A CONTRAMAR / Editorial Volumen I / 2012


Editorial-Convocatoria
 
 
 
«Llevo mucho tiempo luchando por decirle adiós a algo, y esta lucha es lo único que de veras importa. La historia no está en las palabras; está en la lucha». Paul Auster, La habitación cerrada.
 
«No trates de dar con las razones por las cuales yo te simpatizo a ti; por este camino sólo encontrarás razones intelectuales, justificaciones. ¿Por qué no dejas mejor que nuestra amistad demuestre cuales son?». Patricia Highsmith, Un juego para los vivos.
 
 
 
Todo esto no es más que un ensayo, una tentativa, un esbozo. Se trata de buscar y ejercitar, y permanecer. Pero ¿qué se busca, y qué es buscar? ¿Qué se ejerce, y qué es ejercer? ¿Qué es lo que permanece, en qué consiste permanecer? Más allá de los postulados y declaraciones que podamos dar, nos preguntamos por el sentido que recorre a este proyecto que es Contramar. Y el sentido se dice de muchas maneras, y sirve siempre para muchas cosas, pero en él no deja de asomar algo que todavía no lo tiene o no es sentido; de allí el que aquí no dejemos de movernos entre sombras. Tenemos algunas preguntas abiertas y respuestas parciales. Tenemos también entonces una tarea por delante, una tarea que no está incompleta sino más bien por realizarse.
 
Llamamos a esta “editorial” Editorial-Convocatoria. Podríamos haberle puesto también Invitación. ¿A qué convocamos? ¿A qué invitamos? A trabajar, no a publicar. Somos un colectivo de trabajo, no un comité editorial. No queremos que se nos envíen trabajos: queremos tiempos y cuerpos –en verdad, de modo más preciso, un poco de sangre es lo que queremos. Nosotros invitamos a atravesar un proceso. Y todo esto por al menos dos razones. Una primera que podríamos llamar político-filosófica: entendemos que las finalidades del colectivo no pueden establecerse en una instancia desprendida del proceso de producción; para nosotros los fines son inmanentes al proceso, o son abstractos. Una segunda afectiva: queremos evitar todo lo que deserotize las prácticas, es decir: todo lo que debilite el pensamiento. Y la burocracia deserotiza y debilita. La burocracia es un modo de relación social frígido.
 
La publicación no pretende ser y ofrecer un producto acabado, ni producir ningún efecto concreto: ni vender ni convencer; acciones, por otra parte, que no dejan de señalar una misma estrategia. Tampoco se trata de dar herramientas para interpretar nuestra “compleja realidad” –no puede aplicarse lo que no encaja, y pensamiento y realidad no encajan nunca–, ni de intervenir en el escenario actual inyectando dosis de opinionescontra-hegemónicas[1].  
 
Intentamos ante todo estabilizar ciertas condiciones que nos permitan pensar: Contramar quiere ser una experiencia de pensamiento. Pero pensar cada vez se nos hace más una cuestión de supervivencia, y menos cuestión intelectual. Pensar es cada vez más una necesidad.
 
Sobrevivir no es adaptarse: se trata de instituir. ¿Quién sobrevive? El cuerpo desconcertado ante el mar y que acoge su llamado, preguntándose: ¿cómo atravesarlo si no se tiene aletas ni escamas ni se respira bajo agua: si no se tiene lo necesario para hacerlo? ¿Haciendo como si fuese un pez? Más bien formando un cuerpo nuevo, compuesto por brazadas y músculos y nervios sí, pero también con pedazos de madera y mar, de cielo y vientos. Sobrevivir no es ni adaptarse ni progresar ni querer salvarse. La pregunta por la supervivencia cobra vida y sentido si se la vincula al problema de la vitalidad del cuerpo social, del nosotros.
 
En Contramar no tenemos sueños para comunicar: buscamos los vientos. Las búsquedas personales, los sueños a realizar –al estilo de los más estúpidos programas de televisión– no son más que narcóticos, que aplazan y calman y dan dulces sueños. Pero donde yo quiero estar, es lo que no interesa: ya no nos colman esas drogas palaciegas –ya estamos demasiado enfermos para ello. Hay que poner el ancla en el proceso y no sobre el objeto, sólo así se sale de esas habladurías. La verdadera búsqueda no puede tener objeto, pues de ese modo no se busca nada que no esté ya dado: así sólo se quiere llegar. Más lejos estamos de todos modos de buscar por buscar, como si dijésemos: por el mero placer de. Así no haríamos más que abandonarnos a las propias pasiones, y nosotros queremos evitar estar a la deriva. No se trata de hacer zapping ni abandonarnos a lo que cada momento dicta el sentimiento. El aburrido busca por buscar, pero el necesitado busca para dar con algo. Y si es verdad como suele decirse que siempre se da con aquello que no se buscaba, no menos lo es que se busca aquello que no se da, que no es dado. Y cuando no hay rostros el placer hiela; antes que abandonarse a las propias pasiones, seguir el hilo frío de aquella pasión que se desconoce a sí misma. Capitán busca los vientos antes de llorar, Capitán conserva el rumbo antes de soñar. Ni soñadores ni aburridos: necesitados[2]
 
Tampoco vamos a dar aquí una justificación política para la revista ni decir que así hacemos política a nuestro modo. Necesitamos ir despacio. Necesitamos ser menos declaracionistas –menos opinadores, menos periodistas, menos comunicadores. No hay aquí en este Volumen 1 opiniones ni posicionamientos contundentes y rimbombantes; lo cual no quiere decir que no tengamos opiniones y posiciones tomadas sobre diversos asuntos ni que desalentemos desde el vamos cualquier producción futura sobre problemas más específicamente políticos. No: ni nos queremos libres de posiciones políticas, ni cerramos los caminos. Pero hay que aprender a ir lento cuando se intenta pensar, y la urgencia declaracionista impide pensar. Las ansias son malas consejeras: su desesperación lo marchita todo prematuramente, pues todo quiere colmarlo de una vez y para siempre. Hay cierta militancia política que padece la ansiedad hasta la impotencia; lo quiere todo de un golpe –y no excluyamos del todo aquí a los progresistas–, y por eso el Estado es su principal y exclusivo objetivo, y el panfleto el medio preferido. Esta ansiedad es la del sistema, es la que impone la inmediatez del sistema. ¿Qué dice esta ansiedad? El tiempo se va y nada pasa, dice, ¿por qué no calmas la desesperación saltando por encima de él? ¿Para qué dar vueltas inútiles que no te llevan a nada y que nada cambian? Mejor ir al grano y engañar al tiempo, así dejará de oprimirte. Mejor calmar la desesperación que habitan tus ojos con una imagen redentora para el futuro, y una idea bien tangible para el presente.
 
No nos vamos a sentar a esperar, no se trata de esa disyuntiva. Más bien vamos a oponer al cuerpo ansioso el carácter de la revista como una cosa inútil, una pérdida de tiempo. Esto ya tiene que quedar claro: no se trata de hacer por hacer ni buscar por buscar. Es cuestión de velocidad: hay que aprender a ir lento si se quiere pensar. Y hay que evitar justificarse si en verdad se pretende algo más que parches; así la desesperación se cuece a fuego lento y madura muy despacio, y trabaja incesante por zonas oscuras. Pensó que ahora o nunca, pero no había ni un asomo de urgencia en su pensamiento, sólo una compulsión silenciosa. A los ojos desesperados y ansiosos le oponemos el rostro rígido de quien no busca consuelo ni calma, y se da a perder y da a perder sus ideas, y comienza sobre todo por sacarse de la cabeza ilusiones rápidas –banderas más heladas flamean en su corazón–, pues ya no pretende redimir este presente en un futuro mejor, sino todo futuro eneste presente.     
 
Pensar es una cuestión de ejercicio. Pero el verdadero ejercicio empieza cuando se está imposibilitado. Nos dimos cuenta tarde: quisimos salir a correr y advertimos con horror que nos faltaban las piernas. Entonces empezaron los problemas: ¿cómo proceder? Ahora para nosotros ya no se trata de esfuerzo sino de necesidad: actuamos bajo coacción, no por libre arbitrio. No debe sorprendernos que las personas amputadas sean espíritus feroces y aguerridos: los arrastra una necesidad, deben correr con el alma y pensar con el pedazo de cuerpo que no tienen. No, ciertamente ya no queremos correr: ahora tenemos que pensar cómo caminar, cómo dar el primer paso.  
 
El problema del verdadero ejercicio es el siguiente: se trata de adquirir un dominio sobre aquello que no se tiene ni puede tenerse. Establecer un dominio sobre aquello que, a decir verdad, no cesa de desbordarse a sí mismo, y nos subyuga por principio y por esencia. Se trata de un aprendizaje. Aprender no es ejercitar –esfuerzo–, más bien todo ejercicio debe realizar un aprendizaje, establecer un dominio. Aprender no es adquirir un capital: es atravesar un proceso. Y dominar no es poseer: es liberar. Y, a decir verdad, se es tan amo como esclavo: cuando la precaria balsa logra finalmente establecer cierto dominio sobre el ancho y vasto mar, no lo ha hecho imponiendo una forma sobre él –como si el mismísimo mar pudiese ser negado y subyugado– sino leyendo y sometiéndose a los vientos y las olas, las mareas, el sol, etcétera: leyendo y sometiéndose y hundiéndose en el conjunto de sus condiciones no, ciertamente, para aceptarlas sino para verlas en algún modo y por algún lado liberadas –el mar se descubre potencia energética, y se descubre mar–, liberando al hombre de sus condiciones de partida. Esto es un juego monstruoso, pues nada está garantizado. Y de nunca acabar –y más viejo que el hombre.  
 
Contramar intentará instituir una experiencia de pensamiento. Y parte del siguiente supuesto: no están dadas las condiciones para pensar. El pensamiento se disuelve en lo dado, y hay que garantizar las condiciones de su emergencia. Y las condiciones de emergencia del pensamiento son materiales: no estructurales sino afectivas –y afectivas no quiere decir sin relaciones de fuerza y de poder. Hay que forjar otra afectividad si se quiere atravesar una experiencia de pensamiento –y forjar quiere decir más martillar que representar. Las condiciones dadas impiden pensar: los trabajos que hacemos para garantizarnos la subsistencia nos impiden brutalmente pensar, pero también el aula impide pensar, los comités, la dinámica de los papers, etcétera; todas tareas demasiado útiles, racionales y capitalizables. El pensamiento para emerger necesita otro tipo de gasto, un gasto inútil, ocioso[3].
 
Para poder pensar hay que ir contra lo dado: no contra la corriente, sino contra aquello que disuelve el pensamiento, que lo debilita. Y nosotros en tanto sujetos también somos lo dado –aunque no hayamos sido simplemente dados, pues hemos tenido que constituirnos primero–; deberemos ir pues contra nosotros mismos. Es la única forma de permanecer, pues permanece aquello que es capaz de volverse contra sí: el pensamiento permanece, no los sujetos. Todo esto como se ve no es necesariamente una experiencia grata: la dicha no es una cosa alegre.
 
No se trata de progreso intelectual, se trata verdaderamente de componer otro cuerpo, otra afectividad: deshacernos de nuestras pasiones y modos de sentir. El pensamiento desde el punto de vista estético debe hacer emerger otro cuerpo. Condición y efecto del pensamiento: eso es el cuerpo. El cuerpo es el campo abierto donde se juegan todas las batallas habidas y por haber: campo, no carne. El cuerpo es relación, nosotros sensible, cuerpo social, intercuerpo, cuerpo de la Tierra, cuerpo sin órganos. Hay que forjar otra relación social para pensar.
 
¿Cómo puede ser que lo que es condición sea al mismo tiempo efecto? Se trata de proceso, no de tautología. Siempre hay algo que ya nos lleva con él incluso antes de que lo veamos: algo ya ha empezado siempre. Pero el proceso es proceso de diferenciación continua, incesante: aún está por hacerse. No se trata de algo incompleto pues no hay ninguna completitud siquiera ficticia o ausente que actúe como marco de referencia[4]. El proceso se referencia en sí mismo: es injustificable. E inconcluso: sin principio ni fin.
 
Pero entonces ¿cómo se establecen las condiciones para atravesar la experiencia? ¿Bajo qué criterios? El criterio para establecer las condiciones –los modos de trabajo– es afirmar el proceso. El proceso está abierto: deben estarlo también las condiciones. Del mismo modo nuestra propuesta está abierta, pues el cuerpo está por hacerse –no vamos a cerrar los caminos a ningún interés; esto no es, por ejemplo, una revista de literatura.
 
Se trata de lanzar una propuesta que sea susceptible de ser corrompida, que pueda soportar e incluso estimular su corrupción. No se intentará establecer un control sobre lo que se propone. Las propuestas más interesantes y duraderas son aquellas que pueden ser desguasadas. Cuando volvamos a tirar los dados, es probable que todo vuelva a cambiar.
 
Pero a ese tipo de propuestas hay que garantizarlas. Esto significa que hay cuestiones muy precisas que no vamos a permitir: si la propuesta deviene comité editorial ya no se corrompe sino que para nosotros muere.
 
Además, como el cuerpo no nos pertenece –pues él es el privilegio de cualquiera–, nos creemos iguales, no uno respecto al otro, sino todos nosotros desde el punto de vista del cuerpo. El mando por tanto no puede establecerse de hombre a hombre sino de todos los hombres respecto al cuerpo. Y hay una relación directa de todos para con el cuerpo. No habrá jerarquías demasiado humanas aquí.   
    
¿Podremos sobrevivir nosotros? Quién sabe: la precaria balsa está llena de agujeros y parece a punto de hundirse completamente. Hay que tener cuidado, hay que ir despacio: todo puede irse al garete. Arrancamos, y todavía es de noche.
 
 
 
Colectivo Contramar
Abril 2012
 
 
 




[1] Todo lo anterior no significa que nosotros pensemos que no hallan aquí cosas que puedan servirles a otros y otras independientemente de su participación en el colectivo, ni que la receptividad nos sea por completo indiferente y no nos importe los sentidos que puedan abrirse con la lectura de la revista –lo que sí no nos moviliza en nada es la pretensión de controlar esos sentidos; pero esto ya es otra cosa. Sólo intentamos ir despacio, evitarnos algunas trampas, orientarnos. De producir algo en otro u otra, para nosotros, de todos modos, lo ideal sería producir silencio.  
[2] Este párrafo es un homenaje, y un festejo, por demás humilde y parcial, a la memoria de Luis Alberto Spinetta. 
[3] Que no tiene nada que ver con el gasto inútil propuesto por ciertos consumos. Lo inútil del consumo se deshace y no puede proliferar; hay que considerar al gasto inútil de otro modo: como preparando en sus sombras una verdad, es decir: aquello que prolifera. 
[4] Hay que tener un poco más de cuidado con levantar como bandera el carácter “fallido” de la existencia social, hay que dejar de vivar tan livianamente la “incompletitud” –la imposibilidad de la existencia, en última instancia. Hay que tener mucho cuidado con plantear así las cosas, porque no se hace sino expresar como saludable y estructural aquello que en verdad es un claro síntoma de una sensibilidad más bien enferma. Así no se hace más que expresar la sensibilidad de época como trono desde el cual se miden las cosas. Al manco, al amputado, por ejemplo, no le falta nada ni está incompleto: ésta es al menos una lectura que se puede hacer. Si concebimos su situación como falta no hay lugar más que para la nostalgia y la reparación: el lamento y la angustia –y lo que sale de ello es una canción a lo Joaquín Sabina. Esta lectura no produce más que debilidad, y es carne de cordero para los vendedores de humo. Pero si en vez de referenciar su situación en la falta la intentamos pensar en lo que tiene de inédito, la lectura ya no puede ser reparatoria y lo que tenemos en su lugar es que el amputado no se enfrenta a una falta sino a una nueva exigencia, y que se encuentra incluso –¿no es cosa de locos?– desbordado por la situación; debe realmente fabricarse otro cuerpo, no sustituir al anterior. 
Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s