Perspectiva de viaje

Hace un tiempo decidí que me iría de viaje. Un viaje largo, me dije. Pronto, cuando empecé a comentarlo, comenzaron los problemas. ¿Cómo se mide lo prolongado de un viaje? Claro, sí, estamos hablando de tiempo: días, meses, ¿años? Pero también se habla de kilómetros, de distancias; un viaje es largo porque se viaja lejos, o cuanto más lejos se viaja más largo se puede pensar el viaje. Había algo difícil de transmitir en esa decisión que había tomado. Pero, ¿cuándo te vas? No lo sé, tengo que hacer algunas cosas antes, pero apenas termine me voy de viaje. Conversaciones así se repetían alrededor de las fechas, los destinos posibles, los transportes, las ventajas y desventajas de distintos modos de viaje. Todo eso era problemático y a la vez me sumergía en un problema. De pronto me presentaba ante las personas sosteniendo esa intención, esa clara voluntad. Y no es que uno se presente siempre limpio de preguntas ante los demás, pero cuando tus preguntas son alrededor de un terreno previsible la cosa se vuelve menos problemática. También es cierto que hoy por hoy viajar, el turismo, es lo más predecible que hay. Si hasta existen paquetes, ¡paquetes!, cerrados, programados para que nada escape de lo previsible. Pero mis respuestas eran esquivas, reflexivas, ambiguas. Y así las conversaciones se enriquecían, la zona del problema crecía. Como un juego, iba intentando bordear y determinar la zona de esa decisión: ¿a qué venía esa clara intención, esa determinación ciega?
Aún hoy, cuando ya casi todo lo que quería hacer antes de partir está arreglado, cuando pocos meses me separan de la línea de largada, sigo confiando más en esa determinación que en cualquier otra cosa. Uno de los pilares donde hoy sé que se asienta esa firmeza de miras es una frase que me tiró una vez una chica hermosa, como al pasar. Vos sos un tipo con suerte, dijo. Y yo me lo creí. Miré atrás y me dije a mí mismo que era verdad. Entreví en la estela deforme que me precedía un entrecruzamiento de suerte y atrevimiento, alimentándose entre sí a cada momento: sentirse con suerte para intentar otras cosas, saberse con suerte por haber corrido riesgos estúpidos. A veces, muchas veces, los devenires se dan así, ambiguos. Como dice Cobain: que seas paranoico no significa que no te estén siguiendo. Sí, me dije, la suerte apoya mi atrevimiento, y eso forja mi actual determinación. Pero en esto de estar en el problema, hay, vienen surgiendo, voces que me dicen que hace falta más que suerte. ¿No tenés un plan? No necesito un plan. No tengo idea de qué es lo que pueda encontrarme y en consecuencia un plan en abstracto sería una nave con destino de naufragio. Prefiero un capital inicial y la libertad para trazar el plan en el camino. Quizás tenga que ver con irme solo: el posible plan dependerá de las alianzas, y las alianzas hoy son desconocidas. Y quizás al fin y al cabo sea eso lo que me convoque: la apertura de todo plano, la contingencia de toda concreción. Ahí sí, ahí podría dibujarse una especie de estrategia general que sea mía, que me permita medirme. La voluntad como algo a concretarse, como una línea más en ese campo de contingencia. Por eso la suerte es algo que sirve sólo como aliciente para moverse, pero finalmente tiene el mismo estatuto endeble de ese plan que no puede existir: ¿qué vas a hacer, amigo, sin tu suerte?

Martín Vallejos

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