Relación sobre lo visto en Venezuela

por Martín Vallejos

0. Llegué a Venezuela atemorizado. La situación del país, la crisis económica, social y política que desde fuera del país iba percibiendo, me llevó incluso a dudar de visitarlo. Sin embargo, era justamente la intención del viaje poder echar un ojo, más cercano o por lo menos más situado que la mirada sesgada que ofrecen los medios a nivel internacional. Si bien conocía otras fuentes de información, y entiendo la necesidad de desmontar en los mensajes de los medios masivos las operaciones que los fabrican y de los que forman parte, una situación de la complejidad de la que atraviesa Venezuela en estos días, me parecía, ameritaba una mirada más atenta. No he llegado a conclusiones profundas al respecto, y sigue dominando mi perspectiva la sensación de confusión. Desde esa sensación, y entendiendo que esa sensación es producto en mí del roce con una sociedad que expresa confusión, procedo a narrar los puntos más importantes de lo que he podido ver, sentir o apreciar en mi viaje de doflacoeses por Venezuela.
Dos aclaraciones más. Una con respecto al viaje y la escritura en viaje: no pretendo conocer todo cuando viajo y no pretendo formar un punto de vista que represente ese supuesto todo al escribir estas notas, no creo que ese punto de vista sea posible siquiera, y me sitúo entonces en el punto de vista relacional, apuntando a explorar relaciones, solidaridades, coincidencias, pero también contradicciones, ambigüedades y algunos signos. La segunda con respecto al propósito y función de este texto: lo escribo para cumplir con el pedido de un amigo venezolano que me recibió en su casa y que intenta mientras lo transita comprender el proceso en el que está inmerso, y le agradezco a él entonces la posibilidad de reordenar mis percepciones y reflexiones al respecto, así como la disposición a abonar la formación en mí de un punto de vista propio sobre el problema y compartirlo con él.

1. Para comenzar a expandir la narración de esta sensación de confusión pienso en la idea del shock. El shock, vocablo inglés que puede ser traducido como caos y confusión, expresa tanto un estado de cosas (el caos) como la percepción de ese estado (la confusión). Naomi Klein ha trabajado la noción en su libro “La doctrina del shock”, como operación de imposición de cambios drásticos en el modo y calidad de vida a través de la violencia, la desestabilización y el pánico. Así pueden ser leídos los procesos de imposición de la ley del capital financiero y de los principios neoliberales en América Latina en los años ’70; así también ha trabajado la autora el fenómeno de la inflación como formador de comportamientos económicos que transmiten malestares sociales y tienen consecuencias políticas. Propongamos como clave de lectura, entonces, que Venezuela está en shock. Algunas imágenes hablan claramente de ese estado de caos y de la confusión como clave de desentendimiento y profundización del caos.
Una de las más fuertes sin caer en golpes demasiado bajos es la de los perros escuálidos en las calles de todas las ciudades del país. La gente ha decidido botar a los perros a la calle porque ya no puede alimentarlos, porque cuesta alimentar los estómagos humanos de las casas y ya no hay para darle de comer a los fieles compañeros. Quizás hay un poco, pero con lo que sale el concentrado… y los perros deambulan en las calles, flacos como galgos apaleados después de una carrera perdida por traviesos; enfermos, con la mirada triste y medio mareados del hambre, se recuestan contra las paredes o esquivan los enormes carritos (taxis colectivos). O no los esquivan. La mañana que dejé Venezuela viajábamos en un carrito de Maracaibo a Lo Filugo, donde tomaría una camioneta a Maicao – Colombia, y un perro mareado y flaco saltó a la ruta en medio del intenso flujo de tránsito. No fuimos nosotros, pero ver ese último salto y su consecuencia fue una despedida que me hará recordar esta fuerte imagen del estado de violento caos de Venezuela.
Otra imagen fuerte es la sensación de alivio que experimenté al cruzar a Colombia. Si en Maicao, ciudad fronteriza y comercial, ya sentí un nuevo aire, en Riohacha, sobre la costa del caribe colombiano, el alivio se me tradujo en una sonrisa jugosa mientras buscaba una habitación con una manzana verde entre la mano y la boca. Ese alivio se explica desde una tercera imagen que funciona como signo de otra cosa. Son las colas, las famosas colas que sufren los venezolanos para todo lo que quieran hacer, sobre todo para comprar, más específicamente para comprar alimentos. La imagen de las colas o filas para conseguir alimentos nos reenvía directo a la experiencia chilena, sobre la que hace foco Klein en su libro sobre la doctrina del shock. En Chile, durante el gobierno socialista y democrático de Salvador Allende, la fragilidad de la economía estado-céntrica sumada a los boicots en las redes de distribución de alimentos generaron la aparición del fenómeno de las colas. Un chileno repatriado tras años de expatriación a la que lo había condenado ilegalmente la dictadura de Pinochet me contó una vez que la mañana del golpe de estado del 11 de septiembre de 1973 él había salido de trabajar a las 6 a.m. y se estaba yendo a reemplazar a su hermano en la cola para recibir un pollo recién a media mañana (cola que su hermano había comenzado a las 4 a.m), cuando vio los tanques en la plaza de la Moneda y sintió que tenía que correr. A pesar de los días que pasó detenido y torturado cuando lo atraparon los militares corriendo por el centro de Santiago, a pesar de la expatriación y los años de exilio, Luis seguía sintiendo que el mayor malestar era esas colas que había que hacer para conseguir la comida cada día, el mayor absurdo, la mayor violencia. En Venezuela ese fenómeno se combina con la escases de agua corriente, con los cortes de energía eléctrica, con la oscuridad en la que quedan sumidas miles de personas, con la corrupción en el sector público, la burocracia corrompida, con la basura derramada y las cuatro fuerzas armadas en cada sector o barrio, con las rejas en los pasillos y las puertas, con las calles cerradas, con la amenaza constante de una violencia invisible. Las colas son en Venezuela signo del malestar, y convocan a una pregunta sobre ese malestar: ¿cuánto puede aguantar un pueblo?

2. A partir de esta idea de shock se pueden analizar también los rasgos más salientes de la crisis económica que atraviesa el país.
El primero de ellos, por cuanto salta inmediatamente a la vista y modifica los comportamientos económicos de las personas, es el desabastecimiento. La cuestión del desabastecimiento está envuelta de esa pátina de caos y confusión. Las explicaciones para comprenderlo son múltiples y en general expresan posiciones político-ideológicas que encuentran en determinado sector al culpable de la situación. Un poco para correrme de esas posiciones, me interesa enfocar el problema del desabastecimiento desde una de sus consecuencias: el bachaqueo. El fenómeno por el cual una porción de la población intenta enriquecerse a costa del sufrimiento al que está sujeta la mayor parte del pueblo sólo se explica en el marco de lo que venimos describiendo como estado de shock. No sólo no hay condena moral al comportamiento del bachaquero, sino que hasta se lo enaltece, pues si no fuera por él no habría alimentos. Poco importa que este cobrándolos a precios exorbitantes y obtenga ganancias superiores al 500%; poco importa que los productos que vende a 1000 los compre a 200 en los mercados de alimentos subsidiados por el Estado, secando esa cadena de distribución y enriqueciéndose en base a subsidios del erario público. Lo que importa es q el bachaquero ofrece una solución, es efectivo.
Un segundo rasgo de la economía venezolana en caos es la desvalorización del Bolívar Fuerte, la moneda de curso legal en Venezuela. Una de las consecuencias más visibles de esta desvalorización es la inflación, particularmente sensible en el mercado de alimentos. En este sentido el problema del desabastecimiento debe releerse en términos de acceso: alimentos hay, pero, ¿quién puede pagarlos? Hay dos caminos de análisis para el fenómeno inflacionario en esta Venezuela en shock. El primero hace referencia al mercado financiero y nos permite explicar la desvalorización del Bolívar en el marco del flujo internacional de dinero y en relación con un mercado negro del Dólar que conlleva la incapacidad del gobierno de controlar el mercado monetario. Desde este punto de vista podemos entender el proceso inflacionario como una operación impuesta desde afuera, como una forma de ahogar la economía que se basa en la salida de circulación de dólares del mercado legal y su desvío hacia la actividad especulativa del mercado negro; una suerte de fuga interna de capitales que se suma a las verdaderas corridas cambiarias y fugas de capitales que han implicado la liquidación de diversas empresas expropiadas. Lo que muestra el proceso inflacionario en Venezuela es la puja de poder entre el gobierno y el capital internacional para imponer los parámetros de la economía, y el éxito de una operación que es efectuada por una monetarismo desde afuera que intenta así marcarle la cancha al poder político. El segundo camino de análisis de este fenómeno tiene que ver con su lugar en el ahogo de la economía o en el estado de estancamiento que entra la economía venezolana. Una lectura simple de lo que los economistas neoclásicos dieron en llamar estanflación nos dice que a mayor inflación menor consumo, y a menor consumo menor producción, menor inversión, menor gasto y menor demanda agregada. Desde este punto de vista la operación de descrédito del gobierno también es exitosa.
Sin embargo, el tercer factor en importancia del shock económico venezolano, el parate productivo, no se explica sólo por la inflación. Es un problema que hay que encarar seriamente por su lado más sensible, el que vincula producción y propiedad. En este sentido, hay que avanzar en un análisis del parate productivo venezolano en relación con las expropiaciones, estatizaciones y experiencias de colectivización.
Las expropiaciones sistemáticas de empresas privadas durante los gobiernos del PSUV son la prueba del modo de concebir la propiedad privada por parte del Estado. La propiedad pasa a ser un estado transitorio, siempre sujeto a revocación. En este sentido, parte del parate productivo se explicaría por la renuencia a invertir por parte del capital privado, ante la ausencia de garantías respecto a la propiedad de sus empresas.
El camino de las estatizaciones muestra la forma en que el gobierno concibe la propiedad estatal. Si PDVSA es el ejemplo más importante de ese tipo de propiedad y de la realidad de una empresa pública productiva, el caso no se repite en las estatizaciones en otros sectores, donde la burocracia estatal y su meritocracia interna muchas veces va en contra de la producción.
Un camino alternativo a este último ha sido el de las colectivizaciones, siendo el más común el que pone en manos de los trabajadores una empresa. Sin embargo, las relaciones entre el gobierno y este tipo de experiencias suelen estar mediadas por el dispositivo del partido unificado, que implica altos niveles de corrupción e impugna así las ventajas y potencias de este modo de producción.
Hay de hecho una vinculación muy específica entre este último señalamiento y lo que nombramos como operaciones del monetarismo desde afuera. El circuito de expropiaciones y cesiones ha llevado en muchos casos no a nuevos regímenes productivos sino a vaciamientos y liquidaciones. Buena parte de ese dinero va a parar a los flujos internacionales del mercado financiero, mientras que otra parte va hacia el mercado negro de divisas. Allí no hay banderas, es el mundo como le gusta al capital financiero transnacional: “sin ideologías”.
Como vemos, domina la complejidad y no hay explicaciones unilaterales para los rasgos más fuertes de una economía en shock. (A su vez, esto demuestra la marginalidad del problema de las divisas en el parate productivo: el problema de la gestión de divisas no hace tanto a la producción en sí -como se quiere instalar desde los medios cuando se habla de la falta de insumos- sino más bien a la posibilidad de resistir los intentos de ejercer un ahogo y control de la economía desde afuera).
Los dos primeros rasgos (desabastecimiento/bachaqueo e inflación) muestran operaciones del shock en lo económico que tienen a su vez un correlato psíquico, actitudinal, no manifiestamente económico pero formador de acciones económicas, de formas de interpretar, actuar y conducirse a futuro con relación al trabajo, al consumo, al gasto en general y a la producción también en general, al dinero, al valor (y de allí a tantas otras cosas…). Se modifican sobre todo las expectativas, o esa es la más visible de las operaciones en esta esfera de lo actitudinal (esfera individual, por cierto). Otras operaciones explicarían el bachaqueo (el fenómeno por el cual todos somos bachaqueros) y trabajarían sobre la tolerancia al malestar de ese pueblo alegre, curioso y siempre solícito (dispuesto a ayudar, a participar, a hacerse presente), de ese suelo de bonhomía en el que ese malestar se cuece lento. La alternativa contraria a esta perspectiva de las operaciones del shock en lo psíquico, en la esfera interna, ofrece la misma explicación para todas las manifestaciones personales del caos y la confusión (o de la desintegración, también podemos decir) en un chauvinismo autodirigido. Los venezolanos son ladrones, corruptos, violentos, aprovechadores; eso dicen los venezolanos de sus compatriotas en todos lados. Esa imagen entregan de sí mismos al extranjero. “¡Argentino! ¿Y qué hacés acá?, Venezuela es horrible -bah, el problema son los venezolanos, empezando por nuestro presidente…”. Para esa perspectiva el delito es un problema de propiedad, mientras para la nuestra el delito aparece como signo de un malestar, signo resistente que indica y apunta a un malestar.

3. Una segunda línea de análisis que deviene de considerar el problema de la producción en relación con el de la propiedad, y de considerar las relaciones entre capital financiero, mercados de divisas, inflación y actividad económica, es la que interroga la capacidad del Estado como estructura controladora de flujos en una economía estado-céntrica que está en relación con el sector financiero internacional y donde aparentemente reina la corrupción. En esta interrogación también entra la relación de ese Estado con el mercado de alimentos y las posibilidades de generar nuevos hábitos de consumo (y de producción, una vez más).
Quizás el punto fundamental de esta interrogación sobre el problema de la producción y la propiedad esté en una visión de lo público y lo privado en lucha, en tensión. Esa tensión se manifiesta concretamente en las numerosas expropiaciones, pero también y particularmente en la batalla mediática. Es conocido el argumento con el que los medios de comunicación masivos en Latinoamérica igualan libertad de prensa a libertad de empresa. Es igualmente conocida la relación de oposición que históricamente han tenido los medios de comunicación privados con los gobiernos populares o populistas en la región. Y sin embargo, la mayor batalla público/privado se da hoy en Venezuela en otro campo: el de los alimentos. Es allí donde el gobierno sostiene una pelea de corte mediático (a ese rol quedan reducidos los medios) con la empresa productora de alimentos “Polar”. La Polar no sólo produce la harina de maíz pre-cocido preferida de los venezolanos y base de su dieta (“Harina P.A.N.”) sino también las cervezas más vendidas. Las amenazas de estatización y las denuncias de persecución han llevado a buena parte de los venezolanos a tomar partido en dicha disputa, y “la Polar” se ha transformado en una abanderada de los derechos civiles que el Estado viola no sólo en el campo de la propiedad.
La contraofensiva del capital privado es doble. Por un lado, se opta por el ahogo de la economía vía fuga de capitales sea al exterior o al mercado negro de divisas. Pero al mismo tiempo ha aparecido un heroísmo privatista, donde el empresario sustituye al Estado allí donde este falla. La cadena de distribución de alimentos es el escenario más fuerte de ese heroísmo, y allí se manifiesta bajo la forma del bachaqueo y la conciencia que lo justifica. Pero ese heroísmo empresarial se extiende mucho más allá y se cuela en discusiones políticas e históricas. Es desde esta forma discursiva que el capital privado discute al Estado a la vez que se confunde con él. La politización del empresariado, la discusión ideológica de la economía estatista desde un punto de vista liberal, implica la formación de una nueva clase dirigente que se ubica en la confusa zona de frontera entre lo público y lo privado: el empresario redentor, el salvador de los derechos civiles.
La experiencia reciente en Argentina alerta sobre la posibilidad de que este tipo de liderazgo acceda al poder político: gobiernan, entonces, para sus intereses. El empresario redentor, en el poder, se vuelve el más corrupto de los gobernantes; sus arcas personales crecen, sus negocios se multiplican y proliferan, mamando de lo público, de lo que es de todos y que sólo debe administrar. Es, sino difícil, ajeno al punto de vista de estas notas aventurar futuros posibles para esta Venezuela en shock. Y sin embargo, se vuelve necesario advertir sobre esta deriva posible: Venezuela, en manos de los empresarios, no prosperará.

4. Un foco importante de confusión se ha generado en Venezuela alrededor de la figura de Chávez. Esa confusión se manifiesta en una serie de ambigüedades y contradicciones que hacen tanto a su obra como a su muerte y su ausencia. La muerte de Chávez es casi un tema de ciencia ficción; he escuchado versiones que van desde la inoculación de un virus por parte de la CIA hasta la muerte en manos de sus correligionarios con el fin de hacerse con el poder. Pero respecto de su obra y su ausencia es que la confusión se hace carne. Proliferan las reflexiones sobre las causas de la crisis, sobre los escenarios presentes y futuros posibles con Chávez, y sobre los escenarios posibles pasados, presentes y futuros si nunca hubiera existido un gobierno de Chávez. Y en esa danza de “si Chávez viviera” y “si Chávez nunca hubiera vivido” se repiten contradicciones incomprensibles del tipo: “si Chávez viviera no estaríamos en esta situación en la que nunca habríamos estado si Chávez no hubiese existido”. Como signo del shock que aqueja a Venezuela, Chávez aparece como causa certera y solución imposible de una crisis de percepción.
En vez de entrar en un análisis político esclarecedor de esta Venezuela sin Chávez, quisiera resaltar una vez más la importancia de sostener un punto de vista específico que nos permita mirar. Esto implica a la vez reconocer lo parcial y sesgado de ese punto de vista, y repetir una vez más la especificidad del nuestro, esto es, de esta perspectiva relacional que nos llevó a verificar la existencia de operaciones del shock en lo actitudinal tanto como de aquellas que dimos en llamar ‘operaciones del monetarismo desde afuera’. Lo importante es que este punto de vista relacional presta atención a las relaciones del propio proceso que observa y de allí va enredando las relaciones que le parecen relevantes; así, nunca aparecen elementos externos al proceso, y la relación entre los diferentes elementos de ese supuesto caos se establece sólo a partir de la dinámica del mismo: hablamos de economía estado-céntrica porque el problema de la producción se presentó ligado a la propiedad en el marco de ese tipo de régimen económico, así como nos interesa leer las relaciones del estado con el sector financiero internacional y con el mercado de alimentos porque son elementos que saltan a la vista en los rasgos más fuertes de la crisis económica que delineamos arriba.

5. Habría que establecer algún tipo de relación entre juventud y percepción que permitiera dar cuenta de la forma en que una crisis de percepción se agudiza en ese sector social que está entre los 16 y los 37 años (por poner unas fronteras etáreas a un fenómeno que hoy por hoy va dejando de ser generacional para pasar a ser transversal a las generaciones). Esa relación estaría dada por la configuración de expectativas en relación con un porvenir. Así, habría épocas o momentos históricos en que esas expectativas serían positivas, otros en que serían negativas, e incluso otros en que no habría tales expectativas en absoluto. Lo que se vive en Venezuela en estos días es la certeza de un futuro negro, donde “negro” no quiere decir tanto negativo como inescrutable; caídas las certezas que orientaban la acción y el pensamiento, entronizado el caos y su percepción confusa, la juventud venezolana se asoma a la imposibilidad del futuro. O, de otra manera, la imposibilidad de conectar las acciones del día a día con futuro alguno. Hay quienes siguen creyendo en la utilidad de sus esfuerzos, pero para una gran parte de la juventud el caos y la confusión han implicado el quiebre de esa ligazón presente-futuro.

A partir de esa percepción ha surgido el fenómeno de la emigración. De los jóvenes venezolanos con los que me relacioné sólo uno apuesta por un futuro en Venezuela y ha dejado de lado ofertas de trabajo en Europa por desarrollar proyectos en la tierra en la que creció. Cabe aclarar que no se declara partidario ni del oficialismo ni de la oposición, y que expresa en varias cuestiones la misma confusión que atraviesa a toda la sociedad. Fuera del caso de R., domina la voluntad y los planes para irse a buscar mejores horizontes fuera de Venezuela. Algunos de esos planes se concretan; otros optan por un ir y venir de y hacia países vecinos en los que pueden trabajar por una cantidad de dinero que les permita sostener proyectos de vida en Venezuela; en otros casos la voluntad sostenida en expresiones de deseo no deja de mostrar esa misma desconexión con una dimensión prospectiva.

Seis de las personas de esas edades con las que me relacioné y sigo en contacto están hoy radicados fuera del país, repartidos entre Brasil, Colombia, Ecuador, Panamá y Chile. La necesidad de crear un futuro en algún lugar en donde eso sea posible es tan fuerte que todos ellos han optado por partir en peores condiciones que las  habían imaginado, ante un mecanismo disuasivo del gobierno por el cual sus títulos universitarios son retenidos en su país. Hoy C., un biólogo marino especializado en gestión de riesgos, vende “completos” (panchos, hot-dogs) en Santiago de Chile. Y sin embargo para él eso supone una perspectiva de futuro más concreta que lo que podía imaginar en su país. Las expectativas se han desinflado, los horizontes se han acercado, pero lo que garantiza el hecho de irse es la posibilidad de recuperar un mínimo sentido de prospectividad en las acciones de cada día. No es poco.
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