Una vuelta por el interior

Ibáñez, no llores tanto. Cualquiera tiene un día pesado, con presiones, aprietes, llamadas telefónicas y gritos. Pero eso también va pasar. Como llegaron y se fueron las epidemias, los flagelos masivos, las pestes y las guerras. ¿Y si, a pesar de todo, no pasan? No es que se sintiera cómodo quejándose. Se quejaba también por eso. Cuando subió al colectivo Ibáñez tuvo que sostenerse de una baranda para no derrapar. El transporte público está cada vez más violento. Pensó que era la edad nomás, pero él creía verse entero todavía, no íntegro… Con algo de espíritu, todavía. Por eso le jodía el asunto del pesar. Pagó el boleto y ya se había preparado para viajar esas dos horas que le tomaba llegar a casa parado y sin embargo, para su sorpresa, encontró uno, el último asiento libre. Y vio que no era para tanto… El otro pasajero cubría un asiento y medio y había elegido, primero, el del pasillo. Pidió permiso y su compañero de viaje le liberó un sendero estrecho por el que se escurrió y se achicó contra el vidrio frío de la ventana. Era invierno y todos los cristales estaban cerrados. Ahora, con Ibáñez adentro, el colectivo iba completo. Transportaba esos cincuenta cuerpos hasta unos cien kilómetros de distancia del centro de la ciudad. En su mayoría, laburantes, solos o con sus niños. Dormían encantados por el zarandeo del coche 220. Se diría que casi no estaban allí, sino viviendo sus vidas locas de los sueños, comprando zapatos, discutiendo, corriendo desnudos en una cancha de fútbol. El único que todavía no se dejaba tomar por el océano paralelo de sensaciones que es el sueño, la música o las películas, era Ibáñez. Le parecía poco válido simplemente cortarse, olvidarse, hacer como si ese día -un día ponzoñoso porque no había sido precisamente improductivo, o agobiante, había algo de humillación que aún necesitaba atribuir- hubiese ocurrido diez años atrás. Todavía lo tenía encima, era evidente. Quizás lo tenía dentro. No se dejaba asimilar por las muelas del estómago y de sus humores. En un momento lo sintió. Tan real le parecía ese día crudo todavía en sus tripas que lo hizo cambiar de posición, refregarse contra su compañero, despertarlo, sentirlo refunfuñar sobre su hombro como si le dijera “no hay más espacio Ibáñez que para nosotros dos en este asiento, qué pasa que andás moviéndote, ¿no ves la situación? ¿no sabés calcular tus movimientos? Este es todo el lugar que hay…” Lo tuvo que reconocer; así era, no había nada que hacer más que dejarse llevar y dormir. Se propuso hacer un esfuerzo. Estiró las piernas, tomó aire, el viciado y alitósico compuesto gaseoso que producían entre todos, lo aspiró profundamente con la resignación de un expedicionario que en medio de un volcán se resigna a los vapores, o que en un barrio del conurbando se acostumbra a los vahos que llegan del basural, es decir, asumiéndose un trabajador real, quizá no el que había imaginado en la secundaria, pero el que había podido construir. El sueño amagaba a venir e instalarse enviando las primeras sensaciones de placer al cuerpo cuando, en busca de una postura duradera, para aguantar el viaje, Ibáñez soltó algo, porque lo creyó inofensivo, entredormido como estaba, no más que un desliz, un pequeño placer, un “adiós, día real”, soltó un silencioso pedo. Le siguió una duda categórica. Una interrogación. Y los primeros signos de lo que estaba ocurriendo de manera irreversible comenzaron a subir hasta él, y pronto hasta su compañero también. El pedo resultó un gas denso y tibio que se arremolinaba en las ventanas nasales antes de ascender sacando las uñas. Ibañez intentó calcular la magnitud del daño. Si el hongo era bastante alto, afectaría a los más lejanos, completos desconocidos. Pero eso hubiese ocurrido en un lugar al aire libre. En cambio, en el colectivo, donde pronto se chocó con el techo y las paredes, bajó por los cristales empañados como un animal salvaje.

– ¡Qué guarango el que se tiró ese gas! -comentó entre dientes una mujer.

– Loco, abrí la ventana por lo menos -le dijo su compañero.

Ibáñez no se dio por aludido de primera, más bien se identificó con las víctimas y mientras se estiraba para abrir una ventanita se descuidó y el pedó aún siguió expresándose en dos salidas furtivas más. Una, con un leve quejido. El niño que iba sentado adelante, jugando a meter el collar de su madre profundamente dormida entre el corpiño, toció, y luego buscó decirle algo a su mamá pero en cambio vomitó la hamburguesa y las gaseosas de las cinco de la tarde. Un bebé empezó a llorar como lloran los angelitos del conurbano, es decir, como espías vietnamitas siendo torturados. Su madre empezó a hacerle upa upa, diciéndole que no era nada, “duérmete niño, duérmete”, y cada tanto giraba hacia atrás y lanzaba ojeadas láser contra Ibáñez, y de tanto que lo zarandeaba el niñito se cagó -pero esto no se sabría con certeza hasta dentro de dos horas- y a la madre se le escapó del corpiño una teta y no es que se le viera, pero le queda como una joroba narigona para afuera, así que sacó a su bebé hacia un costado y le pidió al nene que acababa de vomitar -porque había pensado antes en el viejo que estaba a su lado, el primero en notar el inconveniente- que le ayudara con la ropa, pero tuvo que ser más explícita porque el jovencito de unos diez o doce años no entendía -acaso no quería- entender de qué se trataba el pedido; ella dijo: a ver, nene, ¿podés acomodarme la ropa? Pero la ropa estaba perfectamente desde el punto de vista de Raúl, por lo tanto no sabía cuál era la verdadera intención del pedido. Ya había dado sus primeros pasos en la mentira infantil, un mecanismo que los padres subestiman. Ella entonces aclaró: necesito que me acomodes el pecho, no puedo soltar a Quiróz (en referencia a su bebito). Pero desde el punto de vista de Raúl la situación seguía oscura, además tenía aún el gusto del vómito y no se podía concentrar. Necesito, querido, que me vuelvas a meter la teta en la taza del corpiño. Y ahora sí, Raúl sabía lo que quería decir teta y taza, de hecho, habían sido para él la misma cosa durante algún tiempo, y permaneció un rato en esa sensación de la unidad de cosas distintas. Raúl era de pensar. Se lo habían dicho. Pero la señora no se estaba sintiendo cómoda entre los vahos del vómito mezclándose peligrosamente con el pedo silencioso y el progresivo estado amenazas contra Ibáñez. Ya había intentado dejar en el apoyabrazos al niño que seguía quemando cuerdas vocales, y también en el guardaequipaje, todo sin éxito ya que, por increíble que parezca, la irritación aumentaba. Con un tono algo más vivo le sugirió: nene, cuáles son tus manos -y el niño elevó un par de palmas blancas-, muy bien, cuáles son mis tetas -y el niño señaló tímidamente el busto de la señora-, cuál está más grande -un índice tembloroso se inclinó a la izquierda-, muy bien, ésa es mi teta izquierda, la preferida de Quiróz, ahora vamos a jugar a un juego que se llama encastrar. Vos tenés que encastrar la teta izquierda preferida de mi hijito con la parte del corpiño en la que mejor cabe… De pronto un par de manos hicieron la operación con pericia.

– Disculpe señora, pero prefiero quedar como guarango antes que continuar frente a esta secuencia -dijo el viejo apechugándose.

Medio segundo más tarde una cachetada se proyectaba en el vórtice y al tercio de segundo siguiente desencastraba una dentadura postiza y un tabique, un poco viejo y rígido, pero que podría volver a soldarse en unos meses, pese al picor de la sangre coagulándose. Pero ahora el viejo estaba casi desangrado, con la camisa bañada de mocos sanguinolientos, los ojos desorbitados y el pelo con gel hacia atrás.

– ¡Chofer, tiene que parar! -gritaron al ver la figura inconclusa y casi flotante del anciano. – ¡Hay un hombre muerto junto a mi asiento!

Ibáñez se acercó porque intuyó que algo se había desmadrado. Pero no atinó a decir nada. Había intentado explicarse cuatro veces antes y casi lo ahogan con sus propias palabras. Una nueva forma de morir que acababa de conocer. Si decía “yo no fui”, recibía “no sólo que fue de su obsceno culo de donde salió ese mal, ese veneno, sino que tiene el descaro, la podrida caradurez de negar algo que lleva su ADN tóxico y perverso, nos está matando, usted y Dios lo saben, ¿yo no qué? ¡fue usted, satanás!”. Y así pasó con “Les voy a explicar”, “El se cagó primero y yo no dije nada” y “Eso no fue mío, como galletas de arroz desde los once”. Cada contraataque de los pasajeros fue más mortal que el anterior. Por eso ya no decía nada, había decidido en ese momento volverse mudo de por vida. Hablar era un bloque de cemento atado a sus piernitas. Ibáñez, el mudo. Ya se imaginaba su nueva vida, el protagonismo de sus manos, de sus gestos. Empezó a practicar. Le golpeó un poco la cabeza al viejo para verificar si seguía en este mundo. Se iba nomás, comprobó. Le quitó la dentadura que le colgaba de los labios babosos de pensionado sin afeitar, un desterrado de la tercera edad hacia ese pasillo del purgatorio que es la jubilación. El colectivo se había orillado en una banquina. La gente estaba impaciente. De hecho el chofer tuvo que avanzar a los cachetazos para hacer retroceder a los curiosos a sus asientos. Cuando estuvo frente al muerto el veredicto que obtuvo fue inapelable:

– El abuelo murió por el pedo que se tiró esta bestia -le boquearon.

Es sabido que los choferes son implacables cuando se meten con ellos, con el coche o con su manera de reventar espejos de los autos, pero imparciales en peleas o debates ajenos. Por lo tanto dijo que de ahí iban derechito a la comisaría. Y así fue. Una hora más tarde Ibáñez entregaba sus pertenencias a un uniformado, en Sarandí. El reloj, le recordaron. E Ibáñez dejó también su falso Tag Heuer. No había dicho nada. Escribió su nombre y apellido y el resto de los datos que le solicitaron. No creían que fuera mudo y elucubraron una hipótesis de retención de información valiosa. Se lo asoció a una causa en curso por tráfico de órganos. El perfil de Ibáñez tenía algún parecido con un identiquit en blanco y negro que tenían fotocopiado y pegado en un ropero desde 1999. Una vez que estuvo desarmado, desde el punto de vista de los procedimientos policiales, al punto que no podía ni suicidarse, lo llevaron a los empujones hasta el calabozo. Abrieron la reja y lo obligaron a entrar en una celda con otros doce presos semi-frecuentes.

– Guarda que este les vende las achuras – dijo el cana. Todos estaban sentados. No había ningún alborotador. Algunos, de hecho, dormían y roncaban. Ibáñez se quedó de pié, cerca de la reja. Era gente al parecer muy pacífica, como si estuviera allí desde hacía meses, hediendo un poco. De pronto un ruido no fue exactamente un ronquido. Ibáñez comenzó, pese a su voluntad, a relajarse en ese lugar donde el tiempo estaba enrejado, y por consiguiente, comprimido, apretado contra la conciencia de cada uno, casi imperceptible de lo cerca que estaba, un físico cuántico hubiese dicho que el bucle de tiempo en esa celda se estaba cerrando y que seguramente le cortaría la cabeza a uno de los detenidos. Esa sensación embargó a Ibáñez de manera tal que tomó la misma licencia que su compañero y a su modo se presentó como a esta altura era ya su estilo, dado que se había autovedado la palabra. ¿Quién sabía cuánto tiempo iba a pasar allí? La operación resultó.

– Hummm – paladeó uno. – Este es una mula. Ese PH es bien de mula. ¿Qué llevabas? – le preguntó un viejito de anteojos oscursos y bigotito negro.

Ibáñez no comprendía a qué se refería. Le tradujo su incomprensión intentando recordar los gestos de los sordomudos.

– Este es un profesional – interpretó Bigotito. – Esta noche vas a salir. Tenés laburo en la frontera. ¿Querés salir?

Cuatro horas más tarde llegó el guardia, habló con Bigotito en un tono laboral, es decir, operativo y respetuoso, incluso quedaron en ir a comer un asado a Lanús el próximo miércoles, feriado. El guardia se llevó a Ibáñez. El trato era otro. Le devolvió sus pertenencias. Le pusieron un cigarro en la boca y se lo encendieron, aunque no era su costumbre fumar. Catorce horas más tarde bajó de un patrullero en la frontera con Asunción. Era la tardecita del día siguiente.

– Bueno Ibáñez, ya sabrás como es esto. Tengo informado que sos profesional, así que vamos al grano. Del otro lado te manejás como ya sabés. Supongo que te suenan los nombres de Otamendi y Paquiño Sousa. Pasado mañana, a esta hora, en este lugar, te espera una nena de unos doce años. Se llama Mabel. La seguís hasta donde te lleve y hacés todo lo que ella te indique. Si sale todo bien, nos encontramos en Lanús el miércoles que viene. Llevate algo para vos, no sé, lo que quieras tirar a la parrilla. Yo soy vegetariano. Supongo que vos no tenés problema con la comida.

El guardia le dio una palmada en la espalda y volvió al patrullero. El tiempo estaba despejado. Se iba oscureciendo todo alrededor de Ibáñez y se encendían los faros del alumbrado público y se sentía una brisa húmeda en esa zona imprecisa entre la ciudad, la selva y el río. Llegando a la esquina de esa calle había un comedor con mesas afuera. Se sentó en una silla de plástico amarilla, desteñida por la intemperie y el sol, y enseguida se acercó un chico de unos quince años a tomarle el pedido. Ibáñez se dió a entender que quería una cerveza. El chico comprendió perfectamente y pronto regresó otro niño, de menor edad, con una botella que parecía enorme para él. Desde la puerta lo seguía con la vista y riéndose su hermano mayor. Una vez que estuvo frente a la mesita redonda tuvo que levantar con ambas manos la botella hasta dejarla parada y estable. El pequeño tenía los cachetes colorados y las cejas negras y tupidas y serenas. Ibáñez le dio la mano en reconocimiento de su trabajo y esperando que se fuera, pero el pibito no se retiró hasta que cobró la cuenta y algo de propina. Como casi siempre a esa hora, empezó el viento. En hora buena -dijo Ibáñez, después de una ráfaga, para sus adentros. Se volaron las servilletas, una silla y luego todas las mesas y las sillas de una vez, sin que los niños alcanzaran a salvar nada.

Amílcar Bo

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