Dos palomas torcazas caen


Es primavera y una pareja de palomas torcazas hace su nido sobre el alféizar del ventiluz del baño de arriba, que da al patio y donde el viento no golpea tan fuerte. Da vértigo ver cómo, ambas, pero más bien una recoge los palos y otra los dispone juntos, caen por ese precipicio breve y estrecho que va del ventiluz al piso de pasto: ellas se dan un minúsculo primer impulso –y que funciona a manera de salto, pero que ni siquiera llega a ser un paso, pues simplemente se desprenden del cemento y se dejan ir– con las alas totalmente recogidas, y las despliegan ya al estar de modo bastante peligroso muy cerca del piso, luego de haber recorrido unas tres cuartas partes del trayecto o más, y entonces sí aletean con todas sus fuerzas y salvan de un golpe la caída, volviéndola imperceptible a decir por la ligereza extrema con se apoyan y luego caminan. En el suelo buscan, seleccionan, recogen y regresan. Pero es ese descenso que realizan, y si bien el tramo que recorren es breve, muy breve, pues no hay allí entre el ventiluz y el suelo más de dos metros y medio, a lo sumo tres, si bien breve es su descenso lo que fascina: da vértigo y fascina verlas caer así como caen en picada, con la velocidad aumentando sin frenos, despreocupadas, ¡tan frías y resueltas!, con las alas bien plegadas y las patitas vueltas hacia la cola y el pecho bien delante del resto del cuerpo –pero no inflado sino más bien plano, con orgullo y placer, inmenso placer, y con cuidado–, la cabeza erguida, el cuello recogido como acordeón, y ¡ay! con el hermoso par de pequeños ojos totalmente indiferentes a la distancia que se precipita ¡si parecen orejas así como van! tiesos y a los lados. Y si bien todo dura un instante, ese instante no es igual a lo que tardan las palomas torcazas en atravesar el espacio vacío hasta finalmente desplegar sus alas, dos segundos, y es mucho aún, sino que, antes bien, su velocidad está dada por la multiplicidad de pequeñas disposiciones corpóreas e incorpóreas que realizan y ponen en juego de una vez, como el tímido, por insignificante, impulso inicial con sus patitas, o el modo de disponer el cuerpo contrayéndolo todo sobre sí –sin duda para caer más libremente, más livianas, con mayor determinación–, y el cual está dado a su vez por la articulación simultánea de muchas otras pequeñas disposiciones, como las de las alas, la cabeza y el cuello, o también la –más fundamental aún– orientación necesaria para poder calcular la distancia que se precipita y abrir las alas a tiempo, orientación que por otra parte no parece poder reducirse a ninguno de los sentidos corporales, ¡al menos no a sus ojos!, aunque para componerse lo más seguro y probable es que necesite implicarlos a todos a la vez (e implicando así junto con ellos también a paredes, suelo y vientos; lo más hermoso es pensar esta orientación, esta especie de instinto que lo une todo, como una sensación pura y ciega, abstracta, trazada en el vacío y sacudiéndose vasta y honda en el diminuto cuerpo de las palomitas); así visto el instante que dura la caída parece abrir un tiempo más largo, mucho más largo que el recorrido que hacen las palomas torcazas de un punto a otro del espacio, del ventiluz al pasto en el piso. Y sin embargo todo aquello no se da sino en el instante, que es rápido y fugitivo y que es breve, rápido y fugitivo e inaprensible e imperceptible como lo es también el deslizarse de la sombra en un cualquier día soleado, al que se lo capta cuando ya pasó, o se lo sospecha cuando todavía está por venir.

 
 


Dino Schwaab
Diciembre 2011
 
Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s