, los que no tenían ningún esquema referencial de la psiquiatría manicomial. Nosotros creíamos, y creemos aún, que este potencial terapéutico de pacientes con pacientes y pacientes con personal, es la socioterapia, la comunidad terapéutica. Ni hablemos de lo que podría ocurrir si todo un pueblo, si toda la población hubiera colaborado en esto, pero eso ya era de largo plazo y muy difícil de hacer. Creo que les he expresado todo lo que es la experiencia mía; tengo acá unas cosas teóricas pero no las voy a poder dar, más bien cada cuál lo piensa, es mejor así, y tal vez después lo comentamos en la discusión. Nada más.

(*) Raúl Camino, psiquiatra que desarrolló durante diez años la comunidad terapéutica de Colonia Ciudad Federal (Entre Ríos)  y considero  que, junto con  Carlos Campelo, son dos profesionales que crearon modelos de terapia innovadora y, lo principal, adaptadas a la atención de la población más necesitada, con gran eficiencia y mínimo costo de infraestructura por la originalidad en el uso de recursos alternativos. (Nota de Alfredo Moffatt).
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