Cielo celeste y despejado en La Paloma

Hace quince años que voy a La Paloma, me dijo alguna vez Ibáñez. Ni lo dudes, andá para allá que vas a estar como en tu casa. Tomé el consejo y desde entonces vengo religiosamente cada verano. En efecto, este pueblo es adorable. En los zaguanes hay sillones de hierro con toallas secándose, botellas vacías y tablas de surf con arena, peines y bolsos sobre la mesa ratona. Son las once de la noche y tres nenes van caminando por ahí, explorando la zona. Una vieja se quedó dormida en la reposera y el viento le levanta el vestido pero está desmayada, tal vez por una caminata demasiado larga. Este pueblito debe ser más o menos el mismo que era. La gente viene aquí a buscar paz, a refugiarse en la promesa del cartel de la entrada, al costado de la ruta, ese lindo pedazo de madera, “Respete la tranquilidad de los demás”, que empezaba a titilar primero en diciembre, y últimamente en septiembre o antes. Jugamos con la sensación de dejarnos atrapar por la paz, de llegar distraídos, escuchando la radio y de pronto encontrar el mar, el olor del puerto, el viento. Ah ah ah, ahí estás, cómo te extrañé. Pero fuimos notando algunos cambios. La paz de La Paloma no es exactamente la misma que al principio. Y esto es un problema porque necesitamos esa paz. Quizá ahora la buscamos de otro modo, un poco desaforadamente; buscamos esa paz, la puta madre, porque nos la merecemos, porque trabajamos todo el año y queremos caminar por la calle sin tener que atender a los vivos, ni soportar a los hippies que venden cualquier cosa. OK, exigimos paz, y por eso hay policías de la Nación patrullando las calles. Parece que hubo dos o tres robos menores en un complejo de cabañas. Me lo dijo el conserje del hotel. La oportunidad hace al ladrón, me dijo, y los turistas ya se pasaban de confianzudos, dejaban la notebook abierta al lado de la parrilla toda la noche, la cartera y las llaves del auto puestas. Por suerte, decía, no hay robos con armas o toma de rehenes, solo que la gente se confía demasiado. Pero no se puede tolerar eso en La Paloma, lo que explica algunas medidas, los refuerzos nacionales, los sistemas de alarmas. Conviene indicarles a los chicos que vayan por la vereda, porque a los policías motorizados les da por ir rápido y apurar el tránsito. Hay que defenderla, antes que bajar los brazos.
Aunque no somos tontos, no. Las cosas quizá no se recompongan del mismo modo. El viento sopla más fuerte, el sol está bravo; cuando voy llegando bajo el volumen de la radio y la ventanilla y me digo a ver, a ver, dónde estás mi querida, ¿ya llegaste?, ¿cómo nos trataremos esta vez?

 
Javier Yanantuoni
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