La Jaula del Tigre

por Nicolás Gelmini Juri
Lucy dividía el tiempo de sus días en secciones. Cada sección estaba limitada por acontecimientos fijos. Cuando se aburría de todo jugaba a pensar e imaginaba las secciones como una gran 9f5ac-c3a1rbolmeseta amarilla rodeada de un bosque interminable; los acontecimientos fijos que delimitaban las secciones aparecían como largas fallas en la meseta, que podían cruzarse de un salto. Antes de dormirse repasaba su día y se veía a sí misma corriendo por la meseta y atravesando, cada tanto, las fallas. La meseta era la parte del día más aburrida, más igual a sí misma; las fallas, por el contrario, si bien no eran excitantes, sí podían ser más originales: una mermelada nueva en el desayuno, un condimento nuevo en el almuerzo, alguna visita con noticias inesperadas.
  La imagen de la meseta y las fallas había surgido en Lucy una tarde de primavera en la que había pedido, de mala manera y sin dar explicaciones, que no le abrieran las cortinas de la habitación. Ana llevaba más de un año cuidándola y percibía al instante el malhumor de Lucy. Aquel día Ana se limitó a sustituir las charlas banales de media mañana, tardecita y sobremesa por más banales programas de televisión. Esa tarde Lucy encontró un típico documental sobre África, con tomas aéreas desde helicópteros, y vio el enorme territorio, los árboles, las mesetas. Percibió la metáfora casi forzosamente, atando los cabos del empapelado de animales, del cubrecama con cebras, del llanto desconsolado en aquella escena fatal de El Rey León.
  Además de la imagen de la meseta, esa primavera trajo otros cambios en la vida de Lucy. Su hermana mayor Clara se puso de novia; su mejor amiga, la única que la visitaba todas las semanas, se iba a vivir a Buenos Aires. Lucy comenzó a pasar más tiempo sola y menos tiempo escuchando música o viendo televisión; no quiso que le abran más las cortinas y la penumbra y el vaho se hicieron presencia permanente. Lo poco que quedaba de la persona amable y curiosa que con esfuerzo y a pesar de su invalidez había seguido siendo se fueron perdiendo detrás de un muro de ironía, humor negro y desprecio. Su antigua charlatanería desacomplejada se convirtió en una mirada estéril y un silencio apenas roto por el murmullo de la televisión; empezó a contestar con monosílabos y con risas socarronas. Las ya de por sí cortas charlas con Ana, que tenía buena predisposición, pero también límites, se redujeron aún más. Las personas menos importantes, que la visitaban más esporádicamente (tíos y primos de otros pueblos, conocidos sueltos), comenzaron a percibir el rechazo que Lucy les hacía saber que sentía por ellos. Sin la gente querida, a Lucy la vida comenzó de a poco a serle un peso. Su invalidez, hasta el momento reducida a lo corporal, aumentaba y conquistaba otros territorios; se volvía sin remedio una persona inválida. Cuando Clara la visitaba, ahora una vez por semana, Lucy la maltrataba con indiferencia, sin ningún objeto más que provocarle incomodidad. Clara olvidó el amor fraternal y el compañerismo que había sentido, y comenzó a devolverle a Lucy el trato que de ella recibía. Ya no veía en Lucy a su hermana; la trataba como una enferma mental con la cual no tiene caso hablar. Llegando el verano, la frecuencia de las visitas de Clara se volvió mensual.
  Hacia principios del verano Lucy comenzó a sufrir pesadillas. Varias de ellas se relacionaban con su accidente, aunque las imágenes se pervertían: el caballo la hacía caerse a propósito o alguien lo mandaba a que lo hiciera. Empezó a observar las vidas de los otros y a imaginárselas absolutamente felices y libres de preocupaciones. El trato con Ana se terminó de enfriar, y dejaron de hablar. Un día Clara la fue a visitar con su novio. El chico tenía la misma edad que Lucy y era demasiado lindo para que ella lo pudiera soportar. Intentó no mirarlo, pero él le hablaba y le preguntaba con un interés que no parecía fingido; sin embargo la idea de que pudiera estar haciéndolo para complacer a Clara derivó en un silencio cerrado que hizo que la visita durara menos de quince minutos. Cuando salían de la habitación, Lucy escuchó la voz indiscreta y resignada de Clara decir no hay caso. Lucy estuvo tres días sin comer. Ya no quiso que la bañen y Ana aparecía cada vez menos a la habitación.
  Entrados los días de verano los sueños de Lucy se poblaron de imágenes de explosiones, disparos y rugidos. Soñaba que la juzgaban o que ella juzgaba a los demás, en medio de estallidos de rabia y gritos bestiales. Su vida ya no se le aparecía como una meseta sino como una esfera de material homogéneo y gris. Se veía entubada y alejada del mundo. Pasaba las horas con la mente en blanco o con pensamientos destructivos, dejó de encender la televisión. Su vida se volvió regular. Pensó en algún mecanismo para poder trabar y destrabar la puerta de la habitación.
  Una mañana de los últimos días de Enero se sorprendió al parar la oreja cuando oyó una voz femenina que hablaba con Ana sobre libros, en la puerta de calle. Intentó reconocer la voz. Cuando la curiosidad la pudo, hizo sonar el timbre para llamar a Ana. Ésta casi se sorprendió, pues Lucy no llamaba para nada más que lo indispensable, y no era hora de nada indispensable. Ana entró apurada a la habitación.
  -¿Quién está en la puerta?
  -Una señora. Vende libros.
  -¿Qué libros?
  -No sé que libros.
  -Decile que pase.
  -¿Qué… pase? ¿A la habitación?
  -Sí.
  Con cara de no saber qué hacer, Ana hizo entrar a la mujer y la condujo hasta la habitación de Lucy. La mujer entró observando a su alrededor. Tenía el pelo blanco y arreglado y cara inglesa, y llevaba un bolso mediano con algunos libros. En la camisa tenía un prendedor redondo con el logo de una editorial conocida, que también estaba bordado en el bolso. Se veía limpia y coqueta, y sonreía.
  -¿Qué libros vende? –la pregunta de Lucy fue brusca y la sorprendió.
  -Bueno, de todo. ¿Vos leés?
  -Yo quisiera algún libro sobre África. Con fotos.
  -No tengo acá conmigo, pero tenemos varios. Sobre fauna y flora, de geografía, de historia… Creo que también hay una enciclopedia.
  -¿Tiene alguno acá? Sino déme un catálogo.
  -Te dejo el catálogo y vuelvo a pasar. Te dejo también mi tarjeta. Mi nombre es Laura.
  -Lucy –dijo Lucy con una mirada inexpresiva. Laura le devolvió una sonrisa. Ana miraba la escena confundida-. Puede pasar mañana.
  -Quedamos para mañana –dijo Laura con una sonrisa en toda la cara.
  Ana le abrió la puerta de calle, y Laura la saludó con un beso y un “hasta mañana”. Ana la miró alejarse y golpear en la casa de la izquierda. Luego cerró la puerta y se quedó un momento quieta. Fue a la habitación de Lucy. Golpeó, esperó el permiso y entró con cautela. Lucy le dirigió una mirada inquisidora.
  -¿Te llamé?
 -…No –Lucy hizo un gesto con los ojos. Ana se retiró cerrando la puerta suavemente. Hacía cinco días que no hablaba con Lucy, y se alivió de que tuviera ganas de hablar con alguien. Lucy, por su parte, no tenía muy en claro lo que había sucedido. Se vio como una niña que inventara excusas inverosímiles para justificar algo injustificable. Aquello había sido una tontería: le pediría a Ana que llame a la tal Laura y que le diga al final no quiere ningún libro. ¿Pero eso no sería aún más inmaduro? Terminó decidiendo que había estado bien. Los libros están bien, está bien gastar en libros. Plata sobraba, siempre había sobrado. Pensó también que quizás podría hacerse una amiga. Este pensamiento le sacó una sonrisa sarcástica y de lástima hacia sí misma. Esa noche Ana la notó apetente y conversadora.
  El timbre sonó al día siguiente a las diez de la mañana. Temprano para los tiempos que manejaba la casa, el ruido vibrante sobresaltó a Lucy. Ana abrió la puerta y recibió a Laura con amabilidad, incluso le ofreció algo de tomar. Golpeó antes de hacerla pasar a la habitación. Laura entró como si entrara a un mundo nuevo. Miró a Lucy, sonriendo.
  -Traje lo que me pediste –sacó de un bolso unos grandes libros de enormes fotos, increíbles, de animales, insectos, bosques y paisajes. Lucy los recorrió con avidez y lentitud. Había fotos de leones y cocodrilos cazando, escorpiones, serpientes, y todo le llamaba la atención. Laura la miraba en su fascinación y se fascinaba.
  -Increíble.
  -¿Te gustan los animales?
 -Me gusta la naturaleza. Y no salgo nunca de acá –Laura estuvo a punto de preguntar por qué, pero pensó que era una pregunta impertinente.
  -A mi me gusta la naturaleza también. Siempre hago algún viaje en el verano, pero este ando con poca plata. Me tocó quedarme a trabajar –Lucy la miró sin decir nada, y volvió a las fotos. De repente se encontró con una foto a doble página de una larga meseta rodeada de un bosque.
  -Tenés una linda vista en la habitación.
  -Sí, pero no abro mucho la ventana. La abrí por vos, para que entre luz –Lucy dudó al tutearla.
  -¿No te gusta mirar para afuera?
  -No. Antes salía más. Y cuando caminaba, mucho más.
  -¿Y ahora por qué no salís?
  -Me quedé sin gente. Sin amigos, sin familiares. No se si fue mi culpa o de ellos.
 -Sí, entiendo. Si querés… puedo venir mañana, más temprano, y salimos –Laura sintió que se había excedido-. Si te parece, por supuesto. No quiero ser impertinente. Ahora tengo que irme a seguir trabajando.
 -Claro, claro –Lucy hizo sonar el timbre llamando a Ana y preguntó a Laura cuánto costaban los libros. Ciento veinte pesos cada uno y eran tres. Lucy abrió un cajón y sacó el dinero despreocupadamente, como si fuera una suma bastante más pequeña. Laura no se esforzó para tomarlo con naturalidad. Ana llegó y Lucy le pidió que acompañe a Laura hasta la puerta. Laura se despidió de Lucy con un beso.
  En la puerta Ana habló con Laura.
 -Creo que le hace bien que usted venga, ¿sabe? Ella no estaba hablando con nadie.
 -No te preocupes. Yo me hago un tiempito y paso, no te hagas problema.
 Lucy pasó toda la tarde mirando los libros, mirando cada foto, cada movimiento, leyendo todos los epígrafes. Aprendió varios nombres de parques nacionales africanos. A media tarde le pidió a Ana un té. Hacía meses que no tomaba té. Ana lo preparó y se lo llevó. Lucy le mostró algunas de las mejores fotos de grandes felinos cazadores. Ana se sintió contenta. No tuvo que cerrar las cortinas.
 La mañana siguiente, Ana fue previsora. Se levantó temprano y para cuando sonó el timbre, a las nueve, la casa estaba preparada para recibir a Laura. Incluso había un desayuno preparado en la habitación de Lucy. Laura llegó con dos libros más. Lucy los agradeció.
 -¿No tenés marido, o hijos? –preguntó de repente Lucy.
 -Tuve marido, pero hace ya años que estoy sola.
 -¿Y esos viajes que hacés en el verano, los hacés sola?
 -Sí. –Laura miró alrededor como para asegurarse que no hubiera nadie escuchándola, y bajó la voz, como si fuera a contar un secreto.- Tengo un ranchito en una islita. Una extraña herencia. Es algo muy hermoso –Lucy tenía una mirada anhelante-. Si te gusta la naturaleza, te encantaría, hay perros, caballos…
 -No me gustan los caballos.
 -¿No? –Laura mordía una tostada.
 -No. Para nada. Son muy grandes. Siento que son más grandes y más fuertes que yo.
 -Claro, entiendo.
 -Un caballo me tiró una vez, hace unos años –Laura asintió con la cabeza, sin decir nada.
 -Siempre voy los veranos a la isla. Es una pena que este no pueda ir, apenas me alcanza con los libros –dijo Laura, después de un largo silencio.
 -¿Cómo se llama la isla?
 -La Jaula del Tigre. Está cerca de Fray Bentos.
 -¿Y cómo llegás?
 -Antes tenía un buen trabajo y me compré una lanchita, pero el motor está
roto hace tiempo, y no tengo plata. Supongo que así son las cosas. Si me da para arreglarlo para el verano que viene, te puedo invitar.
 -Qué aventurera –Lucy se imaginó una isla enorme y verde, de costas barrosas, con un claro rodeado de árboles donde se levantaba una casa. Imaginó las noches insoportables de mosquitos, el ruido misterioso de los animales de monte, la soledad y el sol, el agua marrón y la humedad. Pensó un buen rato el tono que usaría para expresar su propuesta.
 -Si yo te doy la plata para arreglar el motor… -hizo una pausa.
 -No, no. No podría aceptarlo, no me parece…
 -Si yo te lo pido –interrumpió Lucy enfatizando la palabra pido-. No se cuánto será, pero tengo suficiente.
 -No sé, no me parece…
 -Tomalo como un favor que me hacés. No como algo que yo hago por vos. Es algo que vos hacés por mí, llevarme a la isla un fin de semana.
 Laura suspiró.
 -Preguntá –continuó Lucy- cuánto sale arreglar el motor. Yo puedo pagar todo lo necesario. Eso sí: tiene que ser un viaje secreto. Que nadie se entere, ni Ana ni nadie. Si Ana no se entera es suficiente.
 -Bueno, bueno –dijo Laura dubitativa-. Dejame averiguar.
 -Llevá el motor a reparar, mañana me decís cuanto te cobran y cuanto tarda. Si da el tiempo, el fin de semana salimos.
  Impaciente, Lucy leyó los dos libros nuevos que le había llevado Laura. Uno era un libro de historia africana, con fotos, dibujos y grabados. Se detenía especialmente en los grabados que representaban antiguas batallas y en las imágenes de ruinas. Dos días tardó Laura en reaparecer por la casa. “Está listo” fue lo primero que dijo. La reparación había sido más barata de lo que pensaba. Lucy abrió el cajón y sacó el dinero, lo contó rápido y se lo dio a Laura; intentaba disimular la emoción de salir a navegar. Trazaron un plan.
  El viernes al mediodía, Lucy llamó a Ana y le explicó que saldría a dar una vuelta con Laura. Ana pareció complacida y no hizo ninguna pregunta; esto sorprendió a Lucy. En su cartera, Laura había escondido algunas prendas para Lucy. Laura bajó la silla de ruedas por la escalera de la puerta de calle con habilidad, atravesó el pequeño jardín frontal de la casa y se dirigió por la vereda hacia la derecha. Sólo tuvieron que saludar a una vecina. Doblando la esquina las esperaba un taxi. Laura y el chofer ayudaron a Lucy a subir; luego Laura plegó la silla de ruedas y la guardó en el baúl. El chofer las llevó al Yacht Club con desconfianza. En el asiento trasero, Laura y Lucy se dirigían miradas cómplices.
  En el Yacht Club nuevamente el chofer ayudó a Lucy. Antes de irse intentó indagar sobre qué hacían una inválida y una señora grande en los muelles, hacia dónde iban.
  -Es mi hija. Vamos a pasear –la sonrisa fingida de ambas no lo convenció.
  Lo más complicado fue bajar una larga escalera de madera agrietada hasta las marinas, pero luego la silla de ruedas avanzó bien a través de éstas. A Lucy le conmovió el corazón la sensación de estar sobre una estructura flotante. La lancha estaba en el medio de la anteúltima marina; había sido roja pero el tiempo y el sol la habían vuelto anaranjada. Tenía un volante y la proa hueca, formando unos asientos. Estaba al lado de un enorme velero. Laura quitó la capa y subió primera; a Lucy le dio la impresión de que hacía mucho tiempo que nadie la usaba. El motor estaba instalado, y se veía como nuevo.
  Laura ayudó a Lucy a subir; parecía tener mucha fuerza. Encendió el motor y desató los cabos con destreza; el día estaba soleado pero no agobiante. Partieron lentamente, atravesando el riacho Itapé desde el puente que lo cruzaba hasta el canal que lo conectaba con el río Uruguay. La vista de las estructuras portuarias y de la ciudad desde el agua era sorprendente, como lo es una vista desde el aire o desde un edificio muy alto. Habían pasado más de doce años desde la última vez que Lucy había observado la ciudad desde esa perspectiva, extrañísima para quien no está habituado a ella. Una vez que salieron del puerto y remontaron el río, Laura aceleró. Lucy miraba las formas que se dibujaban en el agua y las costas verdes del río Uruguay, el sol le daba en la cara y el viento le volaba el pelo; sonreía. Recuperó una antigua plenitud respirando el aire salvaje del río. La lancha golpeaba contra el agua regularmente en golpes ahogados y anchos. Laura se había puesto lentes de sol y manejaba con una sola mano, con la otra apoyada en el respaldo del asiento. La isla Cambacuá era el límite de lo conocido por Lucy; más allá de ella, el tramo a recorrer era una incógnita. Desde lejos se veían algunas playas vacías del lado argentino, pequeños brazos que formaban nuevas islas y arroyos que desembocaban. No habían cruzado ninguna embarcación ni en la salida del puerto ni después. Lucy pensó en la preocupación de Ana, los llamados a Clara, la inverosimilitud de la historia, y sonrió con malicia. A lo lejos llegó a ver algún rancho costero, en medio de un claro, con un bote amarrado a un muellecito. Imaginó que eran casas de pescadores, imaginó las tarariras y los dientudos, las viejas del agua mutiladas por los niños pescadores, los trasmallos atrapando toritos desprevenidos.
  -¿Hay cañas en la isla? –tuvo que gritar para sobrepasar el poderoso ruido del motor.
  -Claro. Me encanta pescar –devolvió Laura con otro grito.
  El viaje se hizo corto a pesar de la monotonía del paisaje, y casi no hablaron durante la hora que les llevó alcanzar el pequeño brazo que daba origen a La Jaula del Tigre. Desde el río era todo monte, parecía una isla inhabitada. Laura bajó la velocidad y entre unos sauces Lucy vislumbró un rústico pero firme muelle de troncos. Laura amarró la lancha, bajó la silla de ruedas y las cosas, y luego ayudó a Lucy a bajar. Había un caminito bien trazado que se internaba en el monte. Laura llevó a Lucy a través del caminito y tras unos árboles tapados de musgos distinguieron el pequeño ranchito.
 -La persona que vive más cerca es un pescador viejo. A veces le pido que se pegue una vuelta para ver que todo esté bien, pero últimamente no he venido por acá. No sé en qué andará ni si seguirá viviendo por la zona –explicó Laura.
  La puerta del rancho no abrió con facilidad, pero adentro todo parecía muy bien cuidado y ordenado. Las paredes eran de material y el techo de madera. Tenía dos habitaciones, un depósito y la cocina-comedor; y un sillón, sillas y mesa, todo hecho, pensó Lucy, allí mismo en la isla. Colgadas del techo, y en el piso, había jaulas vacías, viejas y nuevas. En algunas creyó ver restos de pájaros. Había varios insectos y Laura se apuró a matarlos o espantarlos.
  -Cómo se ve que hace meses que no vengo.
  Lucy ocultaba su encanto. Los ruidos de las aves y de las chicharras la llevaban a otro mundo. Se sentía cansada por el viaje, pero excitada. Había bajado de la meseta y se había metido en el bosque. Laura sacó un paquete de Ópera del bolso y la invitó, pero antes la ayudó a sentarse en el sillón.
  -Este rancho era de un tío mío. Cuando yo era chica esto era mucho más salvaje. Yararás, carpinchos, un bicherío impresionante. Estuvo tirado años y años hasta que empecé a venir y lo acondicioné. Yo hice los muebles, lo pinté y arreglé. Si pudiera, me vendría a vivir.
  -No sabés cómo me gustaría vivir acá.
  -Bueno, es bastante aislado. Yo digo que me vengo a vivir, pero si un día lo hago capaz que no me adapto. Es jugado.
 -Yo los últimos meses estuve viviendo prácticamente aislada. Sin hablar con nadie. Acá estaría más cómoda.
  -Veo que te tenés confianza. ¿Te molesta si voy hasta lo del pescador este a saludarlo? Tardaré una hora como máximo –a Lucy la propuesta la incomodó, pero estaba dispuesta a no ser una molestia. Se sentía en deuda con Laura. “No soy tan tonta para que me pase algo mientras no está”. -Es un rato, y mejor que no te vea así no le damos nada en que pensar –completó Laura.
  -Andá y a la vuelta preparamos té.
  -Dale, ya vuelvo. Está todo eso para comer –dijo señalando las bolsas con galletitas en un rincón de la casa.
  Laura salió y atravesó el sendero. Desde el muelle miró su ranchito isleño. Cerró los ojos y levantó un brazo como si fuera a persignarse, pero finalmente no lo hizo. Dudó un segundo, e inmediatamente subió a la lancha y con rapidez desató los cabos y encendió el motor, alcanzando el brazo central del río en menos de dos minutos.
  Desde el rancho Lucy oyó el motor alejarse. No podía creer su suerte. Pensaba en Clara y se mordía los labios para no reírse de su cara. Hacia los cuarenta y cinco minutos ya se había terminado el paquete de Ópera y empezó a mirar el reloj una y otra vez; por suerte era de día. Pero pasó la hora y pasó otra media hora y Laura no apareció. A las dos horas y media rompió en llanto y en gritos. El sol se movía y las sombras cambiaban de lugar, el calor se ponía difícil. Se imaginó la noche solitaria y se golpeó varias veces la cabeza con el puño cuando el día se puso anaranjado, cuatro horas luego de que Laura se marchase. Se vio adentro de un cubo que comenzara a llenarse de agua. Se tiró del sillón y con todas sus fuerzas se arrastró hasta los otros paquetes de galletitas.
  Río abajo la lancha se deslizaba. Laura manejaba y tenía puestos lentes de sol y un sombrero. De repente sintió hambre y pensó en cómo podría hacer para aprovisionarse. Quizás le pudiera comprar algo a algún pescador de algún rancho. Achinó los ojos para intentar ver algún indicio de presencia humana. Las costas verdes brillaban compactas bajo el sol de la tarde.
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