Diario de mudanza

 

“La palabra de Yavé fue dirigida a Jonás, hijo de Amittay, en estos términos: ‘levántate, vete a Nínive, la ciudad grande, y predica contra ellos, porque su maldad ha subido hasta mí’.” (Jonás 1, 1)


El martes desperté antes que de costumbre. Suelo usar despertador pero esta vez, quizá debido al latigazo de un sueño tempestuoso que no recuerdo, cuando sonó hacía rato que miraba el techo. Además, ya había decidido mudarme. No fue algo espontáneo, sino una tarea que me impuse, un nuevo desafío, una hazaña o como se llame a eso que nos obligamos con la idea de que nos enriquecerá. Sacarle jugo a la vida. Vivir cada minuto como el último. Realizar los sueños. Etcétera. Quería yo aventurarme al mar.
Decía entonces que voy a mudarme. En efecto, estoy buscando departamento. Simplemente a veces hay que cambiar de lugar, llevarse hasta otro punto de vista para encontrar una ciudad desconocida; y mudarse es en parte renovar tu interior, volver a amasarlo y yo estaba aburrido del mío, de este lado de la calle, de mis necesidades y de las de mi portero que incansablemente ha insistido, mañana a mañana, como si uno sepultara por completo el día anterior, con el asunto de la fachada en ruinas, de las expensas miserables, tarde a tarde, en todo encuentro, con que en el próximo ventarrón no resistirán las celosías. Yo quería entrar por otra puerta a esta ciudad antes de seguir la Opción de atacarla, ¿no se está al borde de esa Opción? Pin, pan, pin… ¡ataquen! ¡Ah!, ¡porque la rutina es un mono que te oprime el cuello toda vez que algo en ti vibra de intriga! Entonces puse en marcha el plan de la mudanza. ¡Pain, pin, pin!
Debido a que mi trabajo ocupa casi todas las horas hábiles del día, decidí contratar un servicio de búsqueda, alquiler y mudanza para no dilatar demasiado el asunto y poner en riesgo el proyecto. ¡La idea! Sabía que existía este tipo de servicios, busqué en la guía; bajo la razón social “Frutos y Asociados” se leía: servicio integral de interpretación del gusto, búsqueda de hogares, firma de alquileres y mudanza. Absoluta confianza. Llámenos. Llamé. Me dije que el sector de servicios estaba alcanzando un punto ofensivo… una voz firme y ronca atendió e interrumpió esa vocecilla que ya me llevaba hacia alguna reflexión inútil. Bien. Era aquella una voz sin vacilaciones y como de autómata, pero con un hilillo de conciencia que le daba un aire de vivaracho; me atendió un vivo, me dije, y luego: un experto. En algún momento intuí: sencillamente un hijo de puta. Comenzó por preguntarme por qué se me había cantado mudarme. Si bien esta pregunta me tomó de improviso y sin ninguna respuesta elaborada, dije más o menos lo que reflexioné hace un momento. Rápidamente noté que la otra voz en el teléfono no toleraba ambigüedades ni dudas, no las resistía, como el que busca de urgencia un baño no resiste que le ofrezcan alternativas; se inquietaba y proseguía con el interrogatorio: ¿cuánto hace que vive en el mismo lugar?, ¿conoce al dueño anterior?, ¿ha probado con cambiar de lugar los muebles?, ¿está completamente seguro de que quiere mudarse? No conseguía yo decir de forma categórica lo que quería, por eso apelaba a frases hechas tales como “no es fundamental que sea a estrenar, pero lo barato siempre termina por salir caro”, y esto impacientaba a la voz. Vi allí una sensibilidad típicamente porteña, llena de colectivos y de lluvia y de veredas angostas. ¿Cuántos ambientes? ¿Dónde prefiere el baño? No acababa de soltar una pregunta que se escuchaba un ruido de teclas y sonidos de computadora. ¿Con o sin bidet? Para acoplarme al ritmo de su cuestionario había comenzado a devolverle respuestas breves y rápidas; dije pues que no tenía preferencias sobre ese punto, y sin embargo debí haber tocado una fibra delicada de su espíritu porque enseguida se largó a gritar y a condenar la irresponsabilidad en la que incurría yo con tanta indecisión. No viene al caso glosar la puteada del fanático, pero obviamente tenía algo contenido y bastó que yo no deseara con fuerza ningún bidet para soltarlo. Me alejé del tubo del teléfono y volví informándole que hablaba con un mayor, que no tenía porqué cuestionarme en mi derecho de dudar. A lo que la voz dijo que se cagaba en todos mis derechos y sobre todo en los de mi adultez. Contraataqué esta ausencia de todo código en la voz brutal que me toreaba, diciendo que iba a pagarla muy caro, que no sabía con quién hablaba ni a quién había ofendido; cada insulto le costaría muy caro, dije. ¡Pin, pin! Entonces sí que me amenazó, esa voz vieja y ponzoñoza, que prometió buscarme y encontrarme en mi domicilio actual o en cualquier otro lugar de la ciudad, que todos conocía, que cada baldosa había sido pisada por él y que desde ya no tenía escapatoria ni en los hospitales ni en los parques. Describía cómo me rompería las articulaciones a rodillazos cuando le corté. Comprendí, entonces, que había firmado yo mismo la sentencia. El tubo del teléfono sonó como un apretón de manos.
Frente a ese choque cambié la estrategia. Con más razón ahora, la mudanza no podía demorarse pues le había dado mi domicilio. Compré el diario y seleccioné de la oferta que había en los clasificados un espectro de barrios, de precios, de departamentos en alquiler. Acordamos con un empleado de Benvenutto Propiedades ver uno en Barracas, sobre la avenida Martín García. Para un barrio como éste, cruzado por autopistas y vías ferroviarias, esa avenida es la única afirmación actual del lujo que tuvo Barracas en el siglo XIX, y al mismo tiempo lo más brilloso de una zona que derrapa cada dos cuadras y se hunde en los conventillos, las casas tomadas y en el lumpenaje que mira a orillas del riachuelo el fulgor berreta de Martín García. Cuidándome de que el fanático hubiese puesto al tanto a sus colegas, me presenté con una identidad falsa, con el nombre de Fabio Jonás, a Carlos, de Bebenutto Propiedades. En el ascensor me preguntó a qué me dedicaba, cómo pensaba pagar el alquiler, si tenía la escritura de una propiedad en Capital para ofrecer como garantía y en general, sobre mis proyectos para los próximos años como inquilino y ciudadano.
– Mire –dijo Carlos, una vez que llegamos a la puerta– el departamento es un chiche –entramos. – Acá puede poner una mesa, tiene luz hasta la tardecita, ahí está la cocina con lugar para un lavarropa, ¿tiene lavarropa?, no importa manda a lavar, macho, o usa la bacha. El baño está completo, macho –dijo mientras yo lo seguía por el departamento– ¿es para usted sólo?, no va a tener problemas, y si los tiene me llama, ¡o los resuelve usted mismo, macho! –dijo riéndose. – Es chico, pero para uno sólo es ideal.
No me gustaba. Encima, Carlos le había pegado un aire de resentimiento y nostalgia hacia tiempos mejores que boicoteaba todo mi anhelo de un clima distinto, vivificante; antes de despedirnos me contaría que había trabajado como ingeniero, responsable de trescientas personas, en un verdadero trabajo como ahora no hay. Para decir algo pregunté por la vista:
– Vea, vea usted mismo macho, hay una buena visión. Por ahora no van a construir ningún departamento delante; mire, mire qué visión, ése mismo es el Río de la Plata.
       Dos horas más tarde, comiendo un sándwich en la costanera, entre turistas que aprovechaban la tarde soleada, todavía me resonaban los comentarios de Carlos. ¿Qué hacía un ingeniero trabajando en una inmobiliaria? Me pidieron el favor de sacar una foto. El día estaba claro y ventoso, encuadré aquél grupo despreocupado de vejetes y olvidé a Carlos y su departamento.
Fui a San Telmo. La mujer canosa de la inmobiliaria me instó a seguirlo tres pisos por escaleras. Yo veía los escalones gastados de tanto habitar el edificio y a la mujer que se sostenía la lumbar y ascendía lentamente. Todo allí era silencioso, antiguo, penumbroso, húmedo; al departamento le faltaba una mano de pintura con la que supuestamente ya se había comprometido el dueño. Sin embargo el precio del alquiler me superaba. Parece que estaba recién hecha la instalación eléctrica. Antes era una oficina estatal y prescindía de tantos enchufes. La mujer señaló todos los que habían agregado. En efecto, había unos seis por habitación. Me tomó el número de teléfono y me preguntó el apellido: “Jonás”. Tuve que repetirlo. Pensé en el fanático y busqué dar por finalizada la visita y salir cuanto antes con todo el tacto posible. Desde la calle vi que la mujer se había asomado y me miraba desde el alféizar como un mascarón de proa.
En Parque Patricios me recibió Flavia, una chica de veintipico, tetona y algo triste. Desde el living del departamento se veían los paraísos del parque. Estaba bien ubicado, pensé, aunque no tenía transporte público cerca. Flavia dijo que una amiga suya vivía en el mismo edificio, un piso más arriba, con su nuevo novio. Comparándolos, notó Flavia, en el que estábamos entraba mejor luz y la disposición de las ventanas aprovechaba las correntadas de aire del parque. Su amiga estaba encantada con el barrio, con la feria que se armaba en frente los sábados; al parecer la pareja iba allí a buscar el queso fresco y el tomate maduro, y luego al parque; pensaban quedarse allí, quizás comprar. De pronto Flavia había callado, perdida probablemente en el logro de su amiga. Caminaba de un ambiente al otro con el mismo desdén, y el sol de la siesta estaba por toda la casa aplastando y estirando las baldosas y las paredes blanqueadas.
De pronto pregunté el precio. Entonces empezó a hablar del precio, de la relación precio-calidad, de la ubicación y la tranquilidad de la zona, del tipo de gente que elegía esa clase de departamentos algo alejados del centro. Yo daba con ese tipo, me decía. Fuimos a la cocina y luego a uno de los cuartos. Por el living cruzaba la brisa enfriada de la arboleda.
– Podés abrir aun más la ventana –me indicó Flavia cruzando los brazos.
– Perdón –dije tras un chillido del aluminio–, falta aceite en los rulemanes.
– No es nada. Se lo comento al dueño.
– Deben ser difíciles los dueños –dije–, cobran una fortuna y piden muchas garantías. Hay toda una arbitrariedad de la que también se apropiaron.
– A este dueño lo tengo acá –aseguró ella cerrando el puño–; no te preocupes por el aceite.
Se acercó junto a mí, a la ventana; estaba como nueva, alegre, y como si se hubiese desprendido de rancias imágenes. Era un alivio largar la vista sobre las frondas verdosas, dejarse allí y volver al rato, a nuestra conversación en esa casa muda. Inspeccionamos pisos e instalaciones sin encontrar nada de malo. Estaba, quizás solamente, el asunto de la falta de transporte… Ella había llegado en bicicleta, trataba de evitar los colectivos y los subtes de Buenos Aires; según dijo, ya no soportaba viajar como ganado. Lógico, había que adaptarse. Volvió entonces a soplar en mí viento a favor, estaba dispuesto a plantar una bandera para que flameara. Flavia: esta es nuestra isla. Iba a decírselo…
– ¿Te gusta? Tiene bajas expensas –dijo distraídamente, jugando a lanzar un anillo con el dedo y a embocarlo en otro de la misma mano, desnudando una destreza infrecuente– Hay un parque cruzando la calle –recordó esa niña, y el anillo plateado cayó sobre el meñique y lo abrazó.
– Está muy bien. Aunque recién empiezo la búsqueda, tengo un par de entrevistas mañana. Aunque, la verdad…
– No vas a encontrar otro como éste, Jonás –dijo con seducción volcánica, pero también hiriéndome en el nombre falso que le había dado. ¿Por qué tenía que llegar hasta ese punto?
– Mañana… te llamo –respondí. Eso quería decir que no era precisamente lo que yo quería.
Cuando bajamos abrió el candado de la bicicleta, me saludó con un beso y avanzó torpe y ruidosamente en su máquina, hasta que tomó velocidad.
 Me había pasado la semana rondando el interior de la ciudad. Recorrí San Telmo, Barracas, Almagro, Caballito, Boedo. Para eso había pedido una semana de vacaciones en mi trabajo. Sin embargo, nada me convencía del todo y entendí que el plazo de la licencia serviría como presión para optar finalmente por uno. También aprendí por esos días que los vendedores de las inmobiliarias eran auténticos y viejos lobos de mar. Provenían de distintas experiencias y por alguna razón ahora se ocupaban de encontrarle un locatario a una casa. Tenían que tratar con cualquier persona, por eso cada cual tenía su maña. Aferrados al marco de una puerta lo hacían pasar a uno y lo convertían primero en huésped, luego en propietario y finalmente hacían ver que la alternativa más conveniente era alquilar. El inquilino podría pintar si no le gustaba el verde de las paredes, podría ventilar por las mañana y usar una estufa de noche para combatir la humedad. Sabían cuándo hablaban con un cliente y cuándo no. No necesitaban tocarte. Frente a la tuya, estos lobos marinos hacían una pequeña búsqueda, casi imperceptible, tan larga como para dar con un indicio, para saber si seguir o renunciar; su problema era dedicarle demasiado tiempo a un estúpido que podría dejar la vida yendo de un lado al otro de la ciudad, detrás del hogar perfecto.
Estaba en Belgrano. En las últimas visitas se había ido produciendo en mí cierto rechazo a los departamentos en alquiler. Si el vendedor no era bueno, entraba con una repulsión estomacal que apenas me dejaba mirar. Era el último día de vacaciones. Si fuese por mí hubiese cerrado con cualquiera que respondiera a mis necesidades básicas, iguales que las de todo el mundo. Y sin embargo me enseñaban un PH sin luz; barato, aunque penumbroso. Hice lo posible por proyectarme allí a través del relato de la vendedora. Aún así no alcanzaba a imaginarme habitándolo. La mujer que me orientaba tenía esa iridiscencia amarilla del tabaco, había atendido a una pareja antes que a mí y quería irse; estábamos en el baño.
– Este es el placar para poner utensilios y toallas, nuevito –dijo y abrió las puertas del mueble con descuido–, los dueños se preocuparon por dejarlo en buenas condiciones. ¿Tiene garantía de Capital?
– No, pero voy a contratar una póliza de seguros que cubrirá el departamento lo que dure el contrato.
– Se pide una propiedad.
– Esto cumple la misma función.
– Pero nos han dicho que sólo podemos tomar propiedades como garantía. Nadie sabe. Esas empresas un día están, otro día desaparecen y el departamento queda boyando sin que nada garantice que el inquilino será responsable y cumplirá con el contrato.
Ya no podía escuchar todo el cuento del inquilino y el dueño. Me abrumaba su voz. Encaré hacia la puerta.
– Nene, estoy hablándote –dijo la vieja tirándome el aliento.
– No soy buen cliente para este sucucho –susurré.
– ¡Pero estoy hablándote y no soy tu madre como para que me dejes hablando sola! –dijo autoritariamente, como si fuera mi madre.
– Es que usted ya no tiene interés en mí, ya ve que no quiero alquilarlo, es demasiado oscuro, son las cinco de la tarde y casi no nos vemos.
– Será cuestión de poner una lámpara.
– La luz artificial, a la larga, daña la vista.
– ¡Mentira! Yo viví toda mi vida en un lugar como éste… no te habrás ido, ¿no?
– Estoy acá. Salgamos.
– El remedio para la vista es precisamente salir, andar al aire libre todo lo que se pueda –dijo roncamente–. El problema es el encierro, no la luz artificial. Se forma una capa de polvillo en el lado interior del párpado y eso raspa la pupila. Así uno se queda ciego… por mirar nomás. Pero si sale y se lava, es otra cosa. ¿Se baña seguido? Lávese los ojos con jabón, incluso sobre los párpados. Confíe en mí, que tengo años –había hablado con franqueza. Sentí que podía confiar en lo que decía de los ojos y el aire libre. Y sin embargo ya sabía cómo funcionaban las estrategias de vendedores como ella, conocía esa clase de sutilezas y no iba a engañarme con que podía uno vivir con luz artificial todo el tiempo.
– ¡Entonces alquílelo usted! –le grité. Como ella estaba cerca de la puerta salí corriendo y me agazapé un poco para esquivar un posible carterazo.
Había oscurecido. Miré el reloj y dije que quedaba tiempo para visitar uno más. Sí, otro departamento más, el último. Caminé por una calle transitada, la gente volvía a su casa del trabajo y se demoraba charlando en el hall de los edificios apaciblemente. Por mirar dos niños que jugaban choqué con un grandulón de sobretodo, que no obstante siguió como si nada. Me retorcí un poco, pero pronto avancé también yo. Los colectivos aceleraban desgarrando el bullicio conventillero del barrio. Sentí un dolorcito creciente en la rodilla, producto del topetazo, y llegué hasta la próxima esquina con una renguera que no quería aceptar, y que debía mostrarme cómico. A los pocos metros me ardía desde los pies a la entrepierna y en la rodilla izquierda sentía quemarse carbón a paladas. El dolor se esparció rápido como un relámpago. Quise descansar en un zaguán, pero un encargado, con su vista de ovejero, me ahuyentó de primeras y debí cojear hasta un cantero. Me eché. Ardido de cuerpo entero, como si el sol del mediodía me hubiese quemado durante una jornada de días y días, iba a pedir ayuda… pero si era sólo un golpecito. Nadie lo había notado, no sangraba, era un insignificante y envenenado golpecito. Entonces me animaba: uno más, sólo uno más. Chirriaban las cerraduras de las torres en la cuadra. Para los porteros se venía el agua, miraban el cielo –yo no pasaba desapercibido– y se metían. Tiene que haber uno mejor, uno más.
Avivándome, soplaba un viento tibio y crudo de tormenta.
 
Javier Yanantuoni
 
      

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s