HNI # 6 – Ecologías y naturalistas del siglo XXI: saberes, poderes y territorio

6. Ecologías y naturalistas del siglo XXI: saberes, poderes y territorio

Uno de los efectos más perdurables del neoliberalismo en la subjetividad está en la promesa de la democratización total de la sociedad vía el mercado. Paradójicamente, gracias a los procesos que Gilles Deleuze ha definido como técnicas del control, existe la virtual posibilidad para todo individuo de alcanzar un grado infinito de potencias: el que pueda pagar. El sistema de exclusión es incluyente, y hoy no hay restricciones –más allá de las económicas- para el acceso a todo tipo de bienes y goces. Ese marco de democratización vía mercado de los bienes y los placeres es el que nos permite comprender el nuevo movimiento de viajeros naturalistas que surge a partir de la segunda década del nuevo siglo. Decíamos más arriba que el viaje de Roosevelt comunica con los viajeros naturalistas del siglo XXI en el proceso de producción de placer que pone en juego. Es necesario todo un siglo de funcionamiento de la feroz maquinaria de la exclusión para que el mito se vuelva potente y todos podamos aspirar a comprar ese camión blindado que nos lleve a atravesar los más salvajes parajes con la comodidad de nuestra sala. No importa que ni siquiera tengamos sala, que hayamos decidido comprar la tele antes del lugar donde sentarnos. Lo importante es que en la pantalla pasan una entrevista a ese tipo que ganó la categoría camiones del Rally Dakar en su versión Southamericana, y podemos espejarnos en él y ver que –si sólo tuviéramos el dinero- podríamos hacerlo también.

La casta de viajeros naturalistas que recorren Centro y Sudamérica en nuestros días se forma a partir de esos mismos mecanismos de exclusión, pero son quienes quedaron adentro. Tenemos entonces decenas o hasta cientos de matrimonios de jubilados europeos, norteamericanos, australianos, “primermundistas”, que se dieron cuenta de que ellos sí podían y se han dado a este nuevo tipo de aventura. Algunos simplemente comunicaron con la posibilidad de trasladar su sala a esos escenarios que antes aparecían en la tele, abierta gracias al formidable proceso de acumulación de capital ocioso y la tecnología de materiales. Al fin y al cabo todos en algún momento nos cansamos de la tele. Lo que no quiere decir que tengamos tantas ganas de salir de casa, de dejar las comodidades. Por eso, este tipo de viajeros se preocupa por reproducir sus espacios seguros y confortables en los vehículos que los trasladarán a lo largo del gran continente americano. Otros sintieron el cosquilleo de una fibra adormecida, pero que en algún momento, en una juventud hippiatra, rebelde, romántica, estuvo viva: ¡ah, cómo disfrutaban entonces del aire y las flores! Y de eso, allá por donde viven, hoy ya nada queda. En cambio en América… Hay algunos que suman a esas disposiciones románticas saberes específicos: biólogos, geólogos, físicos, toda un linaje de académicos que han puesto sus saberes al servicio de la destrucción de los entornos en los que viven pero que de pronto necesitan sentir eso que han estado matando, precisan redimirse, y da la casualidad que con el dinero que han acumulado pueden hacerlo.

Este ejercicio puede volverse infinito y tiene mucho de conjetural. Pero también es producto de los encuentros que como viajero he ido teniendo con este tipo de viajeros a lo largo y ancho de América Latina. En primera medida habría que reconocer un horizonte común a todos los naturalistas del nuevo siglo que he conocido: el placer concentrado en la pulsión escópica. Es quizás esta la transformación del mecanismo de apropiación que ya en Roosevelt empezaba a deslizarse hacia la sutileza: del poder de muerte en la caza al robo de especies con fines científicos y de allí a la apropiación vía nominación, la cadena puede seguirse hasta la captura de imágenes digitales que es hoy la nueva forma de la caza. El problema pareciera haberse distanciado de la lógica de apropiación, por más que podamos profundizar en las analogías entre la fotografía y la caza (el carácter furtivo, la necesidad de camuflaje, el placer del disparo). Y es que justamente lo que el viaje de Roosevelt nos ayudaba a comprender es que ese gesto apropiador venía sujeto a un placer, y que lo que dominaba la experiencia era justamente ese proceso de producción de placer. De hecho, el goce de estos viajeros no se limita al registro de imágenes; en su artillería hay también dispositivos ópticos que sirven sólo para observar, que no tienen capacidad de registro. Lo que es poderosamente llamativo, en todo caso, es el cierre de las formas de experimentar la naturaleza a lo escópico.

Sobre este cierre de la experiencia podemos concentrarnos para profundizar en el modo de relación con la naturaleza que está en juego en las prácticas de los nuevos naturalistas, y comprender con qué discursos comunica, que saberes expresa, que poderes sostiene. Un agente diáfano en este universo complejo es la organización denominada “Birder’s Exchange”. Se trata de una asociación norteamericana de observadores de aves, gente que se reúne para intercambiar -o que intercambia en forma virtual- conocimientos sobre la práctica de observación de aves. Para alguien ajeno a ese mundo parece casi una broma que una de las principales campañas de “Birder’s Exchange” esté orientada a la compra de binoculares. Sin embargo, el grupo lleva adelante una variada gama de acciones en pos de la conservación de la naturaleza en América Latina, que se constituyen en prácticas concretas de intervención en territorios protegidos, sean privados o de gestión estatal. Esta organización resulta de vital importancia para los académicos norteamericanos interesados en estudiar los ecosistemas al sur del Río Bravo, y es una de las más importantes promotoras del cuidado de la biodiversidad en nuestra América.

Hay un punto en el cual la reducción de la experiencia a la pulsión escópica y un determinado tipo de saber sobre la naturaleza se encuentran. En ese punto tiene que haber más preguntas para nuestro camino de indagación, para avanzar en la comprensión de aquello que garantiza el dominio y el modo actual de control de los territorios en América Latina y en la potenciación de las alternativas. Para trabajar esta relación entre la actitud de los observadores de aves y el saber científico sobre la biodiversidad como perspectiva dominante en la ecología podemos dar un rodeo por el discurso de una de esas parejas de naturalistas del siglo XXI.

Susan y Rick son una pareja de jubilados ingleses que dedican sus días a un proyecto ecologista en Sudamércia. Tienen una camioneta equipada con todo lo que necesitan para trasladarse de aquí a allá, y pasan seis meses al año en esta parte del mundo tomando fotografías y registros audiovisuales que planean presentar en diversos foros internacionales con el fin de abonar a la toma de conciencia sobre la importancia dela protección de la biodiversidad en América Latina. Mientras viajan por los diferentes países de Sudamérica imparten talleres en escuelas e instituciones de enseñanza primaria. Son talleres de observación de aves y de lengua y cultura inglesa. Susan, que es jubilada docente y habla bastante español, se encarga de los talleres. Rick lo hace de la toma de imágenes, pues no ha aprendido nada de español -menos aún de portugués. Me llama la atención que con tanto interés por Sudamérica no se haya interesado en la lengua, paso fundamental para comprender una cultura. Se lo expongo. “A decir verdad, no nos interesa mucho la cultura de los latinoamericanos”, me responde. “Son sucios, y en general bastante brutos. Han tomado un paraíso natural y lo han llenado de basura”, dice, asqueado. Se apresura a señalar que evidentemente yo formo parte de las excepciones a esa norma universal. Me confiesa que sólo han tenido contactos “interesantes” con unos pocos latinoamericanos. A pesar de todo, intento llevar adelante la conversación. Les pregunto si han sido gratificantes las experiencias de los talleres. Esta vez responde Susan: “La verdad es que es muy poco lo que podemos hacer. La gente aquí es muy ignorante. Me sorprende lo poco que los maestros saben sobre la historia del Reino Unido. Los niños no tienen la culpa, pero no pueden reconocer siquiera entre una paloma y un tucán”. “La gente aquí no sabe nada de nada”, insiste Rick. “Tienen aquí un tesoro, pero son tan ignorantes que lo echaron a perder”.

Esta dimensión del saber y el no-saber es central en el discurso de Rick y Susan. Ellos representan para sí el discurso del saber. Su proyecto de vida hoy por hoy se basa en un concepto científico, el concepto principal de una disciplina tan importante como la ecología: la biodiversidad. Los latinoamericanos, en cambio, son “ignorantes”, “brutos”, “sucios”. Es particularmente elocuente de su modo de pensamiento el hecho de que la ignorancia esté en relación con el desconocimiento de la lengua y la cultura inglesa. Esta base para su juicio da cuenta de un punto de vista completamente centrado sobre sí mismo. Y es justamente esa la discusión de fondo cuando se habla, a otro nivel, de relaciones entre saberes. Una de las características fundamentales de los discursos del saber científico de conservación ecológica a partir de los cuales se opera en nuestros territorios es el hecho de ser producidos, validados y discutidos en instituciones científicas del hemisferio norte. Lo que en las ciencias sociales ha sido ampliamente trabajado como eurocentrismo, en la ecología tiene una vertiente más bien norteamericanista. Pero el fenómeno apunta de igual manera a lo que se ha dado en llamar colonialidad del saber, un fenómeno que ha sido largamente trabajado en los estudios poscoloniales y en el que lo que resalta son las formas en que la dinámica de imposición de saberes desde el centro hacia la periferia coadyuva en los procesos de dominación colonial.

Frente a este fenómeno han nacido cantidad de respuestas. Las ideas de diálogo de saberes, jerarquización de saberes, dinámicas de intercambio periferia-periferia, entre otras, han apuntado a romper con el proceso colonial en el ámbito del saber científico. En el campo del saber de la ecología el tema es nodal. Si bien el discurso de los nuevos naturalistas se reconoce como portador de un saber científico que tiene su raigambre en la biología, la realidad es que dentro de la ecología hay una multiplicidad de corrientes de pensamiento que suponen modos diferentes de traficar esa frontera del saber / no-saber, distintas formas de entender los saberes y las relaciones que pueden darse entre ellos. De plano, la ecología es una disciplina surcada por la multi o transdisciplinariedad. La biología como campo de saber no alcanza a explicar las relaciones que se producen entre especies animales, vegetales y el territorio que habitan, los procesos de resiliencia, los cambios y mutaciones que territorios y poblaciones experimentan, y toda una gama de fenómenos que hacen a la proliferación de la vida. El estudio de los ecosistemas, desde el nacimiento de esa noción, ha implicado necesariamente la interacción de diversos campos del saber científico que puedan ayudar a comprender los procesos que tienen lugar. Por otro lado, algunas corrientes que adscriben al campo de saber de la ecología han también volteado sus ojos sobre formas del saber alternativas, distintas del saber científico, que suponen aportes significativos a la hora de comprender los procesos que tienen lugar en ecosistemas complejos y hallar soluciones para algunos problemas. Esta ampliación de la mirada supone una reestructuración de la frontera entre el saber y el no-saber. Me pregunto qué tipo de saberes se habrán perdido de conocer nuestros amigos británicos, cuánta información no han podido recolectar por el hecho de estar cerrados de miras a modos de saber alternativos, a toda una lengua, ni que decir a la multiplicidad de lenguas que el español ha intentado reemplazar.

(La timidez de algunos grupos poblacionales originarios de nuestra América puede ser en este sentido un poderoso escudo de protección ante una posible renovada ola de saqueo de conocimientos como la que realizaron los naturalistas del siglo XIX. Es que esa frontera a la que venimos haciendo alusión es siempre móvil, y su fijación siempre atiende a las necesidades de un grupo de poder; al fin y al cabo, la botánica moderna, de la que es en gran medida hija la biología genética, es deudora de los saberes arrancados a los pueblos de América Latina por naturalistas del siglo XIX y su sistematización de los saberes locales, como relata Mauricio Nieto en el libro citado en el capítulo 2.)

Podemos entonces reconocer en la ecología un campo de batalla simbólico en el que entran en choque diferentes perspectivas. Lo interesante de este campo es que desde sus inicios viene acompañado por acciones concretas, prácticas de intervención en territorio que nos permiten tener una visión más acabada de lo que las teorías suponen. Los movimientos de defensa del medio ambiente que comenzaron a surgir en los años ’70 han ido mutando y diferenciándose al punto de que hoy un estudioso de la ideología como Slavoj Zizek pueda afirmar que la ecología es el nuevo opio de los pueblos, al tiempo que cientos de mujeres y hombres son asesinados por grupos corporativos en América Latina por defender los territorios ante los embates del extractivismo.

En este campo de batalla encontramos dos perspectivas particulares que nos permiten aislar argumentos, reconocer modos de construcción del saber y de intervención territorial que son absolutamente disímiles e implican modos diametralmente distintos de comprender la naturaleza y de moldear el vínculo con ella. Se trata de la perspectiva de la guía para viajeros “Un compañero neotropical”, de John Kricher, por un lado, y de la de la agroecología, transdisciplina que los argumentos de Eduardo Altieri y Víctor Toledo en “Agroecología: una nueva perspectiva para América Latina” delinean y definen.

Para empezar, habría que decir que más que una comparación rigurosa entre dos disciplinas científicas, el intento aquí es reconocer en argumentos precisos modos de construcción disímiles de lo que nos ocupa en el presente ensayo: la relación del hombre con la naturaleza. Es una apuesta ambiciosa, pues en este terreno las palabras se vuelven definitorias: la palabra conservación (y derivados como conservacionismo) puede ser leída como signo de una perspectiva restringida de la ecología, a la vez que como práctica de una perspectiva ampliada, dependiendo el grado de información con el que se cuente. Quizás un buen punto de partida sería justamente trabajar esta distinción, entre una perspectiva restringida y una perspectiva ampliada de la ecología. El parteaguas estaría en la posición que cada perspectiva asigna al hombre, a la humanidad, en su concepción de la naturaleza: o bien el hombre es parte de la naturaleza, y en tal caso la ciencia que estudia la naturaleza debe contemplarlo como un elemento dentro de los sistemas que estudia (perspectiva ampliada); o bien la naturaleza es percibida como una entidad ajena, el hombre colocado por fuera, y la ecología se restringe al estudio de las relaciones en los sistemas de la naturaleza. El conservacionismo como signo de esta perspectiva restringida supone entonces la gestión de espacios naturales “puros”, desprovistos de actividad humana, para garantizar su recuperación y protección.

Podemos entonces ubicar a nuestros discursos objeto en esta primera división del campo de batalla del discurso ecológico. No es difícil orientarse con este mapa. El subtítulo del libro de Kricher es sugerente al respecto: “una introducción a los animales, plantas y ecosistemas del trópico del nuevo mundo”; definitivamente no le interesan los humanos. De los catorce capítulos que conforman el libro, sólo tres tratan temas vinculados a la actividad humana: cap. 6 (“La farmacia neotropical”), cap. 7 (“La utilización de la tierra en los trópicos”) y cap. 14 (“Deforestación y conservación de la biodiversidad”). En ellos Kricher enfrenta el problema de que los ecosistemas que más adora (el bosque lluvioso) están poblados por humanos. Esos humanos, sin embargo, son mayormente indígenas. Es ese un pliegue en donde el etnocentrismo campea: la perspectiva de Kricher sobre los indígenas es tan primitivista que llega al punto de hablar de técnicas agrícolas “prehistóricas” en donde habría sido más adecuado decir “prehispánicas”. El estudio más profundo de la Amazonia, como veremos en breve, le plantea un reto al autor en este aspecto.

El texto de Toledo y Altieri corre con cierta ventaja: la agroecología es una ciencia transdisciplinaria que tiene como objeto una actividad humana, como es la producción de alimentos.  En el artículo los autores se enfocan en lo que denominan la “revolución agroecológica” que tiene lugar en nuestra América y en las posibilidades que dicho fenómeno tiene de responder a la crisis alimentaria del siglo XXI, oponiéndolo a las estrategias de la agroindustria y el neoliberalismo y enfocándose en las experiencias concretas en cinco polos de innovación agroecológica: Brasil, Cuba, Centroamérica, la región andina y México. ¿Qué tiene que ver esto con la ecología de Kricher? Habría que decir, de plano, que la composición de la propia palabra integra la ecología a esta transdisciplina. La siguiente definición que dan los autores en un pasaje del texto permite profundizar en esa relación: “La agroecología es tanto una ciencia emergente, como un campo de conocimiento transdisciplinario, influenciado por las ciencias sociales, agrarias y naturales, especialmente la ecología aplicada”. Podríamos decir entonces que la agroecología utiliza los conocimientos de la ecología para trabajar desde la agricultura el problema de la crisis alimentaria. Sin embargo, hay que ir un poco más allá. Al tratar las “innovaciones epistemológicas que han caracterizado a la revolución agroecológica de la región”, Altieri y Toledo remarcan que la agroecología “integra los procesos naturales y sociales uniendo disciplinas híbridas como la ecología política, la economía ecológica y la etnoecología, entre otras”. Es decir que la relación entre la ecología y la crisis alimentaria (o más generalmente, el problema de la pobreza) que supone la agroecología no es meramente instrumental, al modo de un aplicacionismo de la ecología para solucionar un problema que le es ajeno, sino que vuelve a la ecología parte de la definición del problema de la pobreza –a través del concepto de soberanía alimentaria.

Este simple primer paso, de verificar en qué lugar ubicar cada una de estas perspectivas en el campo de batalla de la ecología a través del trazado de un mapa esquemático en función del lugar que asignan al hombre en relación con la ecología, nos lleva una vez más directamente al centro de la discusión: la cuestión de los saberes. En los capítulos mencionados de su libro, Kricher se encuentra repetidamente con ese tema, que –como es inevitable- aparece en dos temas: los saberes específicos de las poblaciones indígenas, y la hibridación o la comunicación entre saberes de las ciencias sociales y de las ciencias naturales. En el capítulo titulado “La farmacia neotropical” hace referencia a un campo de estudios transdisciplinario que hace un esfuerzo por recuperar (y apropiarse de) los saberes indígenas sobre las plantas medicinales: la etnobotánica. En el capítulo sobre el manejo de la tierra, reconoce que “la cultura de cualquier pueblo está profundamente ligada al conocimiento pragmático del terreno del cual extrae alimentos y fibras”, utilizando por única vez la expresión “ecología humana” para definir el punto de vista de antropólogos culturales que estudian esa relación, y resaltando más adelante que en el río Tambopata en el Sudeste del Perú “la gente tiene un marcado conocimiento pragmático de la ecología de la región y depende del mismo para su supervivencia”. Pero es recién en el último capítulo, dedicado a los fenómenos de deforestación y la estrategias de conservación, que Kricher se encontrará con la necesidad de romper con las barreras de una perspectiva restringida de la ecología y acudir a saberes específicos de las ciencias sociales para explicar fenómenos aparentemente “ecológicos”.

En una primera definición del problema de la deforestación Kricher reproduce la fascista ideología malthusiana en una interpretación reducida de las causas del problema: “La deforestación se da en muchos casos para lograr ganancias a corto plazo, en detrimento de políticas económicas y ecológicas adecuadas a largo plazo. Las presiones económicas en países con alto crecimiento poblacional, da como resultado una fuerza laboral que típicamente aumenta más rápido que la economía, promoviendo la deforestación como una forma de reducir el desempleo y aumentar las ganancias gubernamentales”. No es la primera vez en su libro que indica la dificultad de sostener un punto de vista ecológico en países donde “la pobreza” (en términos imprecisos y generales) y la “superpoblación” son problemas endémicos. Sin embargo, en el apartado “Un vistazo más cercano a la deforestación amazónica” se ve que Kricher se ha puesto a estudiar: a través de la historización de las fases del problema va dando cuenta de procesos particulares como la explotación ganadera, la relocalización poblacional, la actividad minera, la actividad maderera y las consecuencias sociales y medioambientales de cada uno de estos procesos, así como diferentes alternativas que se han ido abriendo camino. Si bien el foco sigue estando en los efectos de la actividad humana en los ecosistemas, la profundización de ese tema lleva al autor a verificar la necesidad de conectar ambos campos para hallar alternativas sustentables. De todos modos, poco después la posición ideológica de Kricher se volverá a hacer transparente, dando por tierra con los magros avances que había obtenido páginas antes merced al estudio de un fenómeno ecológico desde una perspectiva socioambiental. Así, leemos: “La creencia de que los bosques lluviosos, bosques secos, cerrados, manglares y sus numerosos habitantes tienen un valor intrínseco y deben ser preservados y protegidos como un asunto ético no ha ganado mucha aceptación en América Latina (y no es claro cuánta simpatía atraería en Norteamérica). La simpatía por esta visión es atenuada en toda América Latina por los efectos de la pobreza y la superpoblación, evidente en la mayoría de los países neotropicales. Además, me temo, comprometida por una ausencia histórica de cualquier tipo de ética conservacionista entre los ciudadanos”.

La misma cita nos lleva de vuelta al problema base cuando hablamos de los saberes en este ámbito: lo geográfico, expresado aquí en la aparición –una de las pocas- del nombre “América Latina”, contrapuesto a “Norteamérica”, que nos lleva a lo geopolítico y una vez más a la cuestión de la colonialidad del saber. El libro de Kricher es una fuente inagotable para esa discusión. La mera definición del área estudiada como “Neotrópico” desde el título nos instala en esa discusión. La bajada del subtítulo, que explica el neologismo como “los trópicos del nuevo mundo”, nos adentra aún más. La idea de Nuevo Mundo es profundamente colonial, y supone un punto de vista eurocentrista que incluso llama la atención en el discurso de un norteamericano. Dice Kricher en las primeras líneas del cap. 1 de “Un compañero Neotropical”: “Este es un libro sobre el Nuevo Mundo o Neotrópico. Alexander von Humboldt, Henry Walter Bates, Charles Darwin, Alfred Russel Wallace, Louis Agassiz, Thomas Belt, Charles Waterton, William Beebe, Frank M. Chapman y otros eminentes naturalistas han sido profundamente influenciados en sus creencias sobre historia natural por sus visitas al Neotrópico”. La lista de viajeros y la apelación al viaje nos brindan otro dato: es un libro pensado desde fuera de esa área que define colonialmente como neotrópico, y para afuera: por ello el libro se concibe como guía de viajero, como “compañero”; y por eso, también, en su “Nota personal al lector” Kricher abre con una exhortación: “Realmente, usted debería visitar el Neotrópico”. Todo lo cual resulta muy confuso, ya que la edición también incluye un “Prefacio del autor para edición en español” (sic) en la que Kricher relata sus esperanzas de que el libro pudiera ser traducido al español y así “llegar a un mayor número de lectores en América central y del Sur”, y en el momento de juzgar la imposibilidad de que las poblaciones de países pobres y superpoblados adopten un punto de vista ético conservacionista de la naturaleza el autor pone todas sus esperanzas en la educación y aborda de lleno uno de los problemas centrales de lo que Walter Mignolo viene trabajando como geopolítica del conocimiento: la desigual producción de conocimiento entre países centrales y periféricos. Dice Kricher: “Dado que mucha, sino la mayor parte, de la investigación sobre ecosistemas neotropicales ha sido y sigue siendo hecha por científicos de zonas templadas, es nuestra responsabilidad moral (así como nuestro interés pragmático como ecólogos, profesores, ecoturistas y conservacionistas) divulgar los resultados de nuestros estudios no sólo a los norteamericanos, sino también a los latinoamericanos”. El pasaje inmediatamente posterior parece explicar esa aparente contradicción entre la voluntad de educar a la población del área en cuestión y la producción de un libro desde fuera y para fuera: “Es imperativo que expliquemos a los ciudadanos latinoamericanos que visitamos el Neotrópico, y sus países en particular, para disfrutar de su historia natural. Debemos comunicar a los latinoamericanos que existe un valor real en la conservación, que puede ser medido tanto en orgullo como en dinero”. Una lectura atenta de estos pasajes sugiere que está una vez más hablándole a sus lectores directamente; de allí el listado (“ecólogos, profesores, ecoturistas y conservacionistas”); de allí el tono exhortativo. Y detrás de ello, una concepción casi caricaturesca del latinoamericano, que definitivamente no es el lector de este libro porque no le interesa la conservación y poco debe interesarle la lectura, y al que hay que llegarle a través de valores básicos, simples, brutos: el orgullo, el dinero.

En contrapartida, mencionaba más arriba lo que Altieri y Toledo describen como “innovaciones epistemológicas” de la agroecología. La cita es extensa pero pertinente, pues abre diversas líneas y discusiones en las cuales es preciso profundizar para confrontar con el cientificismo ideologizado y etnocentrista del texto de Kricher:

“Hay muchas innovaciones epistemológicas que han caracterizado a la revolución agroecológica de la región (Ruiz-Rosado 2006, Toledo, 1995):

a) La agroecología integra los procesos naturales y sociales uniendo disciplinas híbridas como la ecología política, la economía ecológica y la etnoecología, entre otras;

b) La agroecología utiliza un enfoque integral, por lo que ha sido considerada como una transdisciplina, al incorporar los avances y métodos de otros campos de conocimiento en torno al concepto del agroecosistema visto como un sistema socioecológico;

c) La agroecología no es neutral pero si auto-reflexiva, lo que permite una crítica del paradigma de la agricultura convencional;

d) La agroecología reconoce y valora la sabiduría y las tradiciones locales y propone la creación de un diálogo con los actores locales a través de la investigación participativa, que lleva a una constante creación de nuevos conocimientos;

e) La agroecología adopta una visión a largo plazo, que contrasta fuertemente con la visión a corto plazo y atomista de la agronomía convencional, y

f) La agroecología es una ciencia que lleva a una ética ecológica y social con una agenda de investigación encaminada a una nueva relación de la sociedad con la naturaleza, a partir de sistemas productivos socialmente justos.” (Altieri y Toledo, La revolución agroecológica en América Latina).

Interesa concentrarnos sobre dos de las cuestiones nombradas en el cuarto punto (d): las sabidurías y tradiciones locales, y la investigación participativa. En el primer caso implica la jerarquización y valorización de saberes tradiciones de las sociedades indígena-campesinas latinoamericanas. Frente a la primitivización prehistoricista de Kricher, encontramos en el texto de Altieri y Toledo expresiones como “legado del Neolítico” para referirse a “una cultura que proviene de un proceso de interacción con los recursos naturales de por lo menos 9000 años”. Los autores resaltan dos civilizaciones que han sido base de los conocimientos a recuperar en las prácticas de manejo de recursos para producción de alimentos: la Inca-andina y la Mesoamericana. Una de las características fundamentales de estos saberes, para los autores, tiene que ver con su carácter holístico. Es por ello que trabajan la idea de cosmovisión, y la enfrentan al conocimiento segmentado propio de la ciencia moderna occidental. Esta particularidad del saber indígena sobre la naturaleza es completamente pasada por alto por Kricher al intentar comprender el uso medicinal de las plantas alucinógenas en nuestra América; al contrario, desde su punto de vista etnocéntrico, Kricher sólo puede ver ahí un uso de orden “espiritual”, distinto de otros usos (alimenticio, medicinal, etcétera). La integralidad u holismo tiene que ver con la comprensión del funcionamiento sistémico de diferentes dimensiones en simultaneidad, que en el caso del uso de plantas medicinales implica comprender el correlato y solapamiento de lo físico con lo espiritual, en un juego que comunica a las personas con el territorio que habitan.

Por otra parte, frente al verticalismo autocentrado que supone el cientificismo de Kricher y su visión de la “educación” como transmisión de un modo del conocimiento y los valores que lo sustentan, que –como vimos- suponen un sujeto ignorante (en línea con las definiciones del matrimonio de naturalistas ingleses anteriormente citadas) al que hay que adoctrinar, Altieri y Toledo se enfocan sobre un proceso de producción de conocimientos en un diálogo participativo que supone un intercambio horizontal en instancias colectivas o sociales. La principal herramienta de difusión y, a la vez, de co-producción del conocimiento en la agroecología es el programa Campesion a Campesino, basado en la generación de instancias de diálogo en torno a las temáticas de la agroecología en el seno de los movimientos sociales que nuclean a campesinos, y en los proceso de enseñanza-aprendizaje y producción de saberes en instancias no mediadas entre campesinos. Las diferentes formas que el programa ha adoptado a lo largo de su historia en diferentes países de Mesoamérica ha cristalizado roles como el del promotor campesino, un agricultor que trabaja su parcela de acuerdo con los principios de la agroecología y recibe apoyos para que a través de sus resultados y su propia investigación y desarrollo locales lleve adelante una tarea de difusión en su localidad. Sobre este modo de producción de conocimiento basado en principios de horizontalidad, dicen los autores: “De vital importancia será la participación de los agricultores en la formulación de la agenda de investigación y su participación en procesos de innovación tecnológica y su difusión a través del modelo Campesino a Campesino, donde los investigadores y los extensionistas pueden desempeñar un importante papel como facilitadores del proceso”.

El horizonte del planteo de Altieri y Toledo es lograr la soberanía alimentaria a través de la soberanía tecnológico-científica (en base a procesos de producción participativa de innovaciones) y de la soberanía energética (a partir de la reconversión energética y el aprovechamiento de recursos locales). De esta manera la agroecología es presentada como una alternativa que posibilita la reducción de la pobreza y garantiza la seguridad alimentaria, merced a una “transición de los sistemas alimentarios basados en el uso de combustibles fósiles y dirigidos a la producción de cultivos de agroexportación y biocombustibles, hacia un paradigma alternativo que promueve la agricultura local y la producción nacional de alimentos por campesinos y familias rurales y urbanas a partir de la innovación, los recursos locales y la energía solar”. Si la postura de Kricher concibe la pobreza como un problema irreductible producto de la superpoblación que hace a los hombres y mujeres latinoamericanos enemigos de la conservación o incluso agentes de destrucción del medioambiente, la de Altieri y Toledo parte de las determinaciones globales de la pobreza en América Latina para encontrar en la ecología soluciones y alternativas.

Es interesante notar que la carrera académica de Altieri está íntegramente desarrollada en Norteamérica, así como buena parte de la de Toledo. En este sentido, las afirmaciones de Kricher en línea con los planteos de Mignolo sobre geopolítica del conocimiento son acertadas: en ecología, como en muchos campos, el presupuesto para investigación está desigualmente distribuido en beneficio de los países ricos. Sin embargo, la diferencia parece estar en qué se hace con el financiamiento. O bien se produce un conocimiento que valide una posición dentro del campo y a su vez reproduzca las condiciones de desigualdad que lo hicieron posible, o bien se investiga tratando de quebrar las lógicas de desigualdad y provocando resquicios de pensamiento alterativo y alternativo donde otros puedan también participar.

Asimismo, resulta importante mencionar la filiación de Kricher con la organización Birder’s Exchange, quienes son a la vez responsables de la publicación del libro en español. En el valor asignado al libro de Kricher por la organización y en la especialización de Kricher por la ecología de las aves se continúa esta línea que separa al hombre de la naturaleza, al saber científico producido en “zonas templadas” de los diferentes saberes de nuestra tierra y nuestros pueblos, a la historia natural de la historia social. Estas divisiones se comunican con la retórica bélica y economicista con la que Kricher describe las interacciones en el seno de los ecosistemas; según Kricher las especies “invierten”, “arriesgan”, “compiten”, “maximizan sus tasas de crecimiento”, deciden entre estrategias “caras” y “baratas” en términos de “costos energéticos” en una “carrera armamentista evolutiva” que se plantea escenarios como “plantas vs. monos” o “plantas vs. insectos”.  En un reciente congreso sobre Ecología Política Latinoamericana el filósofo boliviano Raúl Prada delineó el modo de funcionamiento del capitalismo a partir de la idea de que toda economía política procede a partir de la división y la jerarquización (valorización) de uno de los términos de la separación operada. Así, en la medida en que Occidente separó cuerpo y mente, jerarquizó la mente y promovió la extracción del valor del cuerpo. De la misma manera, en el gesto de separar procesos sociales de procesos naturales jerarquizando estos últimos, la ecología conservacionista de Kricher y sus amigos viajeros observadores de aves disfraza la extracción de valor de nuestras sociedades. Aquí, tal vez, podamos acordar con Zizek en la idea de la ecología como nuevo opio de los pueblos. Sin embargo, lo que al filósofo esloveno se le escapa es que la división entre procesos naturales y sociales es falsa, y que es sólo recuperar la perspectiva integral lo que nos permite comprender tanto el porqué del correlato natural de la explotación de nuestras sociedades (el “pasivo ambiental”, como ha sido denominado), como el porqué de la sangre derramada en defensa de nuestros territorios.

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