EL MUNDO SIN NOSOTROS / Editorial Volumen II / 2014


 
 
¿Quién es el tercero, que camina siempre a tu lado?
Cuando cuento, estamos sólo tú y yo juntos,
pero cuando miro hacia el camino blanco
siempre hay otro caminando a tu lado
deslizándose envuelto en un manto pardo, encapuchado
no sé si es hombre o mujer
-Pero, ¿quién es ese, a tu otro lado?
T. S. Elliot, La tierra baldía
Diríase que no hemos estado en todo este tiempo. Diríase que el mundo es eso, ha sido eso: dos, cinco, diez años sin nosotros. Como en el cuento de Fitzgerald, La década perdida, o como cualquier drogón o borracho, hemos estado ausentes del mundo. Disipados, y como en una suerte de exilio. Colgados, viviendo colgados…
 
¿Nos hemos vuelto insensibles, o por el contrario demasiado sensibles?  ¿Hemos  estado  naciendo,  o  hemos  estado  muriendo?  ¿O podría decirse también que esto es el limbo, que aquí no hay en verdad ni vivos ni muertos?
 
El tiempo está detenido, una situación X se repite. Nos movemos, cambiamos de trabajo, de residencia, cambiamos de amistades, de novios y novias, cambiamos de música, probamos nuevas drogas. Pero la jaula sigue, ¿no parece, incluso, más cerrada que antes? Es como despertar siempre al mismo sueño, la misma voz. Las mismas salidas. Los mismos planes. Las mismas trampas. Los mismos fracasos. Compulsión de repetición, eterno ciclo, o Día de la marmota. Es toda una trama sensible lo que se repite, un modo de sentir, de procesar los –y proceder con– los afectos. Y como reverso ese pasar furioso de los días, los mismos días, de ese tiempo que se escurre cruel, que se va y se va, y nos deja de piedra. ¿Qué es ya un año? ¿Qué son cinco? Veinte años no es nada, ¿cómo? ¡Veinte años! Pero es así, el tiempo pasa como el agua entre las manos, los días son segundos, tic tac, tic tac, tic… Ya se fue, otro día, otro mes, otro año, otra década… ¿Qué cosa está detenida? ¿Qué, lo que pasa tan frenéticamente? El corazón, ¿lo tenemos aún? ¿No lo hemos dejado de registrar, como si ya no emitiese signos, ya no palpitara, como bloqueado? Y en la cabeza una fiebre continua, que no se apaga nunca, que no nos deja dormir, ni despertar. Pedal a fondo y caja de cambios en punto muerto. Un desierto crece en el corazón, y un gran basurero infesta y acelera el cráneo.
 
Escena. Nos encontramos con una amiga en la calle. Hacía años que no la veíamos. Estaba igual, no había cambiado nada; excepto esas arrugas en la frente, y esos ojos que nos miraban desde el fondo,  hundidos,  idos,  con  registro  paranoico.  En  un  momento nos dijo, como quien informa para ponerse al día, que se le había muerto  la  madre,  “¿Sabían  que  se  murió  mi  vieja?”.  Nosotros sólo atinamos a preguntarle: ¿y cómo te pegó?, y de inmediato pensamos que era una pregunta innecesaria y tonta, salida sólo por salir y por decir algo. Pero ella nos respondió que en verdad no sabía, “no sé… yo en verdad no estuve mucho, es como si todo hubiese pasado sin mí”. Se cierran las puertas, nadie llora aquí. Ya no se siente, algo bloquea el registro. ¿Fantasmas, zombies, habitantes del limbo?
 
Nuestra amiga no estaba así por la muerte de su madre, a modo de  “shock  postraumático”.  El  “shock”  venía  de  antes,  y  no  tenía como causa un acontecimiento exterior trágico e inesperado. Ella simplemente se vio en eso, eso que la impregnó por años con un ambiente como de amnesia. Un agujero allí, ningún recuerdo… nada… nada. “Es raro, pero tengo una laguna. No sé qué hice en todo este tiempo. Ni qué hice, ni qué dejé de hacer”.
 
Pero también el reverso, una especie de hiper-“sensibilidad” enfermiza,  una  reacción instantánea ante cualquier cosa, euforia, exaltación, y un hundimiento prolongado… Experiencias pequeñas e insignificantes que calan muy hondo, demasiado hondo y nos desgarran. Una pequeña noticia que no es más que un rasguño, y al otro día un no-querer levantarse de la cama. Mejor dormir, apagarse, suspenderse. Desconectarse. Mejor quedar tendido en ese momento de irresolución. Mejor no enterarse de nada, hacer como si el mundo no existiese. Mejor autocompadecerse, aferrarse a la herida como un último refugio de estabilidad.
 
O nos da por envidiar la vida otros, el éxito de otros, su destreza, su movilidad en este mundo. A veces desearíamos ser un jefe narco, de esos que vivieron quinientas mil vidas en apenas treinta años. Se hicieron ricos, fueron a la cárcel, volvieron a ser pobres y luego otra vez ricos. Y a los treinta años un tiro en la cabeza los dejó fritos, ¡qué envidia! ¡Qué vida…! ¡Cómo quisiéramos…! Y miramos atrás y vemos un largo tiempo perdido, como si lo único que hubiésemos hecho es eso: perder tiempo. Entonces suena la campana: ¡adiós juventud!. ¿Pero qué nos espera, delante? Una juventud tardía mantiene joven durante mucho tiempo.
 
De un lado y otro, desinflados o hiperexitados, sin ganas de nada y en retirada o con el deseo puesto a la orden del día como hoja a merced del viento, el cuadro parece ser el de un desmadre, un desborde, de una incapacidad creciente para determinarnos, para elegir, para elaborar y tomar decisiones: heteronomía. La heteronomía se define por la imposibilidad de plantarse, imposibilidad que se asienta en el miedo –el miedo de los dormidos. Y tiene como reverso el ansia de control. A veces parece que tomar una mínima decisión requiere de nosotros un esfuerzo sobrehumano. La inercia nos hurta permanentemente esa capacidad, la de decidir. Nos dejamos ir tan fácil… y cuanto más nos dejamos ir, más difícil es encontrar sentido a las cosas, más difícil nos resulta aprisionar y retener, sentir; crece, por tanto, el desapego al  mundo.  Es  un  cuadro  peligroso.  ¿Adónde  iremos  a  parar  por este camino? La inercia es una de esas cosas que se alimentan de sí mismas. El bolo de nieve crece a medida que cae y cae más fuerte a medida que crece. Y entonces, en esta in-organización completa que es nuestra vida, en este caos vergonzoso y humillante, aparece esa terrible ansia de control, de planificar de una vez y para siempre nuestro mundo, nuestra vida. Partimos los días en mil pedazos, las horas en minutos, en segundos. Todo bien planificado y calculado, partiendo de ideas que son prejuicios. Que nada escape a nuestro control, ni siquiera los divertimentos –y así, nunca nos abandonamos realmente a nada, pues todo es una idea abstracta en la cabeza antes que ser una experiencia vivida, concreta.
 
La inercia del cuerpo… No deja de ser uno de los poderes con los que se cuenta, la inercia no es algo meramente negativo: es una fuerza positiva, neutra. Tiende hacia tal lado o hacia tal otro, según nosotros y las circunstancias. Por lo tanto, el problema de cómo ir contra la inercia es cómo usarla. Porque esa inercia –es decir: la muerte, la oscuridad– que tira de nosotros y nos lleva es ya un poder, es ya un deseo. Por eso, si tu inercia es muy grande, no deberías angustiarte por no poder vencerla: mejor comienza por alegrarte de ese poder en vos, y piensa que cuanto más fuerte mejor –como dice Don Juan a Castaneda: mientras más terco seas, mejor será cuando al fin logres cambiarte. ¿Por qué lado puede esa inercia tuya ser enganchada a otra cosa? ¿De qué lado pierde tu bote? Piensa, el punto más débil y el más fuerte suelen coincidir.
 
Se trata de usar esa inercia, de adquirir dominio sobre ella. Pero ¿qué significa aquí adquirir dominio? ¿Cómo dominar justamente eso, la inercia que disipa la intensidad del deseo y/o la desparrama en el camino que ya hemos marcado, que ya está marcado? Además de ligar la inercia a otra cosa, hay que aprisionar, retener,  “acumular  poder”  (Castaneda).  Plantarse  no  es  otra cosa  que  lograr  la serenidad suficiente para adquirir dominio sobre  una  situación  al  mismo  tiempo  que  nos  abandonamos a ella. Serenidad no es tranquilidad. La tranquilidad es un calmante  que  nos  hace  restablecer  prontamente  el  equilibrio; así podemos tener dulces sueños, y una trampa recurrente. La serenidad  en  cambio  es  la  adquisición  del  dominio  necesario para  abandonarse  en  una situación de  desequilibrio,  tratando de encontrar un equilibrio que no sea una retirada sino un deslizamiento, un pequeño cambio de coordenadas; así nos quita el sueño y mantiene alertas.
 
¡Ay, el tesoro que no ves, la inocencia que no ves! El ingenuo es un personaje entrañable, su virtud es estar abierto a historias increíbles –lo que no puede ni el cínico ni el demagogo. Si es verdad, como sostenía Baudrillard, que cada vez nos dejamos seducir menos, ello se debe a que aquellas cosas que nos ligan tienden a ser más bien una idea prefijada o una imagen en la cabeza (una interpretación) antes que una experiencia abierta a la transformación. No dejarse seducir significa responder automáticamente al conjunto de estímulos ya ligados en nosotros de antemano, según nuestro ambiente social. Lo contrario del ingenuo, del seducido, del desconcertado, aquel que está abierto a ligar su atención a los lados desconocidos de las cosas, a un mundo que no previó y que se le abre sin que él le oponga resistencia alguna, dejándose ir mansamente por allí. Se necesitan ciertas dosis de ingenuidad para dejarse ir tras algo desconocido(1); eso, y no ser ignorantes y estúpidos o fanáticos. Ser ingenuos, y herirnos: eso es todo.
 
¿Dónde, hacia dónde vamos cuando no estamos, cuando el mundo no está en nosotros? Es una especie de exilio interior, como si dijésemos “adentro de nosotros mismos”, cavando un pozo de modo involuntario. ¿Cavando un pozo, o girando en la nada del Yo?
 
Estar encerrado, ¿qué es? Tiene que ser muchas cosas. En primer lugar, la capacidad de registro embotada, somnolienta, aturdida. Es como decir que no se está, que el mundo es un rumor lejano que irrita si se lo tiene demasiado cerca. El mundo como algo ajeno y separado, el cuerpo propio como algo que se nos arrebata, quedando como resto para soportar todo ese nuestro Yo, nuestro mundo particular, nuestro querido. Estar encerrado también es estar centrado –o policentrado. Pero comenzar a cavar es iniciar un leve deslizamiento. Y cavando, sabemos, no se da sino con la superficie, sólo que en otra parte, al otro lado, al lado.
 
Todo lo que ata es, en algún modo, placentero. El dolor dice “pasa”, pero  todo  placer  pretende  eternidad,  inmensa  eternidad.  He  aquí la importancia del sufrimiento: el dolor puede traer la necesidad de salir, de establecer una paralela respecto de lo que somos, de lo que hacemos. El dolor fuerza, obliga, despierta, siempre y cuando no emprendamos la retirada. ¿Pero hasta dónde es esto suficiente? ¿No debería estar actuando ya otra cosa, algo que oriente y nos saque de la Nada? ¿Cómo ligarse, cómo engancharse a otra cosa? Hay que seducir al cuerpo, es necesario la belleza y el arte. Es necesario que el gusto se nos haya arruinado al menos una vez. Es necesario que un libro nos haya tirado toda la biblioteca abajo. Es necesario hacer algún viaje –y todos lo hacemos al menos una vez. Si no estás conforme con tu vida, es porque has tenido algún pequeño viaje. Algo te ha conmovido, desplazado, herido; pero ¿quién quiere viajar sólo una vez en la vida?
 
El sufrimiento tiene muchas ventajas. Hace al hombre más interesante –también, menos entrometido. El sufrimiento cava, hace cavar, comprende, fuerza a comprender. Nos hace menos insensibles, y también más duros. Además, hay un goce en el sufrimiento, la “voluptuosidad del dolor de muelas”, tal como nos la comenta aquel tan extraño y tan contemporáneo hombre del subsuelo: En estos casos no rabiamos en silencio: gemimos. Pero estos gemidos carecen de sinceridad: hay en ellos cierta malignidad. Y ahí está justamente el quid de la cuestión. Estos gemidos expresan el placer del que sufre: si no experimentara cierto placer al quejarse, dejaría de hacerlo. Si nos quejamos del dolor de muelas, no es por dolor sino por placer. Lo que significa que somos capaces de ejercer crueldad con nosotros mismos, que podemos gozar –que de hecho lo hacemos por defecto– con nuestro sufrimiento (la autocompasión es un prolongado y “delicioso” martirio). No tiene sentido, por tanto, la pretensión de deshacernos de esta crueldad, de anularla. Hay que poder usarla, y ver claramente con qué otras cosas puede engancharse, componerse. Hay una crueldad que debilita y hay una crueldad que fortalece. Es necesario, entonces, ante todo, tener una estrategia en la cual pueda entrar a jugar la crueldad y le de un sentido y un uso diferente al espontáneo e inmediato –arraigado en nosotros por una larga inercia. El tesoro de los inocentes –los milagros que van a estar de tu lado–, tiene como condición de posibilidad un uso estratégico de la crueldad.
 
Lo  mismo  la  insensibilidad.  No  es  a-priori  algo  Bueno  o  Malo. Hay que ver en relación con qué actúa: una cosa es la dureza de un empresario, otra la de un artista o un luchador social. Porque ligarse al mundo (cosa que ya lo estamos: el mundo ya nos ha ligado), es decir a problemas colectivos, no puede realizarse sin cierta distancia. Yo sólo quería tranquilidad absoluta para pensar por qué había desarrollado en mí una actitud triste hacia la tristeza, una actitud melancólica hacia la melancolía y una actitud trágica hacia la tragedia: por qué había llegado a identificarme con los objetos de mi horror o compasión. Una identificación semejante supone la muerte de todo logro. Es algo como eso lo que les impide funcionar a los locos. ¿Cómo volverse insensible para poder sentirlo “todo”? ¿Cómo vincularnos con el mundo sin ser arrasados, como hojas al viento, por la inercia de su lógica? La insensibilidad, lo mismo que la crueldad, nos surge como tema a la hora de intentar responder a la cuestión de cómo volverse un poquito más fuerte como para poder ir contra nosotros. Pero este “ir contra nosotros” no es cómo a partir de nuestra razón o conciencia ir contra nuestros afectos, sino establecer de modo preciso con qué afectos nos dejamos componer, cuáles dejar circular, cuáles, y cómo y cuándo, en cambio conviene bloquear, y el papel de la conciencia y nuestro poder de decisión en ello –la conciencia como un afecto dominante entre un conjunto de afectos.
 
Por lo mismo, tampoco se trata de ir contra todo en nosotros, sino siempre contra una parte y en pos de una estrategia de conjunto. No se trata de volverse fuerte en abstracto, “porque sí”: más bien hay que comenzar por relegar ese viejo sueño de ser un hombre completo al montón de basura de nuestro pasado. Porque aquí es donde podemos terminar girando en el vacío –en la nada. Hay un modo de proceder, que es también un pensamiento, que está arraigado en nosotros, que constituye una parte importante de nuestra herencia: la pretensión de reformar toda nuestra vida (algo que se da en muy diferentes personas y con muy diferentes fines), la voluntad moderna de una reprogramación total (hoy en día, a cargo del individuo aislado, siendo su responsabilidad y por lo tanto su culpa si no puede lograrlo). Planeado en abstracto, como intención meramente abstracta, esto no puede funcionar. Nunca funciona, de hecho. Pretendemos partir de cero cada día, cada vez, como una idea más fija y más rabiosa a medida que más vana se nos revela. Fracasamos siempre la misma fórmula, pero ¡qué consuelo para la noche y el dormir es la expectativa de que al otro día finalmente lo haremos, que nos haremos caso! Hay que empezar por aquel tipo de resistencia que uno pueda vencer. Y pensar para qué, con qué sentido a la vez claro y difuso puede componerse, orientarse. Y probar y bendecir sea el resultado que sea –y aquí sí, fracasa de nuevo, fracasa mejor.
 
Todo esto también es un asunto de gusto. El gusto es aquel sentido  que  no  tiene  vuelta  atrás:  una  vez  probado  un  buen vino,  el  vino  malo  será  siempre  malo.  Pero  el  gusto,  el  sabor, el cuerpo, la robustez de algo se adquiere en una serie, en una repetición, a partir de cierto entrenamiento: hay que aprender a degustar el vino. Hay restricciones que poner a nuestro mal gusto, y esto es un trabajo que se realiza sobre el cuerpo –pues es el cuerpo quien saborea. A este respecto, se trata de evitar ser  afectados  de  fealdad  y  disponernos  para  la  belleza.  Pero lo “Feo” y lo “Bello” se dicen en primer lugar de lo físico, de la cantidad  de  energía:  son  hechos  energéticos.  Luego, refieren a un problema de conocimiento, de aprendizaje y descubrimiento. Lo feo es aquello que inhibe el descubrimiento, la exploración; lo bello lo que lo estimula. Lo feo es la reducción del deseo y de la experiencia a un mecanismo automático, estupidizante e irreflexivo. Lo bello en cambio es la ampliación del umbral de la experiencia (ampliación perceptiva, sensorial, deseante), una vida un poquito más rica, un poquito más compleja, un deseo un poquito más vivo, una llama un poquito más prolongada e intensa. Lo feo, al inhibir el descubrimiento, reduce también la cantidad de energía: a esto le llamamos tristeza; lo feo es la descarga puramente funcional y sin sentido de la energía pulsional –en este sentido puede ser con frecuencia  lo  inmediatamente  agradable,  confortable,  pero  tiene siempre un lado de tribulación. En definitiva lo bello es la potencia y lo feo el Poder (en términos deleuzianos). Desligarse del Poder, y ligarse a la potencia, entonces: todo un entrenamiento sobre el cuerpo, todo un trabajo de restricciones y exploraciones corporales.
 
No hemos estado, el mundo ha sido sin nosotros, o no hemos tenido mundo, pero esta experiencia nos ha terminado por desplazar –justo cuando nos creíamos más yoicos que nunca. Hemos entrevisto algunas cosas que antes permanecían confundidas en el mismo fondo difuso de la experiencia. Hemos entrevisto un cuerpo, un cuerpo común, un nosotros sensible. Es el cuerpo que la fenomenología de Merleau Ponty llama intercuerpo, es el cuerpo que Franco Berardi soñó encontrar en Oriente; en ambos el modelo es el de las dos manos que se tocan: Cuando mi mano derecha toca mi mano izquierda, yo la siento como una “cosa física”, pero en el mismo momento, si consiento, un acontecimiento extraordinario se produce: he aquí que mi mano izquierda también empieza a sentir mi mano derecha. La cosa física se anima, –o más exactamente permanece lo que era, el acontecimiento no la enriquece, pero una potencia exploradora viene a posarse sobre ella o a habitarla. Así pues me toco tocando, mi cuerpo cumple «una suerte de reflexión». En él, por él, no hay sólo relación de sentido único del que siente a lo que siente: la relación se invierte, la mano tocada se hace tocante, y estoy obligado a decir que el tacto está aquí extendido en el cuerpo, que el cuerpo es «cosa sintiente», «sujeto-objeto». (…) Si, al estrechar la mano de otro hombre, tengo evidencia de su “ser–ahí”, es porque ella sustituye a mi mano izquierda, porque mi cuerpo anexa el cuerpo del otro en esta «suerte de reflexión» de la que paradojalmente es el asiento. Mis dos manos son «copresentes» o «coexisten» porque son las manos de un solo cuerpo: el otro aparece por extensión de esta copresencia, él y yo somos como los órganos de una sola inter- corporeidad. Este cuerpo es el cuerpo de la continuidad entre Tú y Yo, Ellos y Nosotros, Otro-Yo; es el cuerpo en el que estas categorías no cuentan –en principio. Este cuerpo lo comprende, lo toca y lo palpa cualquier pareja que se haya deseado lo suficiente; esa cualquier pareja ya no se pregunta, por ejemplo, si hacer o no algo teniendo en cuenta el sufrimiento que pueda llegar a producir en el otro, pues saben que las piñas que se dan son también las que se reciben: ellos comprenden este cuerpo en donde sufrir y hacer sufrir, y gozar y hacer gozar, es lo mismo. Es este cuerpo también quien nos hace llorar ante cualquier canción que rememore muertos de una época en que aún no nacíamos. Es este cuerpo quien nos hace alegrar ante una noticia que no nos concierne. ¿No lo ves en la calle, al cruzarte con otra persona? ¿No lo palpas? Está cada vez que vamos por la calle y sentimos que ella nos responde y le pertenecemos, o cuando esquiamos una ladera nevada y sentimos que le pertenecemos a las tablas que nos sostienen, o cuando dos personas desconocidas de súbito se comprenden.
 
Es este cuerpo sobre el cual se interviene. Es sobre este cuerpo que debemos desarrollar nuevas distancias y nuevos acercamientos, nuevos adioses y nuevos encuentros. Y para esto hay que hacerse otro cuerpo a su vez. Un cuerpo al borde del contexto, a modo de barco o balsa, o de isla. Un cuerpo que sea como una nueva soledad, una más amplia, más rica. Un cuerpo cruel que acuchille y ría. Un cuerpo con la suficiente templanza como para poder ir contra este nosotros sensible inmediatamente dado. Un cuerpo que sea como una red a partir de la cual seleccionar qué de este otro cuerpo queremos que pase y qué no, siendo la selección misma un compromiso con un sentido que no está. Nosotros estamos presentes en muchos de tus llantos y risas, sí, porque los compartimos, porque son tuyos y son nuestros. Conocemos todos esos años de fumar confundida en una cocina alquilada(2). Y sin embargo desconocemos cómo se respira al otro lado, desconocemos el sentido futuro, el vigor futuro, el dolor futuro. Así nos dijo nuestra amiga: A veces creo sentir el dolor del mundo. A veces estoy tan alejada de todo, que no me puedo sentir ni a mí misma. A veces sueño canciones desconocidas, ¡si soy tan mala para cantar! ¿Quién es eso que canta en sueños? ¿Quién ha tejido esa melodía? ¿Quién es ese, a tu otro lado?
 
Es nuestra sensibilidad y nuestra percepción lo que debe rearmarse, reagruparse, deslizarse, emigrar hacia nuevas co-ordenadas, nuevas orientaciones. Y para esto es necesario todo un trabajo de despersonalización del deseo, todo un desaprender, un desandar. Hay que empezarlo “todo” una segunda vez, “todo” hay que desandarlo: el amor y su falsedad sentimentalista, el dolor y sus investiduras egoístas… Lo que nos es querido siempre queda atrás, dice la canción. Debe quedar atrás. Vivir no puede reducirse a sobrevivir a menos que sea en relación a ese otro lado del mundo, que es aquello que nos trabaja y nos mantiene vivos matándonos a cada minuto. Y esta muerte no es más que un límite, allí donde se evidencia la desgracia de ser lo que somos y donde asoma la promesa de otro lado. Ese límite en donde nuestras fuerzas decaen y acrecientan en distintas direcciones, dependiendo de nosotros. Hay que ver claro y tener una estrategia. Es necesario pensar. Y pensar posiblemente sea una forma de la asimilación o de la contemplación, pero esta contemplación es propia no ya de una posición pasiva sino, como los sensores de un murciélago, de un esfuerzo por orientarse a medida que se hace espacio.
 
La apuesta –el propósito– finalmente es reconciliar pensamiento y práctica, cabeza y corazón. Limpiar esa cabezota febril e hinchada de abstracciones tristes, llena de ideas sin corazón. Limpiarla y dejarla blanca para otras cosas, otras cosas que lleguen al corazón o por las cuales el corazón se eleve, se “espiritualice” –un afecto dominante, elegido por nosotros, como conciencia. Un devenir sensual del cerebro. Un pensamiento capaz de aprisionar o retener quantums de intensidad no-ligados. Un deseo capaz de proyectarse, es decir de des-ligarse y re-ligarse. Aquí se necesita tanto apego como desapego, aquí es necesario aprender y desaprender. Lo importante es poder montar una pequeña máquina de seducción que sea para nosotros una memoria –un comprometerse incluso cuando no se crea, cuando no se sienta– y un llamado –una clara voz informe que envuelva la promesa de otro lado, de otro mundo de posibles.
Notas
1     Este ir tras algo desconocido no lo consideramos tanto una idea como una posibilidad a experimentar, que es también la posibilidad de otro modo de vida, y que en este sentido es también la posibilidad de otro punto de vista, de otra perspectiva.
2    Vas por la calle / entre la gente / mirás sus caras, sin alma / caras de muerte / y ves todos esos carteles / alrededor / que ni te entienden / o fumás, confundida / en una cocina alquilada / llena de desolación. / Buscás en la heladera días feriados, / buscás en el feriado algo para ver. / Se te está cerrando la jaula, / y a mí también. / Se te está cerrando la jaula, / y el ataúd. (Los viejos,  Maxi Prietto – Fragmento).


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2 comentarios en “EL MUNDO SIN NOSOTROS / Editorial Volumen II / 2014

  1. en el mundo sin nosotros, seguirán habiendo cuerpos? y si nuestra idea de cuerpo está caduca, pasada de moda? tal vez la época donde era posible el “retorno al cuerpo” ya pasó. tal vez ya no seamos una especie, tal vez estamos dejando progresivamente de serlo. no será nuestra idea de cuerpo uno de los lastres, junto a la idea de yo, de identidad? cuándo asumiremos con felicidad nuestro final, nuestra tragedia, por qué preocuparnos por los problemas de una especie que está dejando de ser, con la que cada vez nos identificamos menos?

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  2. “Estoy que estallo”, leés. Se te dibuja una mueca que querría ser sonrisa. Te reconocés. Es uno de esos momentos en los que sabés que si te vieras de afuera te golpearías. Y sin embargo te ves, vivís cada día perplejo de lo lejos que sos capaz de llevar lo que nunca pudo haber empezado, de lo real que es cada imposible paso, y no te frenás, no te pegás un cachetazo, no estallás. Seguís quemándote lento. Pero estás seguro: si no fuera porque hoy sos un desastre, te molerías a palos. Hay un problema ahí. Hay algo que estás haciendo mal, pensando mal, si cada día sos un desastre y nunca te lográs frenar. ¿Cómo seguís entonces? ¿Cómo explicás que lo hacés, que a cada minuto estás un poco más allá, que no dejás de alejarte de vos? Tan débil y tan lejos… así nunca encontrarás el mar. De nuevo, hay algo mal. ¿Cómo hemos llegado a creer que somos dos? ¿Cómo podemos hoy pensar que estamos lejos de nosotros? ¿Dónde estamos parados cuando decimos que nos hemos alejado de aquí, de tú y de mí? Ahí está el problema: no estamos parados porque no hacemos pie. Vuelve el ahogo. El tiempo pasa y nada se mueve. ¿Cómo explicás entonces el mareo? Lo cierto es que sentimos que se escurre, no sabemos qué hacer en él, cómo volver con él siempre al mismo punto. Si lograras volver te verías pero ya no querrías golpearte, porque habrías sido capaz de volver y comprenderías que ahora sí te ves, que podés hacerlo porque estás donde partiste, porque has cambiado pero seguís siendo vos, no alguien mareado en una posición extraña y efímera: vos, durando en el tiempo; vos, volviendo, siempre volviendo.

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