Historia Natural del Imperio #4

4. América para los americanos: los placeres de Roosevelt en Amazonia

Entre mediados de 1913 y principios de 1914 el ex presidente estadounidense Theodore Roosevelt realizó un viaje de aventura por América del Sur, acompañado por su hijo y un naturalista del Museo de Historia Natural de Nueva York, institución que auspició en parte la travesía. El viaje lo llevó a Roosevelt al corazón de América del Sur: la temible selva amazónica. El atrevido Theodore casi dejó la vida en esa aventura, y las consecuencias de una infección por malaria lo acompañarían por los escasos cinco años de vida que le restarían, en la forma de una cojera que acentuaría su deteriorada apariencia y estado de salud post-viaje. Unos años antes, luego de declinar la posibilidad de un tercer mandato presidencial, Roosevelt se había embarcado hacia África, donde había realizado un safari de caza. Su pasión por la naturaleza era conocida y había tenido parte también en sus sucesivos gobiernos, durante los cuales creó varias reservas naturales que fueron las bases del sistema de parques nacionales de los Estados Unidos. Sin embargo, no es por estas acciones de gobierno que Roosevelt se ganó un lugar en el monumento del Monte Rushmore junto con Lincoln, Washington y Jefferson. El principal aporte de Theodore Roosevelt a la historia estadounidense y mundial ha tenido que ver no con el naturalismo sino precisamente con el segundo elemento del que venimos hablando: el imperialismo -el imperialismo yanqui, en particular.
En diciembre de 1904, unos diez años antes de su viaje a América del Sur, Roosevelt pronunció ante el Congreso lo que se daría en llamar el Corolario Roosevelt, una ampliación o enmienda de la doctrina Monroe. Motivado por el reciente bloqueo a Venezuela por parte de Alemania, Francia e Inglaterra ante el no pago de su deuda externa (1902-1903), conflicto en el que el mismo Roosevelt había arbitrado, el Corolario Roosevelt amplía y especifica la doctrina de “América para los americanos” del ex presidente Monroe (surgida a partir de un discurso pronunciado en 1826, por un país nuevo y sin ejército, pero que se volvería la base del dominio estadounidense en América), al establecer que los Estados Unidos intervendrán política y/o militarmente en todo país latinoamericano o del caribe bajo influencia norteamericana en que se pongan en riesgo los intereses de ciudadanos o empresas estadounidenses. En la práctica, esta doctrina apunta a la hegemonía unívoca de los Estados Unidos sobre América Latina, y de ese modo establece un nuevo y definitivo sentido para el americanismo de Monroe: “América es para los americanos, y no para los europeos. Y dentro de América, mandamos los estadounidenses”.
La novedad también está en el cómo se garantiza esa doctrina. Si cuando Monroe pronunció su conocida frase los Estados Unidos aún no habían atravesado la guerra civil y no tenían el poderío militar para imponer las condiciones que planteaba su presidente, a inicios de 1900 el asunto era bien distinto. En todo caso, es bien conocida una segunda doctrina surgida del conflicto entre Venezuela y las potencias europeas: la doctrina Drago, que apunta a la autodeterminación de los pueblos y a la resolución diplomática de los conflictos. Pero autodeterminación y diplomacia no han sido en la historia fórmulas tan efectivas como imperialismo y militarismo. En ese sentido también se atribuye a Roosevelt la conocida Doctrina del Gran Garrote, basada en un antiguo proverbio africano: “habla suavemente mientras sostienes un gran garrote”.
He aquí a nuestro viajero, autor y ejecutor del militarismo yanqui como base de su influencia sobre América Latina y el Caribe, la forma del nuevo poder imperial, aplicada sistemáticamente en Cuba, República Dominicana y Panamá durante sus dos mandatos. Debemos a Roosevelt dos de los símbolos más importantes del imperialismo yanqui en América Latina: Guantánamo y la definitiva separación de Panamá de Colombia para la construcción del canal bajo el dominio y control de la marina estadounidense. Desde este prisma, su viaje a América del Sur toma un color distinto que el que realizó algunos años antes a África, y nos permite poner en escena las nuevas formas del naturalismo que se alían con esta nueva forma de imperialismo. La HNI avanza flanqueada por la US NAVY.

La expedición del ex presidente norteamericano comienza en Buenos Aires, desde donde remonta el río Paraná en un vapor que lo llevará luego a Asunción, en Paraguay. En ese país mediterráneo diezmado aún por una guerra de la Triple Alianza que obedeció a los intereses de otra regencia imperial, recorrerá diversos ríos hasta internarse en el Brasil, siguiendo las rutas fluviales que los bandeirantes paulistas habían conquistado y que algunos mineros seguían utilizando para ligar la ciudad de Cuiabá en la histórica capitanía de Mato Grosso a la próspera São Paulo. Precisamente en Mato Grosso será recibido el ilustre visitante por autoridades del ejército brasilero, una comitiva preparada específicamente por el gobierno de Brasil para recibir a Roosevelt y encabezada por uno de los hombres más relevantes del ejército brasilero en la conquista del centro-oeste: el Mariscal Cándido Rondón.
La elección de Rondón para encabezar la comitiva que recibe, guía y acompaña al padre del imperialismo yanqui en su viaje al corazón de América del Sur da cuenta del gesto solícito de la élite política brasileña para con el imperio en ciernes. Rondón es el elemento del ejército que mejor conoce las tierras que visitarán. Nacido en Mato Grosso, se formó dentro del cuerpo de ingenieros del ejército de su país y dedicó su carrera a dos vertientes de lo que dentro del expansionismo brasilero (que recorrimos en los capítulos 2 y 3) podemos identificar como una corriente integracionista. Por un lado, Rondón trabajó como ingeniero en telecomunicaciones, proyectando y tendiendo las líneas telegráficas que conectarían aquellos lejanos parajes -aquellos salvajes sertões- entre sí, con la gobernación en Cuiabá, con la próspera Manaos y con el sudeste civilizado. Por otra parte, abogó y trabajó con éxito en una nueva perspectiva sobre el problema del indio, dominada por la idea de integración y un punto de vista humanitario y paternalista; sus años al frente de la FUNAI (organismo federal que aborda el problema indígena en Brasil) quedaron marcados por la creación de la primer reserva indígena del país, garantizando derechos sobre la tierra y el modo de vida de los indígenas a la vez que promoviendo el intercambio de mercancías con el blanco como modo de desarrollo e integración de las comunidades.
Rondón preparó cinco alternativas para el viaje de Roosevelt, de las que dio cuenta en una serie de conferencias dictadas en Río en 1915. La elegida por el ex presidente norteamericano fue la que presentaba más dificultades a priori, hacia un destino desconocido por el hombre blanco: la navegación del río da Dúvida, con el fin de confirmar cuáles eran sus nacientes y qué tipo de relación tenía ese curso de agua con el río Madeira, uno de los principales afluentes del Solimoes-Amazonas. Esa navegación, que se realizó en rudimentarias canoas que debían ser constantemente reemplazadas por los accidentes en cascadas y rápidos del río, y que los llevó a innumerables situaciones problemáticas en las que murió un miembro de la expedición y en las que el propio Roosevelt casi deja la vida, tuvo éxito en sus fines exploratorios, confirmó la autonomía del hasta entonces Río da Dúvida (Río de la Duda), que pasó a ser llamado río Roosevelt en recuerdo de su ilustre navegante. Hoy los habitantes de la zona lo llaman cariñosamente Teodoro, mucho más simple para la fonética portuguesa.
Antes de ello, el grupo se había dedicado a una temporada de caza en los sertões del Mato Grosso. Allí, Roosevelt ansiaba cazar una de las presas más preciadas de América: la onça pintada, jaguar o yaguareté, el símbolo vivo de la salvaje Sudamérica. Los relatos de otro cazador que estaba en la zona en el mismo momento y que compartió jornadas de caza con el grupo de Roosevelt y Rondón hablan de la paciente espera del hombre del norte por rastros frescos de una onça, de la alegría a medias por haber matado una hembra vieja como primer presa, y de la fiereza y precisión con la que disparaba contra sus presas. Según este ocasional acompañante, Roosevelt no desperdició municiones ni energía en ninguna otra pieza; mientras el resto del grupo se contentaba con cazar algún ave de gran porte o algún mamífero menor (pacas o capivaras), Theodore esperaba que regresaran con la noticia de un rastro fresco de onça, escribiendo en sus diarios para lo que después sería una crónica del viaje que se publicaría como libro en Estados Unidos bajo el título de “Trough the brazilian wildernes” (“A través de la jungla brasilera”).

El viaje de Roosevelt tensa y a la vez limpia las premisas de la HNI. Aún es un viaje exploratorio, y sin embargo aquí la aventura aparece como fin último, mientras antes era un medio, la forma de la exploración. Hablamos más arriba del un placer en los navegantes y buscadores de oro, de un placer en los naturalistas que se enmarca en las premisas de la HNI. Lo mismo sucede con el placer de Roosevelt. El placer que él busca se produce dentro de esas mismas premisas, pero a la vez la singularidad de su movimiento casi imitativo y que produce un nuevo tipo de placeres, despeja un poco más aquellas premisas.
La aventura del safari de caza por América del Sur, la exploración del río da Dúvida como excursión turística son como maquetas, simulacros del movimiento del naturalismo que sirvió a otros imperios. En ese simulacro afirma el nuevo imperio: “ahora nosotros exploramos esta tierra”, parece decir. Lo simulado de esa afirmación nos permite ver más allá. Roosevelt “hace de”, se pone el traje de explorador, se crea para sí una experiencia que refleja o dobla una experiencia ajena, fuera de tiempo. Y en ese movimiento, al que sólo lo autoriza su poder imperial, desnuda aquellos principios que guiaban a los naturalistas y que se recubrían de otros. Así, el protocientificisimo queda de lado y la voluntad de apropiación y muerte se vuelve transparente. Son esas las premisas limpias de la HNI en las que se enmarca el placer del viaje de Roosevelt.
Qué habrían pensado Humboldt y Bompland del regocijo con el que Roosevelt cazaba yaguaretés en los humedales brasileros? Y sin embargo, no hay un mismo morbo por la naturaleza muerta en el taxidermismo que ellos practicaban con inocente placer?
Si el gesto de muerte es claro en la caza, el de apropiación se extiende en universos concretos y simbólicos: concretos, porque la inclusión del naturalista Cherrie en la expedición y el patrocinio del Museo de Historia Natural (NY) están orientados sólo a capturar especímenes para engrosar la colección del museo; simbólicos, por el acto de nominación del río Roosevelt, que afirma a la vez una antigua tradición de apropiación mediante la nominación. Tradición antigua, acto fuera de tiempo, que nos permite profundizar en el proceso de producción del placer que domina la aventura de Roosevelt y a la vez comunicarlo con las aventuras de los naturalistas del siglo XXI. Porque el viaje de Roosevelt es en este sentido un predecesor de los futuros viajes, es un nuevo tipo de viaje que emula (y blanquea) los viajes que lo preceden. El gobierno cipayo de Brasil funciona como una agencia de viajes; Rondón es un maestro de ceremonias que evalúa alternativas y distribuye quantums de riesgo y aventura en cada una para satisfacer al inquieto cliente. Roosevelt evalúa y decide: cuál de esas alternativas es la que me hará sentir más cerca de aquella experiencia? En esa su decisión blanquea los rasgos principales de aquella experiencia. La pregunta de Roosevelt ante las alternativas de viaje sugeridas por Rondón ha de haber sido: en cuál de estos trayectos podré sentir más vívidamente el placer de dominar lo indómito? Cuál de ellas me acercará más a la percepción de lo salvaje y a la vez me garantizará el poder de apropiación y muerte? En esa pregunta se cifra la diferencia entre la actitud de Roosevelt y la de otro norteamericano del 1800 que escribió en su ensayo más estadounidense que “el mundo está tan nuevo hoy como hace cinco mil años.”. No es un impulso hacia lo desconocido lo que guía a Roosevelt. Es, en todo caso, una experiencia controlada de esa dimensión lo que busca, que le permita marcar con sangre, fuego y un nombre una pequeña porción de esa ajenidad para sí.

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