La vuelta al perro

Salimos con Federico, el perro de mi hermana que nos dejó para cuidar mientras ella y su pareja visitan algunos países de Oriente. Ni siquiera recuerdo los nombres de esos lugares. Pakistán, Indonesia. Estuvieron atentos, esperando que el costo de los pasajes bajara, que coincidieran las vacaciones de uno y el otro, que no fuera época de tifones –o que fuera, porque así abarataban– y que el albañil terminara de revocar una pared del cuarto que están preparando para su primer hijo. Aunque de esto último todavía no hay noticias. Esperaron con paciencia hasta que los planetas se alinearon, según me lo contó. Ella es bastante creyente en esas cosas. Lo único que no habían considerado en ese delicado mecanismo de reloj fue al animal. Así que hicieron trescientos kilómetros para tocar timbre en mi casa, sin previo aviso, y dejar a Federico. Si no estaba de acuerdo, no había problemas, siempre venía bien que los hermanos se reunieran, dijo. Pero desde ese fin de semana, dos meses atrás, tengo que salir a pasear con este perro, todos los días, sin falta.

Después de la primera impresión, y observar cómo Federico se amigaba con el departamento, que no es más que una pieza, y elegía su rincón junto a una maceta con plantas que siempre se secan antes de tiempo, creí que el cuidado del animal podía acoplarse a mi rutina. Pero pronto los días que antes terminaban a las siete de la tarde, ahora se extendían hasta las ocho, y los que terminaban a las once de la noche, se pasaban al día siguiente. Es un perro de calle, con algo de pointer o lebrel, y conurbano. Casi todo blanco, con una mancha marrón en el hocico. Enseguida se sabe si está limpio o sucio. Y en eso predomina lo que tiene de conurbano. Cuando se enoja, se le encrespa una franja de pelo que va por encima de la columna desde el rabo a las orejas. Anticipa las cosas que hace. Por eso desde el principio me pareció un animal para confiar.

Paseándolo al menos conocí mejor el lugar donde vivo. Este es un barrio un poco retraído, de mucha gente mayor que no bien baja el sol se encierra adentro y las calles quedan liberadas. Pero caminando con Federico es otra cosa. No hay una casa o portón del que no aparezca de repente un animal. Te asaltan con un ladrido feroz, y uno le da cuerda al otro hasta que parece una jauría lo que te persigue. Son ladridos para marcar el territorio. Aunque también podrían ser de desesperación y cagazo. Los que están detrás de una reja van de acá para allá totalmente sacados, y más de uno de tanto intentar pasar al otro lado se arruinó el ojo o una oreja contra los fierros, y ni eso los detiene.

Voy tirando de la correa para acelerar, doblar, evitar que se coma un pedazo de piza en la basura, y terminar de una vez con el paseo, aunque Federico tiene una pasión por olfatear. No cede hasta que está conforme. A veces son segundos, otras veces puede olfatear un helecho durante una hora o más. ¿Qué hace? Con todas sus fuerzas, que son pocas, resiste para terminar de checkear ese helecho, como si necesitara tomar nota de todo un asunto. Entiendo que ése es su modo de pensar y trazar mapas. Me incomoda un poco, y lo reventaría a patadas, pero tengo un compromiso como hermano, es así. Lo tomo como un ejercicio, generalmente lo banco. En el trayecto pasamos frente al jardín de un templo turco o árabe, una construcción extraña, yo diría que es árabe o turco. En el medio hay un cardo gigante, del tamaño de una rueda de tractor, compuesto por un círculo de hojas de palmera, con un centro carnoso color rosado. Federico lo recorre con interés. Primero el cardo, y después sigue con una serie de flores amarillas muy pequeñas que hay en un canterito. Le tironeo de la correa para continuar porque ese jardincito está muy bien cuidado y no me gustaría que nadie salga por esa puerta sobria, de madera, y nos pesque justo. Le chiflo como para seguir, pero insiste en darle forma a lo que sea que esté olfateando.

Cuando salimos después de las doce, con el silencio del conurbano y la luz de la luna, tiendo a precipitar algunos tramos del paseo. Y pasa lo de siempre, nos ladran en la mayoría de las veredas que recorremos, salvo frente al templo árabe, sencillo y austero, donde vuelve el silencio y se oyen los autos y las motos que pasan por la avenida. Federico tira hacia el cardo, le digo ¡vamos, la puta madre!, la puerta como siempre está cerrada, iluminada desde arriba por un foquito muy sutil y cálido, y siempre tengo la misma sensación: de que no vive nadie ahí dentro, e igualmente hay algo hipnótico, como si ese fuese el objetivo con estos templos: proyectar solemnidad, temor y seguridad para los hombres que necesiten resguardarse en medio de lo desconocido. Podría ser una alfombra bien tejida tendida sobre el suelo más hostil. Pienso en las misiones católicas que al llegar a América fundaban cuanto antes una iglesia, y también en los templos evangélicos que hoy día se ven en las villas. Generan solemnidad, temor y seguridad con obeliscos blancos totalmente artificiales y descontextualizados. Este cardo es algo que nunca antes vi. De hecho, tal vez sea artificial; nunca supuse que fuera necesario tocarlo. Es bien raro que se haya adaptado a esta tierra húmeda y barrosa de ribera. Debe ser varios años más antiguo que la construcción. Entiendo que primero fue el cardo, salvaje y prehistórico, luego el templo y más tarde, quizás no hace más que unos meses, el jardín con plantas de flores amarillas y delicadas, que avanzó cubriendo el espacio entre el cardo y el templo, rodeando la forma de uno y de otro hasta conseguir la suya propia de jardín. Un lienzo que le da a ambas cosas su naturalidad. De pronto la correa se tensa y me lleva hasta la vereda siguiente.

Amílcar Bo

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s