El aullido celular

La escritura como contra-efectuación. Perspectiva biopolítica.

“Cuando hablo de las células jóvenes, no hablo

de las células nerviosas, creadas de una vez para siempre

y que ya no cambian.”

(Jean Cocteau. “Opio”. 1923)

 

I

Evidentemente toda vida es un proceso de demolición”. Así comienza el famoso ensayo de Fitzgerald, Crack Up. Es un texto escrito en un momento avanzado de su trabajo; a esa altura ya ha relatado de un modo que no olvidarán los próximos escritores norteamericanos los estereotipos, las movidas, los problemas, las ilusiones y las decepciones de la década dorada en Estados Unidos. Ha captado el ritmo y la sensibilidad de la juventud de un país en una de sus épocas más optimistas y el recelo o la desconfianza de la generación anterior que, por el contrario, había percibido al país como el fruto de un esfuerzo sin límites. El Crack Up, como la resaca, llega después del crack de 1929, la primera gran desilusión del sistema financiero en el siglo XX. Deleuze ha tomado ese texto, y especialmente esa expresión, y ha señalado dos movimientos propios de la vida, efectuación y contra-efectuación, según los cuales la vida se identifica con un proceso “duro”, de demolición, o bien se resiste a una operación de identificación y se prolonga en una dirección desconocida, a pesar de los condicionamientos y las instancias de determinación social. De un lado, la vida es el presente de la mezcla profunda de todos los cuerpos. Solo si se considera la mezcla en su totalidad, la vida es justa. Pero ¿quién puede sostener que la vida de cada uno es justa? Del otro lado, la contra-efectuación, la vida del actor en la que el pasado se fue y es rememorado, y el futuro está aún por venir[1]. Estas líneas trazan, a grandes rasgos, el problema de la biopolítica que intentaremos plantear a continuación, en relación al tema que venimos abordando.

Anthony Patch, en Beautifull and Damned[2], no resignará su aristocracia aún cuando todo alrededor suyo le sugiera, en virtud de aceptar la “realidad”, adoptar la forma de vida de la clase media de la ciudad. Contra-efectuación es el proceso de producción de signos en favor de una no identificación con las categorías y los estereotipos de un orden social pre-establecido, según el cual se prevé una biografía posible para cada sujeto y que habilita la reproducción de los mecanismos que dominan este proceso. Anthony Patch es terco, u orgulloso, de cualquier manera se opone a asumir de una vez que no es escritor –tampoco se define como tal–, ni como alcohólico –aunque se dedique a beber–. Ni en esta novela, ni en otros cuentos suyo, Fitzgerald presenta al alcohol como un vicio, o un problema de salud, mucho menos como una enfermedad, aún cuando alrededor de 1930 comienza a interpretarse al alcoholismo como un problema social. La actitud de Patch es, ante todo, una resistencia a entrar en el plan que tiene EE.UU. para sus excombatientes de la Primera Guerra Mundial, con los que cuenta para relanzar su industria.

 

II

Yonqui es la novela de una iniciación en el mundo de las drogas en Estados Unidos y en la adicción. A diferencia del universo de Fitzgerald, el consumo de heroína y otras drogas se visualiza como una situación en la que el consumo organiza las acciones de los personajes, condiciona sus decisiones, sus emociones, se diría que está en todos lados; los personajes atraviesan situaciones de adicción, y el consumo de drogas se perfila como enfermedad.

Una cuestión clave para que ocurra este desplazamiento, es decir, la aparición de un discurso alrededor del consumo de ciertas sustancias que hasta 1921 eran legales en el que se establecía una valoración, una jerarquización específicas, y una serie de instituciones destinadas a atender los efectos no deseados de esos consumos es la posición del Estado, y más precisamente su prohibición a través de la ley. Esta ley condiciona las prácticas en las que intervienen sustancias con capacidad psicoactiva y por lo tanto las formas culturales en las que se efectúan. Si en la década del ‘30 recién comienzan a aparecer los grupos de ayuda mutua tomando como referencia la metodología de los Grupos Oxford de América, grupos confesionales evangélicos que promovían una reforma de la vida cotidiana[3], en los ‘50 y ’60 se están popularizando las casas de adictos, es decir, programas de rehabilitación que toman como modelos el caso de Synnanon, y más tarde, el de Daytop. Estos programas, que aún hoy prevén largas estadías de reclusión para conseguir la reconstrucción de la conducta, se estructuran en línea con los preceptos de la prohibición [4]. Tanto en Yonqui como en El almuerzo desnudo, la mención de las “curas”, los intentos por descolgarse, están asociados a viajes al extranjero o bien a temporadas como residentes de estos nuevos dispositivos, atendidos por ex adictos, cuyo lema suele ser “consumo cero”.

Bill, protagonista de Yonqui y alter ego de Burroughs, proviene de una familia acomodada, estudia, viaja por Europa, no lo presionan las necesidades económicas, lo rechazan en el ejército, es decir, no se incorpora a las instituciones que en cierto modo lo esperan -el trabajo, la profesión, el ejército-, empieza a drogarse y luego recae en el hampa neoyorkina. Conoce el mundo de los adictos, la ciega afición que los empuja, sus estereotipos, su procedencia, su lenguaje, sus rebusques para sostener el vicio, sus intentos por abstenerse, los sufrimientos de la ausencia de drogas, las reincidencias. Si el mundo que narra Fitzgerald es Estados Unidos de los años veinte, antesala de la crisis del ’30, el de Burroughs son tiempos de posguerra, de desarrollos tecnológicos que, como la televisión, se integran al hogar, años de vigencia y exportación del Estado de Bienestar, cuyas medidas Foucault identifica como un nuevo modo de control social. En un contexto como éste, en el que se activa la premisa de incorporar y mantener a los trabajadores en las industrias, vigilar los efectos de la guerra en la población, las adicciones abren un nuevo frente de batalla que convoca a todos los que no entran al esquema productivo, sea por marginalidad, resistencia o desmotivación. Tanto la ley como sus agentes –la policía que visita a Bill y que controla a los farmacéuticos que venden heroína por medio de recetas; el sistema penitenciario; las casas de adictos para abordar lo que en otro momento eran largas ausencias, viajes, caídas– se inscriben en este nuevo frente, al que, por otra parte, nunca podrán, en caso de que alguna vez fuera su intención, vencer. En estas novelas de Burroughs ya hay un escenario de institucionalización del crack –adicción, problema social, instituciones especializadas, ley de prohibición– y otras condiciones para los procesos de subjetivación, en los que se desplegarán estrategias de contra-efectuación.

III

En El almuerzo desnudo las imágenes proliferan y se suceden sin atenerse, sin reponer demasiado ningún argumento o relato. Burroughs llamó cut up al experimento con el que generó la novela. El resultado es una suerte de delirio compuesto por imágenes que provienen de distintos universos, aunque principalmente del de los yonquis norteamericanos. El músculo más exigido parece ser la imaginación, sobre todo la del lector por cuanto se lo invita a pasar por una experiencia directa. En una entrevista Burroughs (Odier, 1996: 124) dice que los beatniks –movimiento literario en el que no se reconoce– impulsaron a jóvenes de todos lados a entrar en contacto directamente con el mundo, sea el conocido y familiar de su país como cualquier otro. El sexo, las costumbres, las drogas, dice Burroughs, son usualmente las vías de una conexión que prescinde, en cierto modo, del idioma, de los prejuicios culturales, etc. El almuerzo desnudo puede tomarse en ese sentido. No obstante, nos interesa sostener que la naturaleza del texto es la de un experimento formal antes que una expresión espontánea de las vivencias del autor en las carreteras nacionales o, incluso, por los efectos de los consumos. A través de procedimientos como el cut-up y el field-in (montaje y plegado), y de la imaginación delirante (de la fascinación, del fantaseo), se genera una superficie de imágenes que no se reúnen en una historia: “Sólo hay una cosa de la que puede escribir un escritor: lo que está ante sus sentidos en el momento de escribir… Soy un aparato para grabar… No pretendo imponer «relato», «argumento», «continuidad»… En la medida en que consigo un registro Directo de ciertas áreas del proceso psíquico, quizá desempeñe una función concreta… No pretendo entretener…[5] Prescindir de elementos esenciales o tradicionales de la novela, como el “relato”, el “argumento”, la “continuidad”, en favor de un registro directo de un proceso psíquico, es decir, buscar el procedimiento expresivo correspondiente a un proceso psíquico, no implica, para Burroughs, salirse de la novela, sino, antes bien, expresar un estado psíquico. Burroughs no tiene que “irse” o “quedarse” en la novela. El problema que nos acerca es la capacidad de la escritura para expresar ciertos estados, ciertas experiencias. En efecto, incluso “lo que está ante sus sentidos en el momento de escribir” requiere un procedimiento para ser captado, es decir, producido. Por lo tanto se podría sostener que la concepción de El almuerzo desnudo como efecto del cut up es un modo de organizar y sobrevivir a una experiencia que tiende a la dispersión, al desgaste, a la entropía y a la muerte. Burroughs la ubica, incluso, dentro de los esfuerzos de innovación que forman parte del universo literario. En la entrevista citada, señala que la experimentación formal en la novela es un modo de “competir” con el cine, la televisión y otros medios de comunicación en los que se entrelazan la imagen, la palabra y el sonido. Por lo tanto el cut up es un procedimiento de generación de sentido que puede convertirse en una estrategia de escritura, como la conciencia social lo fue para el realismo o para los novelistas comprometidos con un partido político. Por un lado los cut ups constituyen un procedimiento, una lógica para proceder y conseguir resultados narrativos, por otro lado es la interrupción de la lógica en tanto efecto controlado, buscado, impuesto. Esta doblez es propia de la íntima relación entre la técnica y el contenido o la experiencia[6] que, en este tema, ocupa una posición clave.

Si la conciencia puede alterarse con distintos instrumentos –drogas, literatura, medios audiovisuales– es, no sólo porque no está completamente determinada, sino porque se constituye, a su vez, como una técnica de producción de sentido. Al menos así lo toma Burroughs, para quien “lo real” no sería la conciencia sino el contacto, la conexión con el sentido, la capacidad de hacer sentido en relación con una afección.

Plegado y montaje, dos maneras de intervenir en la continuidad del tiempo, en la pretendida continuidad de la conciencia. En La revolución electrónica la escritura es considerada un modo de articular diferentes temporalidades, de poner a disposición cierta información para ser leída por otros en el futuro. La tarea del escritor, según Burroughs, sería la de trabajar con lo que está ante sus sentidos e indagar nuevas formas de articular el sentido, conseguir los procedimientos apropiados para dar cuenta de un afecto, de una experiencia. Esta idea, que estaba presente ya en los surrealistas, se articula casi inesperadamente con un factor que la expulsa del mundo cuidado e institucionalizado de la cultura hacia las tierras ásperas de la necesidad: la adicción. No se confunde con ella. Cut up no implica la redacción de un adicto. Un adicto no es aquél cuya manera de expresarse enloquece la comprensión del sentido común –en el caso que se tome así El almuerzo desnudo–. Sin embargo Burroughs encuentra en estas técnicas una manera de configurar la experiencia de sus experimentos. En la antesala de la figura del consumidor, Burroughs presenta las herramientas del experimentador. Su práctica requiere un involucramiento total, correr riesgos e intentar generar a la vez las armas para expresarse. No es suficiente esperar que sea la conciencia quien elabore estas técnicas y armas; sino que es preciso encontrarlas incluso a pesar de la conciencia, a pesar de la “policía”, como Burroughs llama a su “yo”.

El almuerzo desnudo apunta a la técnica ahí donde es más urgente, no en el juego por entretener, sino en la capacidad para registrar. No se separa de un lado el contenido de la experiencia y por otro el procedimiento literario como para concentrarse en uno de los términos. Modifica la forma que esos términos tienen en el sentido común aún cuando sabe que resulta “incómodo” para un lector acostumbrado y modelado por los best sellers. En este gesto hay elementos para comprender mejor el funcionamiento de los dispositivos de control de la subjetividad que, a su vez, operan tanto a nivel del contenido como de la forma de la percepción, y en el contenido y la forma del sistema.

IV

A diferencia del descubrimiento farmacéutico que facilitó a los personajes de Un mundo feliz desprenderse de sus sentimientos intensos con una sola droga –soma: “Un gramo quita diez pasiones”, dice el slogan interiorizado por hipnopedia–, Burroughs describe un amplio menú de sustancias. No se vive en un escenario enteramente planificado, aunque en el hampa neoyorkina el Estado está presente a través de los mecanismos de la prohibición (se controla la oferta: la producción, la distribución y el consumo). Con la variedad de sustancias para mantenerse “alto” se hace presente, ahora, el mercado. No sólo debido a la posibilidad de comprar las sustancias, sea en comercios habilitados o a los vendedores ilegales (transas, dealers), sino también a la práctica del consumo -se busca el siguiente mientras se está abriendo el primero-.

Dicen que Deleuze trabajó el ensayo “Posdata a las sociedades de control”, en el que prolonga y agrega un nuevo desplazamiento a la lectura de las técnicas de poder que había hecho Foucault en torno a la sociedades disciplinarias, teniendo en cuenta la introducción de El almuerzo desnudo en la que se caracteriza la relación entre las drogas y sus consumidores:

“La droga es el producto ideal… la mercancía final. No es preciso esforzarse por cerrar la venta. El cliente es capaz de arrastrarse por la alcantarilla y rogar que le vendan… El comerciante de droga no vende su producto al consumidor, vende el consumidor a su producto. No mejora ni simplifica la mercancía… Degrada y simplifica al cliente. Y paga a su personal con droga.” (Burroughs, 1996)

Ya nada queda, para Burroughs, de religioso, ceremonial o místico en la droga. Al menos no en los términos que le daban ciertas tribus mexicanas al peyote, la cultura rastafari al cannabis, ciertas técnicas de brujería a las plantas prodigiosas, los helenistas al opio[7]. La relación es la de un cliente y un producto. O bien, un tipo de relación bastante macabra y oportunista, profundamente efectiva y provechosa, en la que el cliente es quien resulta entregado al producto. Esta inversión forma parte de las reflexiones a propósito de la biopolítica en las que el objeto de los dispositivos de control y las estrategias de gobierno es el evento de la vida[8]. El deseo se apoya en un proceso controlado como la producción de consumidores de drogas y se convierte en necesidad. Ya no dependerá del individuo la decisión de cruzarse la ciudad buscando comprar droga sino de sus “células”, de su “flash”, de su “hambre”, de su “ritmo”. La vida, la verdadera vida emocionante e infinita y excitante que niegan las exigencias de una profesión y una posición respetable tiene una puerta de acceso en las drogas, y el cuidador de esa puerta es un empleado que se ocupa de una zona, y no oculta su calculadora. Una de las cosas que aprendemos en los libros de Burroughs es que la venta de drogas es una empresa, un monopolio muy rentable, hay un vendedor y un comprador, y si los recursos son suficientes, se puede consumir cuanto se desee. Otra de las lecciones consiste en que este deseo, cuando ha crecido, es capaz de doblegar las decisiones, la voluntad. La conciencia es para la heroína una técnica que tiene una capacidad limitada. La droga, dice Burroughs, es simplemente una manera de ser. Para dejar de ser en la heroína, pasado cierto umbral, se requiere una técnica más fuerte que la conciencia. El sujeto pasa a definirse por la sustancia y a la sustancia es ofrecida y distribuida en un mecanismo basado en la necesidad. Es el mundo del hampa, el mundo narco, pero es antes aún la dinámica del mercado y el consumidor, o bien, la de los  dispositivos en la sociedad del control.

Salir de la droga implica salirse enteramente, así como se diría que escribir una buena novela implica crearla enteramente (percibir, redactar, registrar de un modo original). Si las drogas son un negocio, han adquirido la forma de un negocio y una relación vendedor/cliente, y aún así la adicción es una manera de ser, es porque su consumo tiene la capacidad de modificar la percepción, y al transformarse la técnica, se modifica la vivencia, la experiencia de la vida.

En Las enseñanzas de Don Juan Castaneda aprende que mescalito es un maestro que está en el mundo al igual que el cielo y los árboles; sólo es preciso volverse capaz de percibirlo y saber contactarse con él; tomar los botones de peyote es sólo un apoyo –que el chamán no necesita–. Por el contrario, para un yonqui la vida consiste en una serie de medidas: cuántas dosis, cuántas horas, cuántas agujas. Considerarlas, aprender a controlarlas y a satisfacerlas, se ha vuelto parte de sus funciones vitales.

La obra de Castaneda retoma las enseñanzas de un brujo de la tribu Yaqui, asentada entre el sur de EEUU y el norte de México. De acuerdo con don Juan Matus, el aprendizaje y la enseñanza son fundamentales en el acceso a un conocimiento que no se limita al poder de las sustancias, sino que inicia al aprendiz del chamán en un conocimiento de los mundos, diferente de las filosofías y los sistemas de pensamiento occidentales. Por el contrario, en Burroughs la dimensión del aprendizaje es precaria, fugitiva, en todo caso se esconde en los códigos del hampa y en la jerga de los yonquis. Y sin embargo despliega, en su caso, un procedimiento de escritura que implica una contra-efectuación respecto de la identificación con los hechos que se narran. Este procedimiento da como resultado un texto que pretende conectarse con las nuevas formas de lectura de la época, condicionadas por los desarrollos de los medios de comunicación. El almuerzo desnudo no sería un texto para adictos o para entendidos, sino para los televidentes de las telenovelas y del magazine, para el público del cine[9], o para el consumidor de la mente fragmentada. Alrededor del experimento de Burroughs hay una serie de elementos que describen la percepción del consumidor: poca atención, fragmentariedad, reconstrucción a través de procedimientos de montaje y plegado (como lo que ocurre con el video clip), contigüidad, etc. Entre estos elementos y la introducción, “La droga es el producto ideal… la mercancía final”, se ha ido tipificando una nueva forma de la subjetividad.

En su trabajo sobre la historia de la subjetividad Ignacio Lewkowicz identifica un pasaje de la figura del ciudadano, como subjetividad instituida en condiciones de estabilidad del Estado Nación, a la figura del consumidor, como la subjetividad que es capaces de conectar los dispositivos y las prácticas del mercado, es decir, en condiciones de fluidez de las instituciones tradicionales. En el planteo de Lewkowicz el ciudadano “usa” drogas, las usa para hacer una exploración de su propia percepción utilizando técnicas de registro; su modelo podría ser Conocimiento por los abismos, de Henry Micheaux. En cierto modo, ese conocimiento desborda al ciudadano, porque como vimos con De Quincey y Stevenson se saltan las determinaciones del estilo y la moral burguesa, se considera lo irracional como parte de la percepción, se transforma la conexión con el cuerpo, pero al mismo tiempo se alimenta al ciudadano en cuanto a su conocimiento, a su ampliación de la conciencia. Por el contrario, en situación de desfondamiento del Estado nación, el adicto “consume” drogas. Las prácticas vinculadas al consumo de drogas ya no se deben considerar en referencia a una conciencia o a una pertenencia –se usa para salir de la forma ciudadano, para acceder a otro conocimiento distinto al que se adquiere en la escuela o en el trabajo; usar las drogas para incrementar el conocimiento saliendo y volviendo–, sino en relación al medio en que se actualizan esas prácticas: de aquí obtenemos que el consumo de drogas está vinculado o bien a una adecuación al medio, o bien a una defensa del medio. El trabajador que se ha visto obligado a hacer de sí su propia empresa debe mejorar su performance, debe ser competitivo; en esta difícil tarea los psicofármacos o los estupefacientes le resultan de gran ayuda. Del mismo modo, técnicas de defensa ante la agresividad del medio, como la música reproducida por auriculares cuando se transita la ciudad, también podrían considerarse “drogas”. En este esquema ya no se usan drogas para ir a otro lugar a conseguir una experiencia[10], se usan para acoplarse al medio, para colocarse mejor; o bien: las prácticas de subjetivación alrededor de la figura del consumidor incluyen drogas en tanto obligan a olvidar y a pertenecer, aunque nunca definitivamente, sino de acuerdo al proceso que se trate. En Cómo detener el tiempo, Ann Marlowe hace una descripción del consumo de heroína que sigue la línea del prólogo de El almuerzo desnudo y señala que:

“La adicción a los opiáceos no fue un problema social hasta que se convirtió en una solución social; es decir, hasta que empezó a asociarse con aspiraciones y necesidades generalizadas. Y este fenómeno no se produjo hasta que un elevado número de personas comenzaron a experimentar una sensación de segregación y ansiedad con respecto al tiempo y a sus propios cuerpos, y a sentir la falta de un modo natural de organizar su existencia. La heroína es una droga urbana, un accesorio de la vida nocturna, donde el mundo se vive bajo una luz artificial, entre muchedumbres indiferentes acosadas por la prisa. Es un complemento de las cafeterías que no cierran en toda la noche, de los clubes after-hours, del taxi, de los bloques de viviendas pobres, de las callejuelas; responde a la melancolía y al sentimiento de inadaptación que esos lugares encierran.” (Marolwe, 202: 58)

Según Lewkowicz, el consumo de drogas es un capítulo más de las prácticas de consumo; éstas se caracterizan por una lógica de renovación continua (lógica inscripta en los objetos más que en la participación de los sujetos) en la cual el consumidor debe pasar de un objeto a otro sin mayores problemas. En este sentido, el adicto es quien obtura esa lógica y al mismo tiempo la consuma. Detiene la búsqueda que va de un objeto a otro debido a que ya se ha encontrado el producto preferido; sin embargo consuma la lógica en tanto el precio que se paga por haberse detenido en la relación placentera de su consumo, es la pérdida de la aparición –precaria, transitoria, intermitente– del sujeto. La adicción a las drogas se puede leer como una nueva subjetividad instituida en la modernidad tardía y como el envés de sombra, el riesgo que le da consistencia, una disciplina, una conveniencia, una razón, a la figura del consumidor. Como tal, la subjetividad adictiva es reconocida por la sociedad, tiene un régimen de enunciación que la expresa y unas imágenes que la exhiben, tiene representaciones y una biografía propia. El precio de haber evadido el tipo de participación en la cultura que prevé la figura del consumidor le cuesta al adicto su pérdida como sujeto en favor del objeto. Lo que se ha ganado, según Lewkowicz, es una identidad, algo no despreciable en un mundo donde las identidades son precarias y requieren actualizarse cada vez.

¿Qué ocurre si ponemos en relación El almuerzo desnudo con la subjetividad adictiva? La subjetividad adictiva se ofrece como identidad, como efectuación de una biografía prescrita, fogueada por los medios de comunicación y por el sentido común, por las representaciones, los clichés. La novela de Burroughs no retoma esas imágenes ni tampoco recoge la continuidad de una biografía; por el contrario, leerla de una vez es casi imposible y se diría que ninguna identificación se desprende de sus viñetas cambiantes. La identidad es previsión. “La heroína exige obras que no sean de ficción: memorias, hechos verídicos. Pero, incluso en ese caso, el truco consiste en ser más listo que la droga, en introducir algo que la droga no introducirá: sorpresa.” (Marlowe, 2002: 13)

V

Se presenta, pues, un problema que es el problema biopolítico por excelencia: allí donde se busca la vida que no se reduce a lo verbal ni a lo medible, también operan los dispositivos biopolíticos en tanto el objeto de éstos es, justamente, la vida:

“La vida puede ser tanto el campo donde se lleva a cabo la sujeción a los aparatos biopolíticos (demografía, planes sanitarios, políticas reproductivas, precarización del trabajo, construcción del pobre y del desempleado, controles inmigratorios), como el terreno donde proliferan devenires minoritarios (Deleuze) o el campo ético de subjetivaciones (Foucault) que se sustraen a los procesos de sujeción en nombre del ‘derecho a la vida, a la felicidad, a la salud, a la satisfacción de necesidades’ o de prácticas de autonomía y estilo.”( Georgi y Rodríguez, 2009: 31)

Al plano inmanente de la vida le corresponde un campo trascendental que no se refiere a un sujeto, ni a un objeto. Los mecanismos de control operan también en esa doblez: sobre la experiencia y entre las posibilidades y las virtualidades. La subjetividad adictiva, en tanto posibilidad identitaria predefinida y reconocida socialmente, conforma una política de habilitación y regulación del deseo. Se la puede leer como un mecanismo de control, como una “política del acontecimiento”[11], en los términos de Lazzarato. Su propósito es operar sobre un posible, sobre un acontecimiento no actualizado, capturarlo y asociarlo a las instituciones de la adicción –“enfermedad”, “problemática social”, “enfermo”, “casa de adictos”, “hospital de día”, etc.– a través de los agentes privilegiados para esta derivación que, según Lewkowicz, son los medios de comunicación.

Las drogas se presentan a través de sus promesas[12] para potenciar el flujo vital. En condiciones de solidez, esas promesas entraban en conflicto con la ley pero de todos modos eran efectivas para el ciudadano que supiera evadir los dispositivos legales, para el que supiera “caretearla” apoyándose en su reputación –como el “caballero” De Quincey–, exhibiendo los signos de la moral burguesa –entre los que deberíamos considerar los “vicios” burgueses o aristocráticos–, demostrando la pertenencia a una cultura –como Baudelaire en relación con su bohemia–, exponiendo la utilidad de su conocimiento –Mr. Hyde ofrece a Lanyon, un médico amigo del Dr. Jekyll, un conocimiento prodigioso–. Pero en condiciones de fluidez, en las que un “hombre” ya no se define por relaciones de pertenencia (a un país, a una Nación, o, en su variante positivista-humanista, a una especie), sino por su “capacidad” de consumo, por su ubicación en un mercado, las promesas de las drogas forman parte de los mecanismos de la sociedad de control. Acceder a esas promesas es una variante del consumo y como tal es objeto de especulaciones mercantiles, de procesos de extracción y acumulación. Hay identidades, espacios sociales, vínculos que se articulan en torno a las prácticas de consumo y que, desde el punto de vista mercantil, representan valores. La subjetividad adictiva puede leerse como una configuración que adquiere consistencia en instituciones y prácticas que reconocen en una experiencia, en una trayectoria, en una herida, un valor.

No obstante las promesas de la droga no están de antemano necesariamente capturadas por los mecanismos de subjetivación, de verificación o de valorización que caracterizan las sociedades de control. El poder de las sustancias es un acontecimiento, por principio, indómito. Cuando la literatura, marginal pero interesada por el interlocutor científico, se refiere a este poder se expresa en términos de “posibilidades desconocidas”, de “líneas de investigación” todavía no abordadas en profundidad, usos provechosos vedados a la humanidad. Sin embargo, lo mismo se podría decir del caucho, del aluminio o de la molécula de litio. El hecho de que los efectos de las sustancias tengan un potencial indómito quiere decir, aquí, que en lugar de favorecer el bienestar, este sistema está interesado en gastar tiempo y recursos en gestionar el dolor.

También Paul B. Preciado leyó a Burroghs. En Testo Yonqui la idea de la adicción a la heroína como un modo de ser prolifera en varias líneas, especialmente en las posibilidad de subjetivación, considerando que “El cuerpo adicto y sexual, el sexo y todos sus derivados semiótico-técnicos son hoy el principal recurso del capitalismo posfordista” (2014: 39). Preciado considera la masculinidad y la feminidad, en el capitalismo narcopornográfico, como dos ficciones codificadas en función de su referencia a las moléculas de estrógeno y tetosterona. En este encuadre, la ficción del hombre heterosexual blanco, organiza las técnicas de gobierno más efectivas en la sociedad de control. Aún cuando este tipo de técnicas alcanzan el “interior” de los individuos al punto de organizar su percepción, sus identificaciones, sus intenciones y deseos, Preciado reconoce una potencia anterior a las sexualidades (heterosexual, homosexual) que sería compartida tanto por los humanos como por las cosas, la potentia gaudendi: “potencia (actual o virtual) de excitación (total) de un cuerpo”. La definición de las prácticas en relación a esta potencia permite pensar una posición activa en relación con la adicción, diferente a la que, según Lewkowicz, reconoce el sentido común, o sea, la desaparición del sujeto. Preciado dobla la apuesta y sin soltar las pretensiones de libertad, autonomía y de deseo, se identifica con la molécula, un pacto contra-natura: “Me convierto así en uno de los conectores somáticos a través de los cuales circula el poder, el deseo, la libertad, la sumisión, el capital, la basura y la rebelión.” (2014: 119). Aquí tampoco ha quedado ya nada de ritual, de original, todo está por decidir, crear y defender.

VI

Evidentemente, toda vida es un proceso de demolición” es el punto de vista de un adulto. La pérdida es la ley de la vida. No hay vuelta atrás. Por su parte Burroughs dice en Yonqui que el adicto nunca deja de crecer, como si desconociera esa premisa de la supervivencia. Su organismo se recrea luego de cada intento por descolgarse, por abstenerse. Es un impasse doloroso, antesala de una renovación de las células que han muerto de hambre, pero una recreación al fin. Éste punto de vista, por el contrario, es el de un infante o un adolescente, y al mismo tiempo el de un asceta. Posición estoica que asume la pérdida, la renovación orgánica del cuerpo y en consecuencia la indeterminación biológica. Punto de vista espiritual que ve en la fluidez del proceso de renovación celular, en los dolores y en los padecimientos de la abstinencia, pero también en la vitalidad propia del consumo de drogas, la posibilidad siempre vigente de un renacimiento.

En Noches de cocaína (2003) Ballard plantea una situación en la que la droga es un componente clave en el plan de despertar a las urbanizaciones de la costa del mar Mediterráneo, adormecidas por el retiro laboral, el exceso de seguridad policial y farmacológico. Estrella de Mar y la Costa del Sol son villas turísticas, ambas prototipos de la sociedad del futuro. Boby Crawford tiene una idea para revitalizar a sus habitantes de la “muerte cerebral” en la que vegetan estas poblaciones: ponerlos en alerta ante una ola de robos y actos vandálicos. Ese estímulo los lleva a participar de las actividades recreativas, de entretenimiento y ciudadanas de la ciudad. Pasan de una posición de observadores a otra en la que participan y se involucran. Desarrollan un espontáneo sentimiento de comunidad estimulando sus inclinaciones hacia lo criminal, la pornografía, la transgresión. Crawford, el tenista profesional, “Encontró la primera y última verdad sobre la sociedad del ocio, y quizá sobre todas las sociedades. La delincuencia y la creatividad van juntas, y siempre ha sido así. Cuanto mayor es la sensación de delincuencia, mayor es la conciencia cívica y más evolucionada la civilización. No hay nada que una tanto a una comunidad. Es una extraña paradoja.” El renacimiento subjetivo es, a su vez, un renacimiento histórico.

Reconocemos en el planteo de Ballard el juego de complejos psicoanalíticos[13], paternal, fraternal y familiar, presentes como dimensiones institucionales. La creación de toda institución tendría por destino “resolver” un sufrimiento apoyándose en la esperanza colectiva de que cierto acuerdo resguardará a sus miembros de un exterior amenazante. Su modelo básico es la familia. Produce, por lo tanto, familiaridad en lo desconocido y en lo angustiante. Lo familiar es una condición de la institución y pertenecer a ella tiene como costo la contención de las pulsiones individuales. No obstante, en Noches de cocaína vemos que cierto grado de inseguridad, de presencia de lo siniestro, mantiene viva la necesidad de comprometerse y participar de la comunidad. El problema es evitar la culpa, o delegarla. La solución que da Ballard es que uno de los que ha participado en el renacimiento de la comunidad asuma “toda” la culpa del proceso colectivo. Los hermanos Prentice, primero Frank y luego Charles, asumirán esa tarea en la cárcel, como responsables del crimen –un incendio intencional en el que mueren varias personas– que funda la nueva comunidad.

Ahora bien, ¿cuál es la noción de ley que supone el renacimiento de Estrella de Mar y de la Costa del Sol? La supervivencia del progreso civil alcanzado tras la estimulación en base al delito –drogas, pornografía y juego– depende de la prolongación de la Ley. A su vez, la instauración de la Ley requiere una fundación, la expulsión de un tercero que unifique a los hermanos, que intensifique la necesidad de la comunidad y perdure como memoria colectiva. Por eso se ha incendiado la mansión de los Hollinger. Sin embargo, ése es el tipo de funcionamiento de la ley que le corresponde a la figura del ciudadano, no a la del consumidor. Parece que al renacimiento celular le corresponde otro tipo de funcionamiento de la ley. Habrá que pensar, pues, cuál es el funcionamiento de la ley en una situación en la que el lazo social se ha desprendido de la Ley, y debe buscarse en otro tipo de contrato; es preciso fundar la comunidad en otro estatuto. La novela de Ballard no avanza en este sentido. Quizá sea útil recurrir a formas contractuales que funcionen en otro nivel que el de la Ley, siempre comprometido con las instituciones tradicionales, desde las que no se perciben las nuevas líneas de fuga por las que sí avanzan procesos de subjetivación, experiencias singulares. Habrá que pensar, además, en otras semióticas que la verbal, en una crítica sensible de la cultura y en la micropolítica como esfera de efectividad para establecer contratos de un nuevo tipo.

[1]              Gilles Deleuze, Lógica del sentido, 2005. Estas dos lecturas del tiempo se desarrollan a lo largo de todo el libro; sin embargo, para profundizar puede verse especialmente la Vigésimosegunda serie (Porcela y Volcán) y la Vigésimotercera serie (Del Aión).

[2]              Beautifull and Damned es la primera novela de Francis Scott Fitzgerald.

[3]              Alcohólicos Anónimos se funda por iniciativa de Bill Wilson y el Dr. Bob en 1935. Recoge un formato de reuniones y puesta en común del síntoma proveniente de las reuniones que, en durante los años del renacimiento en Europa, intentaban recuperar ciertos valores. En esas reuniones se detectó que muchos de los asistentes tenían problemas con la bebida y que la participación en el grupo les ayudaba a controlarse. Un empresario y pastor estadounidense, que había viajado a Inglaterra, asistió a uno de estos grupos en la universidad de Oxford, y promovió su difusión. Bill Willson asistió a grupos Oxford de América y tomó algunos principios de esta metodología para armar encuentros orientados a ayudar a alcohólicos. Esta experiencia, articulada con un discurso que ponía énfasis en el emprendedorismo y en el famoso self made de la mentalidad norteamericana de esas décadas, orientó el discurso de Bill Wilson. La efectividad de A.A. como ejemplo de los grupos de ayuda mutua, incluso hoy, es reconocida en el mundo de las adicciones.

[4]              Las casas de adictos norteamericanas se presentan como un dispositivo terapéutico efectivo para detener el consumo de drogas (de cualquier tipo). La organización de esas comunidades se caracterizan por la verticalidad, el aprendizaje progresivo y el acceso a grados de libertad también progresivamente, a medida que se accede en los escalafones de la organización (tanto de las actividades de la vida en comunidad como en la organización política del grupo). En la actualidad hay en nuestro país un debate en marcha, favorecido por la nueva Ley de Salud Mental que favorece los programas ambulatorios y dispositivos terapéuticos que eviten la reclusión, como los hospitales de día. Estas alternativas institucionales, como se verá más adelante, pueden leerse como formaciones más adaptadas, y por lo tanto más efectivas, de los dispositivos de control, en el marco de una perspectiva biopolítica.

[5]              Burroughs, W., 1996, pp. 124.

[6]              Esta relación se puede verificar en textos que resultaron de experiencias con sustancias, o experiencias en las que se preveían momentos de “pérdida de control” sobre uno mismo. Son los “protocolos” sobre el consumo de haschis de Benjamin, o sobre el consumo de peyote en Oscar del Barco (2010), o la obra de Castaneda.

[7]              En La Odisea se menciona una bebida de efectos sublimes: el nepente “bebida que produce olvido del dolor y el infortunio”. “Sabemos ahora, gracias a la traducción del papiro descubierto por Ebers en 1837, que los contemporáneos de Amenofis I conocían las virtudes del opio y habían gran uso del mismo.” Jean L. Brau, Historia de las drogas, Bruguera, Barcelona, 1970, pág. 11.

[8]              Aunque no sólo sea un tema de la biopolítica: “Piensa en esto: cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire.” Julio Cortázar, “Instrucciones para dar cuerda a un reloj”, en Historias de cronopios y famas, Alfaguara, 2000.

[9]              La adaptación que hizo David Cronenberg, El festín desnudo, es un intento de reponer una de esas posibles líneas cortadas y plegadas que subyacen la novela. Al estar prácticamente obturada la posibilidad de hacer una versión “ajustada” a las líneas de la novela, queda expuesto el carácter arbitrario y personal de la versión.

[10]             Su experiencia con las drogas puede ser uno de los puntos por los cuales Burroughs se distancia del movimiento beatnick. Sal Paradaise, el alter ego de Keruack que recorre las rutas en On the road, dice “Me había convertido en un maldito viajante.” No hay, en Burroughs, un mundo para ir a buscar más allá de los artificios creativos. En todo caso, a partir de ellos se descubren mundos.

[11]             Maurizio Lazzarato se refiere, en Políticas del acontecimiento, a las nuevas técnicas de control que operan con los mismos componentes constitutivos de una subjetividad, con regímenes de signos, circulación de saberes, el consumo, de manera que un proceso de subjetivación atraviesa, inevitablemente, esas operaciones de control y captura de la singularidad, que definen lo posible y lo imposible, etc.

[12]             Paz, energía, viaje, desinhibición, según Escohotado.

[13]             Cao, José Luis: “Psicoanálisis e institución” en Actualidad Psicológica No 119, marzo de 1986.

Autores:

Dino Brian Schwaab

Javier Yanantuoni

Capítulo de la tesis de licenciatura “Drogas, literatura y subjetividad”, presentada en 2015.

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